Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 41 Cenizas
87%

Capítulo 41 Cenizas

El silencio de la mansión Rossetti es el ruido más ensordecedor que he escuchado nunca.

No es el vacío de una casa abandonada. Es el peso de la devastación.

El despacho, ese santuario de cristal negro y acero donde Dante dictaba el destino de todos nosotros, ahora es un amasijo de cristales rotos y muebles astillados.

Las paredes, antes inmaculadas, presentan los surcos oscuros de las balas.

¿Por qué carajo esperaba encontrarme con un ramillete de flores y una disculpa? Supongo que el trauma tiene una forma muy estúpida de presentarse.

—Cuidado ahí —gruñe Dante.

Se mueve con una lentitud mecánica, escaneando el perímetro con la mirada.

Sigue llevando el traje, pero la tela está rasgada en el hombro y una mancha de sangre, que espero sea ajena, oscurece su solapa.

Me agarra del brazo, no con la fuerza de un carcelero, sino con el instinto de alguien que teme que, si me suelta, me evaporaré.

Nico camina unos pasos por detrás, con el rostro más pálido de lo habitual, mientras Matteo ya está hurgando entre los restos de los servidores, evaluando cuánto de nuestra infraestructura ha sobrevivido al caos.

Luca, por su parte, ni siquiera mira el mobiliario.

Sus ojos están clavados en mí, sus puños abiertos y cerrados rítmicamente.

Su tic de siempre, esta vez amplificado por la adrenalina del rescate.

—Todo está arruinado —murmuro, recorriendo con la yema de los dedos el borde de una mesa de caoba que ha sido partida por la mitad.

—Las cosas se reemplazan, Camila —la voz de Matteo llega desde el rincón de los servidores, carente de su habitual entonación profesional—. La integridad estructural de la red es recuperable en un 60%. Lo demás es estético.

—Auditar la destrucción en mitad de una guerra. Qué sorpresa, Matteo —mi comentario sale más ácido de lo que pretendía, pero él ni se inmuta. Se ajusta las gafas, que ahora tienen una grieta vertical en el cristal izquierdo.

—Los datos no tienen sentimientos, solo consecuencias —responde él con su sequedad característica—. Y la consecuencia es que los Vitti ya no existen para leerlos.

Es cierto. La organización que nos hizo la vida imposible, los que convirtieron el fraude de mi padre en mi sentencia de muerte, han desaparecido. Dante no solo los ha derrotado; los ha borrado de la ecuación con una eficiencia brutal que aún me cuesta asimilar.

Dante se detiene frente a un ventanal que da al jardín helado. Observa el horizonte.

—Se acabó —dice, no como una pregunta, sino como un hecho consumado—. Ya no hay amenazas externas. El perímetro es nuestro de nuevo.

Nico se acerca a nosotros, rompiendo su silencio habitual. Su expresión es una mezcla de alivio y ese cinismo que lo mantiene despierto por la noche.

—¿Y ahora qué? —pregunta, haciendo la pregunta que los otros tres se niegan a formular—. ¿Volvemos a fingir que esto es una casa normal? Porque, sinceramente, los escombros no ayudan mucho a la estética.

—Volvemos a lo que es nuestro —responde Dante, girándose para mirarme.

Su mirada se posa en mí durante un segundo demasiado largo.

No hay amenaza en ella, solo una certeza aplastante.

Me doy cuenta, con una claridad gélida, de que mi objetivo inicial de recuperar el control de mi vida se ha transformado en algo completamente distinto.

Ya no quiero escapar de este imperio. Quiero ser parte de la reconstrucción.

Luca se aproxima. El olor a pino y metal, su ancla, me golpea antes de que él llegue a mi lado.

Se detiene a escasos milímetros, lo suficiente para que note el calor que emana de su cuerpo herido.

Su mano roza mi mejilla, un gesto que él nunca habría permitido que nadie más viera hace apenas unas semanas.

No dice nada. Su mandíbula aprieta los dientes hasta que los músculos de su cuello resaltan, un nudo de tensión que intenta articular la lealtad absoluta que siente por el hecho de que sigo respirando.

¿Qué demonios estoy haciendo aquí? ¿Me he convertido en una Rossetti por osmosis o por síndrome de Estocolmo? Probablemente por ambas, y la verdad es que, en este momento, me importa un bledo.

—Tenemos mucho trabajo de limpieza —digo, soltándome suavemente de Dante para caminar hacia el centro de la habitación.

Matteo me mira. Dante asiente una vez, una concesión de autoridad que antes me habría costado sangre conseguir. Nico sonríe, una sonrisa torcida que parece decir que, al menos, la jaula ha cambiado de diseño.

La mansión está en ruinas, sí. Pero al mirar a los cuatro hombres que me observan, cada uno reclamando un espacio a mi alrededor sin que necesiten tocarse para saber que el otro está ahí, entiendo que la guerra ha terminado. O quizás, simplemente, ha cambiado de formato.

Camino hacia la puerta, sintiendo el peso de sus miradas sobre mi espalda. No es una carga. Es el anclaje que me mantiene en pie tras días de horror.

Luca da un paso adelante, cortando el camino hacia el pasillo.

Se detiene frente a mí, bloqueando la salida con su hombro ancho.

Me mira fijamente, sus ojos oscuros recorriendo mis facciones, buscando cualquier rastro de daño que se le haya pasado por alto.

Sus dedos, callosos y fríos, apenas rozan mi muñeca, un toque ligero que comunica lo que su boca se niega a admitir.

—Estamos vivos —susurra, la voz ronca por el humo y el esfuerzo.

Asiento. Por primera vez desde que mi padre firmó esa maldita deuda, siento que el aire no está viciado. Pronto comprendería que los escombros son, a veces, los cimientos más sólidos sobre los que construir algo que no tiene nombre, pero que ahora, finalmente, nos pertenece a los cinco.