Capítulo 40 El momento más oscuro
El aire en la guarida de los Vitti huele a moho, a gasolina vieja y a desesperación.
Llevo horas analizando el patrón de los guardias que vigilan la puerta de este almacén, preguntándome qué demonios estoy haciendo, aparte de esperar a que me ejecuten por ser la posesión más valiosa de los Rossetti.
¿Por qué narices no le enseñé a mi padre a gestionar las cuentas en lugar de ser tan eficiente arreglando sus desastres?
La ironía de ser contable y acabar como una pieza de ajedrez en una guerra de mafiosos no me pasa desapercibida.
Si sobrevivo, juro que me dedicaré a tejer o a algo que no implique libros de contabilidad ni hombres que disparan primero.
El estruendo llega antes que los gritos.
No es un disparo aislado; es el sonido del metal cediendo bajo un impacto brutal.
La pared principal del bastión Vitti se estremece cuando una carga explosiva, calculada con la precisión matemática de alguien que conoce bien los puntos débiles de la estructura, reduce a escombros el acceso.
Dante entra primero. No parece un hombre que acaba de ejecutar una incursión armada; se mueve con la calma de quien llega a su despacho a revisar el correo, aunque su traje está cubierto de polvo de hormigón y su rostro es una máscara de hielo puro. Detrás de él, la brutalidad se desata.
No hay rastro de negociación. Luca está a la derecha, con la mandíbula tan apretada que parece que sus dientes van a hacerse añicos.
Su arma escupe fuego con una cadencia mecánica, eliminando a cualquiera que se interponga entre él y yo.
Matteo, un poco más atrás, revisa su tableta antes de marcar una dirección a sus hombres, su rostro impasible mientras audita la eliminación sistemática de los Vitti.
Nico, el más joven, avanza con una determinación que nunca le había visto, disparando con una precisión fría que me revuelve el estómago.
Mi momento llega cuando una viga golpea el suelo cerca de mis pies, creando una distracción absoluta. El guardia que me custodiaba se gira, sus ojos fijos en el caos de la entrada.
Es mi oportunidad.
Mis dedos, ya doloridos por las cuerdas de nailon, encuentran la pequeña astilla que he estado puliendo contra el borde metálico de la silla durante las últimas tres horas.
Cuando el guardia da un paso adelante para cubrir la brecha, tiro de mis muñecas con toda la fuerza que me queda.
El dolor es un latigazo, pero el lazo cede.
Me libero justo cuando Luca derriba la puerta de mi celda improvisada. Me ve, y por un segundo, el caos se detiene. Su mirada baja a mis manos libres, luego a mis ojos, y un alivio violento recorre sus hombros, aunque no dice una palabra. Sus puños se relajan solo un milímetro.
—¿Estás herida? —pregunta Dante, apareciendo detrás de Luca. Su voz es un gruñido bajo, autoritario.
—Estoy bien —respondo, intentando que mi voz no tiemble, aunque mis rodillas piden clemencia—. ¿Habéis terminado con ellos?
—Estamos en ello —responde Matteo sin levantar la vista de su dispositivo, su tono técnico como si estuviera informando de una fluctuación en la bolsa—. El despliegue está al 94%.
Dante se acerca, invadiendo mi espacio personal de una forma que hace que el mundo exterior deje de existir. Sus dedos, fríos y firmes, se cierran sobre mi barbilla. Sus ojos recorren mi rostro con una intensidad que casi duele. No hay ternura, hay posesión pura.
—Nunca más —dice Dante. No es una promesa. Es un hecho consumado.
Afuera, el sonido de los motores de los Vitti se apaga, sustituido por el silencio absoluto de una organización desmantelada. Siento la mano de Nico en mi espalda, un toque fugaz, casi tímido, en contraste con la mano de Dante que aún no me ha soltado.
¿Por qué estoy sintiendo alivio? Debería estar aterrorizada. Debería estar pensando en cómo huir ahora que el caos me da cobertura. Pero al mirar a los cuatro, cubiertos de polvo y sangre ajena, entiendo algo que me aterra más que los Vitti: no tengo ningún interés en escapar.
—Camila —la voz de Nico suena pequeña, casi ahogada por la adrenalina que aún inunda la sala—. Nos vamos. Ahora.
Nico no hace preguntas éticas. Simplemente me protege con su cuerpo cuando un último destello de luz estalla en el pasillo, cortesía de la limpieza final de Luca.
Matteo se acerca y, sin decir palabra, limpia una mancha de hollín de mi mejilla con una precisión casi clínica. Su tic de auditar afectos se manifiesta en la forma en que su mirada se detiene en mi pulso, calculando mi nivel de estrés como si fuera un activo financiero.
Dante me rodea con su brazo, obligándome a caminar hacia la salida. La estructura de poder ha vuelto a su cauce: ellos son el muro, yo soy el centro, y la ciudad exterior, a pesar de sus peligros, parece ahora un lugar infinitamente más pequeño que este despacho.
Pronto comprendería que el rescate no era el fin de mi cautiverio, sino la formalización de mi propiedad.