Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 39 La furia de Dante
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Capítulo 39 La furia de Dante

El aire en la sala de operaciones provisional, un sótano olvidado que Matteo había habilitado tras la caída de la mansión, está cargado de electricidad estática y sudor frío.

Dante está de pie frente al mapa táctico de la ciudad, su silueta recortada contra el resplandor de las pantallas. No se mueve. No parpadea.

—Los Vitti han cometido un error —dice Dante, y su voz no es un grito, sino una sentencia de muerte—. Creen que la han secuestrado para negociar. Creen que la deuda es una pieza de cambio.

Matteo está sentado frente a tres terminales simultáneas. Sus dedos vuelan sobre el teclado, ágiles y precisos, como si estuviera tocando una sonata macabra.

Dante asiente, una única inclinación de cabeza. Toma una decisión, como siempre, sin consultar.

—Prepara el armamento pesado. No vamos a entrar a negociar. Vamos a borrar cada estructura que tenga un logo de los Vitti.

Nico, apoyado contra la pared más lejana, aprieta los dientes. Sus ojos recorren el mapa, buscando las salidas de emergencia que Camila le señaló semanas atrás en sus mapas tácticos privados.

—Si atacamos el centro de mando antes de asegurar su perímetro, los Vitti la usarán como escudo —dice Nico, su voz firme, rompiendo la tensión del aire—. No podemos arriesgarla solo por orgullo, Dante.

Dante se gira hacia él. Su mirada es de acero.

—Nico, mi orgullo murió en el momento en que pusieron una mano sobre ella. Esto ya no es sobre el imperio. Es una ejecución.

Luca, a un lado, está afilando un cuchillo con una calma que resulta aterradora.

Sus nudillos están blancos, la piel tirante sobre los huesos.

No ha dicho una palabra desde que Camila fue sustraída de la mansión.

Solo se asegura de que su arma principal esté cargada, una y otra vez.

El sonido metálico del acero contra la piedra es lo único que llena los silencios.

Cuando sus ojos se encuentran con los de Dante, hay un acuerdo mudo: la lealtad ha sido sustituida por una obsesión compartida.

—Matteo, ¿cuánto tiempo hasta que el sistema de vigilancia de los Vitti se reinicie? —pregunta Luca. Su voz es grave, apenas un murmullo.

—Treinta minutos —responde Matteo, auditando el reloj como si fuera la cuenta atrás de un activo—. Pero si entramos por el flanco este, donde el sistema eléctrico es más inestable, ganamos diez minutos de ventaja táctica.

—Lo haremos —zanja Dante—. Nico, tú te encargas de la extracción. Luca y yo entraremos por el vestíbulo principal. Matteo, quiero que dejes sus servidores en blanco. No quiero que quede ni rastro de su existencia para cuando lleguemos al amanecer.

¿Por qué carajo estoy pensando en esto ahora? —se pregunta Nico en voz baja—. Debería estar pensando en la logística, no en que si nos cargamos a todo el bloque, Camila nunca me perdonará que haya convertido su secuestro en un campo de guerra. ¡Céntrate, idiota!

—Dante —la voz de Matteo es gélida—, he bloqueado todas sus cuentas financieras. No tienen ni un céntimo para mover sus activos fuera de la ciudad. Están atrapados en este barrio.

Dante camina hacia el centro de la sala, su anillo de sello familiar brillando bajo la luz fluorescente.

—Bien. Que el mundo vea lo que pasa cuando alguien intenta reclamar lo que es nuestro. Quemad la ciudad si hace falta, pero traedla de vuelta.

La atmósfera en la sala cambia. Ya no son cuatro hombres discutiendo una deuda.

Son cuatro depredadores que han identificado a su presa y han preparado la cacería.

La jerarquía, que antes pesaba tanto, se desdibuja ante el objetivo común.

No hay espacio para las dudas, ni para la ética, ni para el miedo.

Solo queda la inminente violencia que se derramará sobre los Vitti.

—Si ella no sale de allí —añade Luca, deteniendo el afilado de su cuchillo por un instante—, no saldrá nadie más. Ni los Vitti, ni el edificio.

Dante mira el mapa una última vez. La ciudad parece un tablero de ajedrez donde ellos han decidido que ya no se juega más.

—Es hora —sentencia Dante, ajustándose la funda de su arma—. Que entiendan que cometieron el error de sus vidas.