Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 38 Cautiverio
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Capítulo 38 Cautiverio

El aire en el despacho de los Vitti huele a rancio, una mezcla de tabaco barato y el aroma metálico de un limpiador industrial que no logra ocultar la humedad.

Estoy sentada en una silla de madera cuya ergonomía parece diseñada para torturar, con las muñecas aprisionadas por unas bridas de plástico que ya han dejado marcas blancas en mi piel.

¿Quién diría que, después de meses de auditar las cuentas de la familia más poderosa de la ciudad, terminaría siendo el activo más inútil en el inventario de un grupo de matones de segunda clase?

Me muerdo el interior de la mejilla para contener un comentario sarcástico.

Si mi padre pudiera verme ahora, probablemente intentaría convencerme de que esto es solo una reestructuración de deuda. Imbécil.

Alzo la vista. El despacho es una caricatura de poder.

Tres hombres, ninguno de ellos con la elegancia contenida de un Rossetti, se mueven frente a una pared de monitores que muestran el perímetro de lo que queda de la mansión.

Son chapuceros. Observo sus rutinas, sus gestos, la forma en que el tipo de la cicatriz en la barbilla —creo que se llama Rocco— se pasa la mano por el arma cada vez que el teléfono de la mesa vibra.

Están nerviosos. Lo huelo. No esperaban que yo fuera capaz de ver sus errores de seguridad, pero es casi insultante.

Han dejado un puerto de conexión abierto en el router del servidor principal, visible desde el cable que cuelga descuidadamente detrás de la mesa.

Si tuviera mis manos libres, en menos de diez minutos los dejaría a oscuras y sin acceso a los registros bancarios de los Rossetti que tanto les obsesiona robar.

—No la mires tanto, Rocco —gruñe el hombre sentado al centro, el que se hace llamar Vitti. Ni siquiera se gira—. Es una calculadora con patas. En cuanto Dante se presente, la usaremos para forzar el código maestro.

"Una calculadora con patas". Me encanta. Casi me río. Si supieran que he memorizado los patrones de movimiento de sus guardias de la puerta desde que me desperté, me habrían disparado hace veinte minutos.

El silencio en la habitación es pesado. No hay tensión sexual, no hay esa atmósfera eléctrica que generaban los cuatro hermanos al entrar en una sala.

Solo hay desesperación. Los Vitti son depredadores pequeños intentando cazar a un león herido, y yo soy la cebo.

Pero un cebo que piensa, que calcula y que empieza a sentir, muy en el fondo, una calma helada que me resulta extrañamente familiar.

Recuerdo a Dante. La forma en que su mano se apoyaba en el respaldo de mi silla, transmitiendo posesividad sin decir una palabra.

Matteo, con sus ojos analíticos escaneando cada detalle de mi ropa como si pudiera leer mis intenciones.

Luca, cuyo silencio siempre fue más elocuente que cualquier discurso violento, y esa mirada fija, clavada en mí, incluso cuando intentaba ocultarla.

Y Nico... Nico, con su rebeldía y su plan de escape que ahora parece una broma cruel, pero que al menos demostraba que no estaba completamente sola en mi deseo de salir de este mundo.

¿Por qué narices no estoy gritando? Tal vez porque gritar es para gente que todavía espera un milagro. Yo ya no espero milagros. Espero resultados.

—¿Crees que vendrán por ti? —pregunta Vitti, girándose de golpe. Sus ojos son turbios, sin la nitidez de los Rossetti—. Tus cuatro caballeros tienen problemas más graves ahora mismo. Hemos sellado las salidas principales de la ciudad.

Le sostengo la mirada. No parpadeo. Mi pulso está, sorprendentemente, en setenta pulsaciones por minuto.

—No son mis caballeros —contesto, con la voz firme—. Son mis acreedores. Y a nadie le gusta que le roben la mercancía.

Vitti se ríe, un sonido seco que no llega a sus ojos.

Se levanta y camina hacia mí. Huele a sudor frío.

Me inclino ligeramente hacia atrás, buscando el punto de equilibrio en la silla, analizando la distancia entre su cinturón y mi mano si consiguiera soltarme.

Es un error táctico. Está demasiado cerca de la mesa, desprotegido.

¿Qué harían ellos ahora mismo? Dante no habría dicho nada. Habría esperado el momento preciso para romperle la tráquea. Matteo habría calculado la trayectoria del disparo más eficiente. Luca... Luca simplemente habría hecho que el problema dejara de existir con sus propias manos.

Me siento más cerca de ellos que nunca, precisamente porque estoy rodeada de sus enemigos. Los odio por haberme encerrado, por haber decidido mi vida, pero en este momento, son mi única referencia de lo que significa sobrevivir. Los Vitti son ruido; los Rossetti son una tempestad.

Me quedo en silencio. La frialdad que siempre ha sido mi mecanismo de defensa se instala en mis venas, convirtiéndose en una armadura. No voy a suplicar. No voy a llorar.

Vitti se inclina, poniendo una mano sucia sobre mi rodilla. Siento una náusea violenta, pero la reprimo. El humor interno, ese mecanismo que siempre me salva, susurra: *¿En serio, Camila? ¿Esto es lo mejor que puedes hacer? Deja de mirar el router y céntrate en la cara de este idiota.*

—Vendrán por mí —repito, pero esta vez mi voz suena más grave, cargada de una certeza que ni yo misma sabía que poseía—. No porque les importe, sino porque son demasiado orgullosos para permitir que alguien como tú toque lo que es suyo.

Vitti aprieta mi rodilla, y por un segundo, la imagen de Luca surge en mi mente: su mandíbula tensa, sus nudillos blancos.

Siento una punzada de rabia pura. Si alguna vez salgo de esta silla, juro que voy a ser yo quien les exija cuentas a ellos cuatro.

Por haberme traído aquí. Por haberme dejado ser vulnerable.

Pero, por ahora, cierro los ojos y espero. Vendrán por mí. Y cuando lo hagan, el mundo va a arder.