Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 37 Separación forzada
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Capítulo 37 Separación forzada

El sonido del metal impactando contra el cristal de seguridad de la puerta del despacho suena como un disparo en mi cabeza.

Los hermanos Rossetti se mueven con una sincronía mecánica, una danza de guerra que he visto practicar mil veces en pasillos y entrenamientos, pero esta vez el aire huele a pólvora y a desesperación.

Dante me empuja hacia el rincón más alejado, detrás de la mesa de caoba maciza. —No te muevas —ordena. No es una petición. Es el hecho consumado que marca toda su existencia.

Me muerdo el labio hasta que el sabor metálico de mi sangre me devuelve al presente. ¿Por qué demonios sigo analizando el ángulo de entrada del proyectil en lugar de rezar? Qué momento tan estúpido para el rigor analítico.

—¡Están en el pasillo norte! —grita Nico, su voz perdiendo la calma habitual mientras comprueba el monitor de las cámaras internas.

Luca no espera. La mandíbula tensa hasta casi romperse, sale disparado hacia la puerta con el arma en la mano.

El estruendo de un choque físico retumba contra la pared.

Mis manos tiemblan, pero obligo a mis dedos a aferrarse al borde de la mesa, no a mi propia ropa.

Competencia y valor propio, Camila. No seas el trofeo que pierden hoy.

Matteo está a mi lado un segundo, sus dedos rozan mi sien, un gesto que en otra vida habría sido tierno, pero que ahora solo es un chequeo de estado.

—Frecuencia cardíaca elevada, respuesta adrenérgica máxima.

Estás en peligro, pero estás procesando —suelta, casi como una auditoría de mi miedo—.

Si la puerta cae, usa el conducto de ventilación tras el mueble de los licores. No esperes a que te demos permiso.

Dante se gira, sus ojos negros fijos en los míos, ignorando el caos que se desata fuera. —¿Me has oído? —pregunta, su voz bajando a un susurro gélido—. Si entran, te vas.

Asiento. No hay tiempo para discusiones sobre quién manda, ni para recordarle que no soy una posesión que se guarda en una caja fuerte.

De repente, una explosión ensordecedora sacude los cimientos de la mansión.

Las luces del despacho parpadean y se apagan, dejando solo el brillo rojo de la alarma de emergencia.

El silencio que sigue es peor que el ruido.

Entonces, un grupo de hombres vestidos de negro entra a trompicones por el hueco que antes era una pared.

La confusión es absoluta. Humo denso llena la estancia.

Veo a Matteo caer de rodillas, golpeado por la culata de un fusil. Luca está al otro lado, peleando contra tres hombres a la vez, incapaz de alcanzarme mientras la cortina de humo nos separa. Nico grita algo que se pierde en el estruendo de los disparos.

Busco a Dante, pero él está inmovilizado por dos atacantes que lo han rodeado. El instinto de supervivencia, ese que me ha mantenido a flote durante toda la auditoría del fraude de mi padre, toma el mando. Me agacho, gateando hacia el mueble que Matteo mencionó.

Una mano enguantada me agarra por el cabello y tira hacia atrás con una fuerza brutal. Suelto un grito ahogado mientras mi cabeza golpea contra el suelo.

—La contable que juega a ser espía —una voz ronca susurra cerca de mi oído—. El jefe quiere conocerte.

Intento patear, clavar mis uñas en la piel que expone su cuello, pero el hombre es demasiado rápido.

Me inyecta algo en el cuello. El mundo, que hace un segundo estaba lleno de detalles, de números, de hombres que peleaban por poseerme, empieza a perder nitidez.

Los bordes se oscurecen como si alguien estuviera apagando una lámpara tras otra.

Lo último que veo es la figura de Dante, ensangrentado, rugiendo mi nombre con una furia que no conocía, pero que se siente tan familiar como su anillo de sello en mi memoria.

***

Cuando mis ojos se abren, no hay ni rastro del despacho de cristal negro.

El aire huele a humedad y a aceite rancio.

Estoy sentada en una silla de madera, mis manos atadas a los reposabrazos con bridas de plástico que se me clavan en la piel.

Frente a mí, un hombre con una cicatriz que le divide la ceja derecha me observa con aburrimiento.

—Camila Duarte —dice, golpeando una carpeta sobre una mesa de metal—. ¿Sabes cuánto tiempo hemos esperado para que los hermanos Rossetti se distraigan lo suficiente?

No contesto. Mi garganta está seca, pero mi mente ya está haciendo un recuento: tres salidas, dos guardias en la puerta, una cámara cenital que parpadea cada diez segundos. Estoy viva. Eso significa que todavía tengo margen.

—Tu padre no era más que un peón —continúa el hombre—. Y tú, una llave de acceso. Dante Rossetti cree que puede poseerlo todo, incluso la información que guardas en esa cabecita tuya. Pero se equivoca.

—¿De verdad? —mi voz suena ronca, pero firme—. Si fuera tan importante, ya me habrías matado para que ellos no me tuvieran.

El hombre sonríe, pero no llega a sus ojos. Es la misma sonrisa depredadora que Dante, pero sin el matiz de obsesión. Este hombre solo quiere destruir.

—La deuda que tu padre dejó, la que los Rossetti creyeron que saldarían con tu vida, se paga de una forma muy distinta —se inclina hacia mí, su aliento apesta a tabaco—. La deuda se paga con sangre. Y tú vas a ser el primer pago que reciban esta noche.

Pronto comprendería que el juego de ajedrez financiero había terminado, y que en esta nueva partida, las piezas que movían el tablero ya no seguían mis reglas.