Capítulo 36 Guerra abierta
El estruendo no es una explosión lejana. Es un golpe seco, metálico, que sacude los cimientos de la mansión como si un gigante hubiera golpeado la puerta principal con un ariete. El cristal de la mesa del despacho vibra bajo mis manos.
¿En serio? ¿Ahora? Podrían haber esperado a que terminase mi café. ¿Por qué el caos siempre interrumpe mis momentos de cordura?
—Camila, al suelo. Ahora —la voz de Dante es un látigo, desprovista de cualquier rastro de duda.
No discuto. Me deslizo bajo el escritorio de roble oscuro, un espacio reducido que huele a su colonia cara y a la tensión eléctrica que desprende el aire. La mansión, que hace un segundo era una fortaleza, parece ahora una caja de cristal a punto de estallar.
Matteo está ya frente a la pantalla de vigilancia, sus dedos bailan sobre el teclado con una rapidez maníaca. Sus gafas, generalmente impecables, están ligeramente torcidas.
—Han roto el perímetro norte. El sector de carga.
Es una incursión masiva —anuncia Matteo, su tono tan clínico que casi parece que está leyendo el informe trimestral—.
Hay al menos veinte hombres. La probabilidad de que lleguen a la planta principal en menos de dos minutos es del noventa y dos por ciento.
—Deja las malditas probabilidades para después, Matteo —gruñe Luca desde la puerta, con la mandíbula tan tensa que parece que va a crujirle el hueso. Sus puños están cerrados con tanta fuerza que sus nudillos son manchas blancas contra su piel bronceada.
Dante no dice nada. Se ajusta los gemelos, un gesto de una calma insultante, y toma una pistola de un cajón oculto en la pared. Nico, a mi lado, me mira. Sus ojos no tienen el brillo de la excitación de la batalla, sino un miedo muy real, muy humano.
—¿Estás bien? —me susurra, apartándome un mechón de pelo de la cara. Su mano tiembla apenas un milímetro, pero está ahí.
—Estoy intentando no morir —respondo, intentando que mi voz suene más estable de lo que me siento por dentro. ¿Camila, en serio? ¿Esa es tu gran réplica? ¿"Intentando no morir"? Estás perdiendo el toque.
Otro impacto retumba, más cerca esta vez. El sonido de disparos comienza a escucharse desde el pasillo principal. Son ráfagas cortas, precisas, el tipo de ruido que no deja lugar a la duda: esto ya no es una incursión, es una guerra abierta.
—Dante, no pueden entrar por el ala este si bloqueo los servidores —añado, arrastrándome hacia el teclado de Matteo. Necesito hacer algo. Necesito dejar de ser la pieza que se mueve y empezar a ser la mano que mueve el tablero.
—No te muevas de ahí, Camila —la orden de Dante corta el aire como un cuchillo, pero mis dedos ya están en las teclas.
—Si no bloqueo el acceso al ala este, entrarán por ahí y nos flanquearán. ¿Prefieres tenerme a salvo en un rincón o viva porque he cerrado la puerta? —La miro desafiante. Mi corazón galopa contra mis costillas, pero mi mente está fría, limpia, centrada en los códigos de acceso.
Dante me observa un segundo. Por un instante, solo un segundo, su mirada se suaviza —posiblemente por la pura locura de mi lógica—, pero luego asiente.
—Hazlo.
Matteo me deja espacio, cediéndome el control de la consola. Siento el peso de las miradas de los hermanos sobre mí. Nico me protege con su cuerpo, mirando hacia la puerta, mientras Dante da órdenes rápidas por su radio táctico. El despacho es ahora el centro del huracán.
El sonido de una explosión más cercana hace que el techo suelte una pequeña lluvia de yeso. La mansión está sangrando. La puerta de seguridad principal, el orgullo del diseño de esta casa, gime bajo el castigo de los Vitti.
—Están usando explosivos de grado militar en la entrada principal —dice Matteo, analizando los datos—. La integridad del vestíbulo caerá en diez segundos.
Dante se gira hacia nosotros, escaneando la habitación como si buscara un punto débil. Su mirada se detiene en mí, luego en sus hermanos.
—Nico, encárgate de la salida de emergencia del nivel inferior. Si esto colapsa, ella sale primero.
—¿Ella? —Nico suelta una risa amarga—. Si salimos, salimos todos.
—No es una negociación —responde Dante.
Luca se interpone entre nosotros y la puerta, con la pistola en una mano y el cuchillo táctico en la otra.
Está esperando el momento de la verdad, el instante en que la madera ceda.
Siento una corriente de energía, oscura y vibrante, emanar de él.
No es miedo lo que siente, es una sed de violencia que me hace estremecer.
—¡Están aquí! —grita Nico, señalando el monitor.
En la pantalla, los hombres con máscaras negras y el emblema de los Vitti inundan el pasillo principal, destrozando todo a su paso. Pero lo que me hiela la sangre no son las armas. Es la forma en que se mueven. No buscan objetos de valor. Buscan el despacho. Saben exactamente dónde estamos.
—Hay un topo —murmuro, mis dedos deteniéndose sobre el teclado—. Saben el código de la puerta principal. Nadie fuera de la familia debería saberlo.
Dante aprieta la mandíbula, sus ojos se vuelven negros de pura rabia contenida.
—Lo sé. Y cuando esto acabe, encontraré quién ha sido y lo despellejaré.
El estruendo final es ensordecedor. La puerta de roble del despacho salta por los aires, astillándose en mil pedazos. El humo y el polvo llenan la sala. Los primeros hombres de los Vitti irrumpen con las armas levantadas.
El caos estalla. Dante dispara, un sonido seco y constante. Matteo, a pesar de su elegancia, se mueve con una precisión brutal, neutralizando a uno de los intrusos que intentaba acercarse a la consola.
Nico me empuja hacia detrás del escritorio, protegiéndome con su propio cuerpo mientras dispara hacia la puerta.
El ruido de los casquillos golpeando el suelo es un ritmo frenético.
Estoy agachada, viendo a los hombres caer, sintiendo el aire cargado de pólvora quemada y el olor metálico de la sangre.
De repente, Luca irrumpe en el centro de la habitación, una fuerza de la naturaleza. Derriba al último hombre que quedaba en el umbral, golpeándolo contra la pared con una furia desenfrenada, ignorando una herida de bala en su hombro.
—¡Camila! —el grito de Luca es un rugido gutural que rebota en las paredes.
Me giro, buscando su mirada entre el polvo que se asienta. Él está de pie, respirando con dificultad, con la camisa destrozada y el pecho subiendo y bajando. Me señala el pasillo que conduce a las zonas privadas.
—¡Sal de aquí!