Capítulo 35 Último asalto
Llevo horas sintiendo el peso del aire en el despacho de Dante.
Es un aire cargado de electricidad estática, de pólvora lejana y del olor a tabaco caro que parece impregnar cada centímetro de la madera noble.
Dante está de pie junto al ventanal, observando la ciudad como si pudiera obligar a las luces distantes a confesar dónde se esconden los Vitti.
Me acerco a él, mis pasos apenas audibles sobre la alfombra. Siento el impulso de decir algo inteligente, algo que calme la tensión que tensa sus hombros, pero la realidad es que Dante no necesita un auditor ahora mismo. Necesita otra cosa.
—El perímetro está reforzado —digo, tratando de que mi voz suene estable—. Nico ha cerrado el acceso este.
Dante se gira lentamente. Sus ojos, siempre analíticos, se clavan en los míos. Esa mirada no tiene nada que ver con el poder. Tiene que ver con una desesperación que él, el hombre que nunca pide permiso, intenta ocultar tras su fachada de piedra.
—¿Crees que será suficiente? —pregunta.
*Me río para mis adentros. ¿Por qué demonios le estoy haciendo preguntas sobre el futuro? ¿Desde cuándo me he convertido en su oráculo?*
—Es la mejor defensa posible, Dante. Lo sabes.
Él da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal.
Se detiene a escasos centímetros. Puedo ver el pequeño tic en su mandíbula.
Dante siempre toma las decisiones como si fueran leyes grabadas en piedra, pero en este momento, su mano vacila antes de rozar mi mejilla.
El contacto es seco, abrasador, sin una sola palabra de justificación. No es una propuesta; es una necesidad.
—No sé qué haría sin ti, Camila —dice, su voz bajando a un susurro áspero que me recorre la columna vertebral.
*¿Perdona? ¿Acaba de confesar algo emocional?
¿Él?* Me quedo helada. Intento buscar una respuesta sarcástica para salvar mi dignidad, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta cuando él baja la mirada, fijándose en mi boca un segundo, solo un segundo, antes de volver a mirarme a los ojos con esa intensidad desbordante.
—Cami —insiste, usando el apodo que solo susurra cuando nadie más está cerca—. Este plan de contingencia que has trazado... nos da una oportunidad, pero el riesgo de que te pase algo... eso no está en las hojas de cálculo.
Me acerco un poco más. Puedo notar el calor que emana de su cuerpo. El miedo que he sentido toda la mañana, el miedo a convertirme en una simple posesión, empieza a mezclarse con una realidad mucho más aterradora: estoy empezando a importarles más de lo que jamás había imaginado.
—No voy a dejar que me pase nada —respondo, intentando recuperar mi frialdad—. Pero tú también tienes que dejar de intentar controlarlo todo. Confía en lo que he hecho.
Dante suelta un bufido, un sonido que podría haber sido una risa amarga.
—Confío en tu mente, Camila. Es en el resto donde tengo problemas para mantener la cordura.
Sin previo aviso, se inclina y captura mis labios.
Es un beso desesperado, falto de la elegancia que suele definir a Dante Rossetti.
Sus manos se hunden en mi cabello, sujetándome como si fuera el ancla que le impide hundirse en la locura de esta guerra.
Le devuelvo el beso con la misma intensidad, dejando que la tensión acumulada durante semanas se disipe en ese roce.
Nos separamos, respirando con dificultad. Sus ojos recorren mi rostro, analizando cada centímetro de piel.
—El plan está listo —digo, sintiendo que mi voz apenas me obedece—. Solo tenemos que ejecutarlo.
Dante asiente, aunque no parece querer soltarme. Sus dedos acarician mi barbilla. Por un momento, olvido la guerra, a los Vitti, la deuda y la jaula que es este despacho. Solo somos nosotros dos, suspendidos en el centro de un imperio que se desmorona.
—Eres mi vida, Cami —dice, cerrando el espacio entre nosotros una vez más.
Pronto comprendería que, en ese momento, ya no había vuelta atrás. La deuda se había extinguido, reemplazada por algo mucho más difícil de pagar.