Capítulo 34 Plan B
El silencio en el despacho de los Rossetti no es pacífico; es denso, cargado de electricidad estática.
Dante, Matteo, Luca y Nico están enfrascados en una reunión táctica que no me han dejado abandonar, aunque, a estas alturas, ya no necesito que me obliguen.
Me mantengo en el borde de la mesa, observando los mapas de la propiedad y los flujos de seguridad que he rediseñado.
Nico se acerca a mí, aprovechando que Matteo está discutiendo con Dante sobre los perímetros. Su mano roza mi cintura, un gesto que intenta ser casual pero que mis nervios registran con una claridad alarmante.
—Camila, tenemos que hablar —susurra, inclinándose hacia mi oído. Su aliento huele a café amargo y a esa urgencia que solo él posee—. Si la mansión cae, esto no será una pelea de oficina. Será una masacre.
—Lo sé, Nico. He visto las proyecciones de Matteo. Si el sector norte cede, tenemos menos de cuatro minutos de respuesta.
—No hablo de los tiempos de respuesta —responde él, sus ojos azules brillando con un miedo que rara vez permite que otros vean—. Hablo de la salida. Necesito que sepas dónde está el protocolo de emergencia. Si Dante decide morir defendiendo estos muros, yo no me quedaré a esperar el final.
Me río por dentro. ¿De verdad me estoy convirtiendo en la cómplice de un joven mafioso que quiere escapar de su propia familia?
¿Por qué siempre me atraen las situaciones en las que mi vida cuelga de un hilo?
¡Qué bien, Camila, pasaste de contable de una pequeña empresa a socia de una guerra de mafias en tiempo récord!
Nico me guía hacia una sección del monitor que solo nosotros podemos ver, un mapa de los túneles de servicio que conectan la mansión con el bosque exterior. Su tic, esa necesidad de cuestionar la ética de su familia, ahora se traduce en una planificación fría y metódica de huida.
—Si las cámaras de seguridad que instalé fallan, este es el punto ciego —continúa, señalando con un dedo largo un tramo del sótano—. Estará abierto.
Dante se gira bruscamente. Sus ojos caen sobre nuestras manos juntas, luego sobre la pantalla. Su mandíbula se tensa, un gesto que precede a cualquier decisión impuesta. No dice nada, pero su mirada es una sentencia silenciosa: *sé lo que estáis planeando, y os vigilo*.
Matteo, ajeno al intercambio eléctrico, ajusta sus gafas y me mira con esa intensidad auditora que a veces me hace sentir que está leyendo mis constantes vitales.
—Camila, he recalculado la estabilidad estructural de la puerta acorazada. Con tus cambios en el sistema, la resistencia sube un 12%. Probabilidad de éxito en caso de asalto directo: 92%.
—No me gustan los porcentajes, Matteo —respondo, intentando mantener la frialdad—. Prefiero los hechos. Y el hecho es que, si ellos entran, el 8% restante es lo que nos matará.
Luca, apoyado contra la pared opuesta, mantiene sus puños cerrados con tanta fuerza que los nudillos se le vuelven blancos.
Su silencio no es ausencia, es una presencia física que presiona contra mi pecho.
Cuando nuestras miradas se encuentran, su mandíbula se relaja un milímetro, un gesto mínimo, casi imperceptible, que solo yo entiendo como una petición de calma. O de advertencia.
Me siento de repente abrumada por la intensidad de los cuatro.
No son solo sus guardianes; son, de una forma retorcida y oscura, los únicos que me sostienen.
¿Desde cuándo me importa si sobreviven? ¿Cuándo dejé de verlos como carceleros para empezar a verlos como...
algo más? Me regaño mentalmente. *Céntrate, Camila.
No te enamores de la jaula, por muy dorada que sea. *
—Nico —digo en voz baja, asegurándome de que solo él me escuche—. Si ocurre, no me dejes atrás.
—Nunca —responde él, firme.
De repente, una alarma estridente rompe la atmósfera. Un pitido seco y constante que activa todos los protocolos de seguridad. La mansión parece vibrar.
—Los Vitti han cortado el suministro externo —anuncia Matteo, sus dedos volando sobre el teclado.
La habitación se sumerge en una penumbra roja.
La tensión física en Luca se dispara; se aparta de la pared con un movimiento felino, preparado para la violencia.
Dante se coloca al frente, su anillo de sello familiar brillando bajo las luces de emergencia.
Es el momento. Ya no hay más planes, ya no hay más auditorías. Solo hay supervivencia.
Nico se acerca a mi lado, sus manos buscando las mías bajo la mesa, sus dedos entrelazándose con los míos con una fuerza que me hace doler. Sus ojos buscan los míos en la semioscuridad, y hay una verdad aterradora en su confesión susurrada.
—Si caemos, caeremos juntos.
No tengo oportunidad de responder. La puerta principal del despacho retumba bajo un impacto brutal. La guerra ha llegado a casa.