Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 33 Silencio sepulcral
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Capítulo 33 Silencio sepulcral

El olor a pólvora quemada y a limpiador industrial impregna cada rincón del ala sur. Apenas hace una hora que Luca arrastró el cuerpo del traidor fuera de la vista, pero el silencio que ha quedado atrás es mucho más pesado que cualquier grito.

Camila, ¿estás bien? —Nico me observa desde el marco de la puerta, con esa expresión de cachorro perdido que, a estas alturas, sé que es una máscara estratégica.

—Estoy perfectamente, Nico. Solo intento que el suelo no parezca una escena de crimen. —Mi voz suena más estable de lo que se siente mi interior.

Es mentira. Mi estómago se retuerce en nudos de hielo.

Limpio la mancha oscura sobre el mármol con una determinación mecánica.

¿Por qué demonios sigo aquí? ¿Por qué mi mano no tiembla?

Me regaño internamente, obligándome a respirar hondo.

*Deja de analizar el trauma y ponte a trabajar, Camila.

La parálisis no paga facturas, ni evita que te disparen. *

Matteo entra en la sala con una tableta en la mano, su semblante es un mapa de datos y líneas de código. Se detiene a observar mi labor de limpieza. Sus ojos, protegidos tras esas gafas de marco fino, recorren el pasillo con la precisión de un auditor buscando errores en un balance.

—La brecha ha sido sellada —dice, ignorando deliberadamente el cadáver ausente—. He reconfigurado el acceso del sector sur. Un 12% de probabilidades de fallo en la red interna, pero el cortafuegos es impenetrable.

Me pongo en pie, dejando el trapo sobre un cubo.

—Ese 12% es inaceptable —respondo, acercándome a su tableta—. Si el topo ha estado dentro, conocía las contraseñas antiguas. Cámbialas a una secuencia aleatoria de base 16. Y bloquea el nodo de entrada principal, el que usa la seguridad del exterior.

Matteo me mira. No hay condescendencia, solo ese respeto frío que ha ido creciendo entre nosotros como una enredadera de metal. Sus dedos rozan mi mano al tomar la tableta, un contacto breve, seco, que me obliga a bajar la mirada a su boca un segundo antes de retomar la postura.

—Es una solución lógica —admite él—. Lo haré.

Dante aparece entonces, ocupando todo el espacio con su presencia. No me mira a mí, sino a la pared, pero sé que me está registrando en su mente con la misma posesividad territorial de siempre.

—Dante, he reorganizado el protocolo de seguridad —intervengo, obligándole a fijar sus ojos fríos en los míos—. Necesitamos monitorizar los puntos de entrada manualmente, no por software. Confío más en Nico y en mí para auditar las cámaras en tiempo real que en cualquier algoritmo.

Dante aprieta la mandíbula. Es su tic. No discute, no pide opinión. Simplemente asiente una vez, un hecho consumado.

—Hazlo. Matteo, asegúrate de que ella tenga acceso total a la red maestra.

La decisión es un terremoto en la jerarquía familiar. Veo la sombra de incredulidad en los ojos de los demás, pero nadie se atreve a contradecirlo. Dante me ha dado las llaves del reino, o al menos, de sus muros.

Luca irrumpe en la estancia, con la camisa manchada y el cuello tenso, los puños cerrados como si todavía estuviera estrangulando al traidor.

Sus ojos buscan los míos, eléctricos, cargados de una furia protectora que me hace sentir, por un momento, el centro de su universo.

Se detiene a un palmo de mí, su aliento acelerado, sin decir una palabra.

No hace falta. Su silencio es una promesa violenta de que nadie volverá a cruzar la puerta de esta mansión sin pasar sobre él primero.

Me alejo un paso, no por miedo, sino para conservar el poco aire que me queda. Es absurdo, todo esto es una locura, pero estamos aquí.

—No nos detendrán —digo en voz baja, mirando a los cuatro hombres que, a su manera retorcida, han hecho de mí su proyecto de vida.

Pronto comprendería que, al aceptar ese acceso a la red maestra, ya no era solo una contable intentando sobrevivir. Me estaba convirtiendo en el eje sobre el que giraban todos sus secretos. Y el poder, una vez probado, nunca se devuelve voluntariamente.