Capítulo 32 El precio de la lealtad
El aire en el despacho es tan denso que casi puedo masticarlo.
Tras el bloqueo total ordenado por Dante, el silencio no es paz; es una antesala a la carnicería.
Estoy sentada en una de las sillas de cuero, observando cómo la mandíbula de Luca oscila con una tensión rítmica.
Sabe algo. Algo que lo está consumiendo por dentro.
Nico, apoyado en el ventanal, juega con su teléfono, sus dedos moviéndose con la agilidad de quien tiene algo que ocultar.
Dante, al otro lado de la mesa, no despega la vista de los monitores.
Matteo, en cambio, no mira las pantallas.
Mira a Luca. Sus ojos, a través de las gafas de marco fino, están analizando la temperatura emocional de su hermano con la misma precisión que usaría para auditar una cuenta en el extranjero.
—Tienes un tic, Luca —suelta Matteo, con esa frialdad de contable que a veces me hace querer lanzarle el pisapapeles—.
La tensión del cuello. Te va a dar una contractura o vas a romperle el cuello a alguien.
Espero que sea lo segundo, porque la logística de un funeral ahora mismo sería un desastre contable.
Luca gira la cabeza. Sus nudillos, apoyados sobre la mesa de acero, están blancos.
—Hay un topo —dice Luca. Su voz es un gruñido bajo, casi un aviso de tormenta—. Alguien está filtrando la posición de los suministros. No son los Vitti. Es alguien que sabe dónde ocultamos las llaves de los activos.
El silencio que sigue es sepulcral. Dante se pone en pie. El movimiento es tan suave, tan depredador, que ni siquiera el aire se desplaza.
—Si estás seguro, Luca, dilo —ordena Dante.
Luca no lo mira. Me mira a mí. Sus ojos son una tormenta de frustración contenida.
Aprieta los puños hasta que las venas del antebrazo se le marcan.
No necesita decir nada más. La violencia que vibra en sus hombros no es para mí, pero me alcanza.
Por un segundo, la imagen del traidor en su cabeza es tan nítida que casi puedo verla.
—El encargado de seguridad del sector sur —escupe Luca finalmente—. Lo he pillado enviando coordenadas.
Dante ni siquiera parpadea. Toma el teléfono de la mesa y marca un número interno. Dos palabras: —Limpia la basura.
Es increíble. ¿Por qué carajo estás presenciando esto, Camila? ¿Te has convertido en una espectadora de un ajuste de cuentas como si fuera un programa de tarde? ¡Deja de intentar buscarle lógica a esto y empieza a pensar en tu cuello!
Me levanto, con los nervios vibrando como cuerdas de violín.
Luca está a punto de explotar. Camino hacia él, ignorando la advertencia que mis instintos lanzan sobre la "seguridad" de acercarme a una bomba de relojería.
Pongo mi mano sobre su antebrazo. El tacto es como tocar hierro fundido. Está ardiendo.
—Luca, mírame —le digo. Mi voz suena extrañamente firme, ajena a mis manos que apenas dejan de temblar.
Él baja la mirada hacia mí. Su mandíbula se bloquea, y por un momento, solo por un segundo, su expresión se suaviza antes de volver a endurecerse.
Cierra los ojos y exhala un suspiro que parece cargar con todo el peso del mundo.
Es un hombre que solo conoce la fuerza, pero que ahora mismo parece estar pidiendo a gritos que alguien le dé permiso para no ser el verdugo por una vez.
Lo rodeo con mis brazos en un abrazo que no tiene nada de romántico y todo de necesidad.
Es un ancla. Luca se queda rígido, un segundo, dos, tres.
Luego, sus manos, grandes y pesadas, se posan en mi espalda.
No me abraza, me agarra. Como si temiera que, si me suelta, el suelo se abriría y me tragaría.
—Lo hice por ti —murmura él contra mi pelo. Su voz es apenas un hilo, un secreto que me quema el cuero cabelludo—. No voy a permitir que nadie llegue a ti. Nadie.
Me aparto un poco, solo lo suficiente para mirarlo a los ojos.
Hay algo en su mirada, una mezcla de culpa y devoción ciega, que me corta la respiración.
Me está entregando su lado más oscuro, su violencia, y lo está empaquetando como un regalo de seguridad.
Es aterrador. Y es, a la vez, lo único que me mantiene cuerda en este infierno.
—No necesito que lo hagas por mí, Luca —respondo, aunque sé que es mentira. Necesito que lo haga. Necesito que sobreviva. Y necesito que yo también lo haga.
—¿Seguro que no? —dice una voz desde la puerta. Es Nico, con una sonrisa amarga—. Porque ahora mismo, el resto del imperio se pregunta si estamos protegiendo a una contable o a la reina de la casa. Y creedme, esa pregunta va a traer problemas mucho peores que un topo en el sector sur.
Luca no me suelta. Al contrario, me acerca más hacia su cuerpo, bloqueándome con su propia figura frente a sus hermanos. Dante nos observa, con esa mirada que no parpadea, y por primera vez, veo algo distinto en sus ojos. No es solo posesión. Es algo mucho más peligroso. Es expectación.
Pronto comprendería que ese abrazo no era solo un momento de calma en medio de la guerra, sino el sello definitivo de mi posición en esta jaula de oro.
Ya no soy una deuda. Soy el centro gravitatorio que hace que estos cuatro reyes se despedacen entre sí, y la batalla por mi lealtad acaba de empezar.