Capítulo 31 Cerrando filas
El aire en el despacho es tan denso que casi puedo masticarlo.
Tras el mensaje de los Vitti, la casa ha pasado de ser una jaula a convertirse en una fortaleza bajo asedio.
Dante está de pie frente al ventanal que da a la ciudad, con la espalda tan rígida que parece tallada en granito.
Los otros tres están repartidos por la estancia: Matteo frente a los monitores, Luca bloqueando la única salida y Nico, con una expresión de tedio fingido que no engaña a nadie, apoyado en el escritorio.
—Bloqueo total —dice Dante sin darse la vuelta. Su voz es un filo de hielo—. Nadie entra, nadie sale. Ni siquiera el personal de servicio.
—¿Incluso mi contacto en el exterior? —pregunto, sintiendo cómo el estómago se me encoge. ¿Qué va a pasar con Elena?
—Especialmente tú —responde Dante. Se gira, y su mirada se clava en la mía con esa intensidad que me hace olvidar cómo respirar—. Estamos en guerra. Las reglas han cambiado.
—¿Por qué carajo estás actuando como si yo fuera la que tiene la culpa? —pregunto, obligándome a mantener la mirada firme—. He hecho más por vuestra contabilidad en un mes que lo que habéis hecho vosotros en una década. No soy un mueble, Dante.
Me arrepiento de haber hablado nada más soltarlo. La tensión en la mandíbula de Luca aumenta, un tic nervioso que me confirma que está a un segundo de perder la compostura. Matteo, sin embargo, suelta un suspiro y empieza a teclear frenéticamente.
—Los datos respaldan la urgencia, Camila —dice Matteo sin mirarme, ajustándose las gafas—. Las probabilidades de una incursión en las próximas seis horas han subido al 88%. El bloqueo es una decisión matemática.
¿Matemática? ¿En serio? ¿Por qué me sorprende que intente auditar mi encierro?
Nico es el único que se mueve. Se acerca a mí, ignorando la mirada asesina de sus hermanos, y me pone una mano en el brazo. Es el único gesto de calidez que he recibido en horas.
—Cerrando filas —dice él, con una sonrisa torcida—. Eso es lo que hacemos, ¿no? Si vamos a morir, mejor hacerlo todos juntos en este despacho de lujo.
—Nadie va a morir —gruñe Luca, finalmente rompiendo su silencio. Sus puños están tan cerrados que los nudillos le brillan bajo la luz artificial.
La noche avanza y, por orden de Dante, el despacho se convierte en nuestro refugio. Traen mantas, café y armas. La atmósfera se transforma de algo puramente profesional a algo... extraño. Me siento como una pieza de ajedrez que, de repente, se ha negado a ser movida del tablero.
Me siento en el gran sofá de cuero negro, exhausta.
Dante aparece con una taza. Café. Negro, sin azúcar, dos hielos.
Me lo tiende con esa parsimonia suya, sin decir una palabra, y se sienta a mi lado.
Luego Matteo, luego Luca. Nico se queda a los pies, sentado en el suelo, vigilando la puerta con una pistola apoyada en el muslo.
Es ridículo. Estamos atrapados en una habitación de cristal mientras fuera, un ejército de sombras busca entrar.
Pero, extrañamente, mientras el olor a pino y metal de Luca se mezcla con el aire filtrado de la sala, el miedo empieza a ceder paso a una sensación punzante de seguridad.
Estoy protegida. Estoy recluida. Y lo peor de todo es que no estoy segura de querer salir.
—¿Por qué esto? —susurro, mirando a Dante—. ¿Por qué no simplemente me dejáis ir?
Dante se acerca tanto que puedo ver el anillo de sello familiar brillando en su dedo. Extiende la mano y, con una lentitud deliberada, me aparta un mechón de pelo de la cara. Su pulgar roza mi mandíbula.
—Cerca —dice él, su voz un susurro ronco—. Todos juntos.
Pronto comprendería que este encierro no era solo una táctica defensiva contra los Vitti; era el preludio de una posesión de la que ya no habría retorno posible.