Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 29 Estrategia impecable
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Capítulo 29 Estrategia impecable

El despacho de Matteo es el lugar más silencioso del mundo, una tumba de cristal y acero donde el único sonido es el roce de mis dedos contra el teclado y el pulso eléctrico de los servidores. A estas horas, la mansión parece contener la respiración.

Matteo está de pie junto al ventanal, con una tableta en la mano, analizando los flujos de capital que acabo de rastrear.

Su mirada, escondida tras el marco fino de sus gafas, se clava en mí con más frecuencia de la que exige la auditoría.

Es como si estuviera esperando a que cometa un error para tener la excusa perfecta de acercarse.

Matteo se acerca. Sus pasos son mudos sobre la alfombra oscura. Se detiene justo detrás de mi silla, invadiendo ese espacio personal que he intentado proteger con uñas y dientes durante semanas.

—Casi impecable —dice él.

—¿Casi?

Se inclina sobre mi hombro. Puedo oler el aroma de su perfume, algo cítrico que se mezcla con el frío del cristal. —Un margen de error del 0,02%. Es una cifra fascinante para alguien con tu formación. La mayoría de los contables se habrían rendido hace horas.

¿Por qué se acerca tanto? ¿Para auditar mi ritmo cardíaco también?

—No me rindo, Matteo. Es una de mis pocas virtudes útiles.

Se ríe, un sonido seco que vibra contra mi cuello.

Sus dedos, largos y precisos como los de un cirujano, rozan mi nuca.

El contacto es breve, apenas una caricia, pero es suficiente para erizarme el vello de los brazos.

Es un toque calculado, no hay nada de azar en él.

Siento cómo su mano se detiene ahí, firme, mientras su mirada baja a mis labios.

—Tu inteligencia me excita más que nada —susurra.

La respuesta es una descarga eléctrica que me recorre la columna.

Me obligo a mantener la vista fija en el monitor, aunque las líneas de código se han vuelto borrosas.

Estoy sentada en medio de una red de criminales que, en teoría, son mis captores, y ahora mismo, el estratega del grupo está convirtiendo mi cerebro en un objeto de deseo.

Es absurdo. Es ridículo. Es peligrosamente estimulante.

—¿También vas a auditar eso? —pregunto, forzando un tono sarcástico que no termina de salir firme—. ¿El grado de mi respuesta fisiológica a tu cercanía?

Matteo no se retira. Al contrario, presiona su palma un poco más fuerte contra mi cuello, reclamando mi atención sin decir una sola palabra.

El tic de su perfeccionismo se manifiesta en la forma en que su otra mano ajusta los documentos sobre la mesa, alineándolos hasta que quedan perfectamente paralelos al borde.

—No hace falta. Los datos son evidentes sin necesidad de cálculos.

Me levanto de la silla, necesitando poner distancia antes de que mi autocontrol se convierta en cenizas. Matteo no intenta detenerme, pero sus ojos me siguen con una intensidad que pesa.

—Estamos cerca, Camila —dice, su voz recuperando la frialdad profesional que me aterra más que su deseo—. Con estos datos, mañana mismo podemos cerrar la estructura financiera de los Vitti.

Asiento, guardando los archivos en una unidad cifrada que escondo bajo mi manga. Miro la puerta del despacho. El pasillo está oscuro, pero sé que en cualquier rincón podría estar Luca, o Dante, o incluso Nico con sus cámaras ocultas.

—Entonces terminaré esto —respondo.

—Hazlo —dice Matteo—. Y después, hablaremos de otros activos que no figuran en los libros contables.

Salgo del despacho sintiendo su mirada fija en mi espalda. Mi corazón golpea contra mis costillas, traicionando la frialdad que tanto me esfuerzo por proyectar. ¿Por qué acepto esto? ¿Por qué cada vez que tengo una oportunidad de huir, me hundo más en sus juegos?

Al llegar a mi habitación, cierro la puerta con llave y me apoyo contra ella.

Respiro profundamente, intentando recuperar el aire.

En el espejo, mi reflejo se ve exactamente igual, pero por dentro, la contable pragmática que entró en esta mansión hace semanas parece haber desaparecido, devorada por una estrategia que no sabe cómo ganar.

Pronto comprendería que Matteo no solo buscaba auditar los libros de la familia, sino cada gramo de mi resistencia, hasta que no quedara ni una sola cifra fuera de su control.