Capítulo 28 El refugio de Nico
La mansión Rossetti se siente inusualmente silenciosa.
Es un silencio espeso, del tipo que presagia una tormenta o, lo que es peor, el estallido de la cordura de alguien.
Camino por el pasillo de la planta alta, mis pasos amortiguados por la alfombra gris plomo.
Dante, Matteo y Luca están en la oficina central, probablemente diseccionando las cenizas de los Vitti, pero Nico no está con ellos.
Lo encuentro en la biblioteca, sentado en un sillón de cuero que parece tragárselo. No tiene su habitual postura relajada; está mirando una hoja de papel, con los hombros hundidos bajo una carga que no es de dinero ni de poder.
—¿Nico? —pregunto, cerrando la puerta tras de mí.
Él levanta la vista. Sus ojos, los más claros de los cuatro, tienen un brillo de cansancio absoluto.
—Dante cree que hemos terminado —dice, y su voz suena áspera—. Matteo cree que los números encajan. Pero nadie se pregunta qué pasa cuando ya no quedan enemigos a los que culpar.
¿Por qué carajo intento ser racional en un entorno que respira locura? Me acerco con cuidado, consciente de que mi propia presencia aquí es una anomalía. Nico es el único que, a veces, parece recordar que soy una persona, no una cuenta por saldar o un activo a proteger.
—No has dormido —observo, evitando el análisis psicológico profundo que él parece estar pidiendo a gritos.
Nico suelta una risa corta, sin alegría, y tira el papel sobre la mesa. —He estado revisando las cámaras de seguridad del ala este. No las de la familia, las que instalé yo por mi cuenta.
Me detengo a medio paso. —¿Cámaras privadas? ¿Para qué?
—Para saber quién mira, Camila —suelta, clavando sus ojos en los míos—. Dante no es el único que supervisa. Hay alguien más. Alguien dentro de la casa. Y creo que han estado esperando a que bajáramos la guardia tras la caída de los Vitti.
Siento un frío glacial recorriéndome la espalda. Mi humor interno, ese mecanismo que suele salvarme de la histeria, me susurra que, al menos, la paranoia es una forma de salud mental aquí.
—¿Tienes pruebas? —pregunto, mi tono cortante, técnico.
Nico se levanta y acorta la distancia entre nosotros. Es más alto que yo, pero en este momento no hay nada amenazante en su proximidad. Hay una vulnerabilidad cruda, una grieta en la fachada de los Rossetti que, curiosamente, hace que me sienta más segura con él que con sus hermanos.
—Tengo grabaciones de sombras —dice, bajando la voz—. Pero el problema no es lo que veo. Es el hecho de que ya no sé si ellos mismos son los que me observan a mí para ver qué haré contigo. ¿Crees que ellos me dejarían escapar, Camila? ¿Crees que nos dejarían ir tan fácilmente?
—No lo sé —admito, y la falta de una respuesta brillante es, en sí misma, una victoria contra mi propio defecto de querer controlarlo todo—. Pero no planeo ser una víctima. Ni tuya, ni de ellos, ni de este lugar.
Nico se ríe, esta vez un poco más auténtico.
Se pasa una mano por el cabello, un gesto nervioso que no le conocía, y luego baja la mano hasta rozar mis dedos.
Es un contacto breve, una chispa que quema a través de la tela de mi blusa.
Sus ojos caen un segundo a mis labios y, de nuevo, a mis ojos.
Es una invitación que no necesita palabras, una distensión de la cuerda que nos mantiene a todos en vilo.
Me acerco, eliminando el último espacio que nos separa.
Necesito este respiro, esta confirmación de que todavía estoy viva bajo toda esta presión.
Cuando lo beso, es corto, urgente, una pregunta sin respuesta que se ahoga en el silencio de la biblioteca.
Él suelta un suspiro contra mi boca, y siento cómo sus manos, que momentos antes temblaban, se cierran firmemente en mi cintura.
No hay romanticismo, ni promesas de futuro. Solo es el reconocimiento de dos personas atrapadas en la misma jaula de oro. Nico se separa, dejando sus manos sobre mis hombros, apretando con una fuerza que roza el dolor.
—No me dejes solo en esto —susurra, su voz apenas un hilo, tan despojada de su arrogancia familiar que me asusta.
La realidad me golpea de nuevo. Sé que si me quedo, si acepto este pacto de silencio, mi vida dejará de ser mía para siempre. Pero mientras lo observo, veo el miedo en sus ojos. Un miedo que no es por él, sino por la posibilidad de que, por una vez, alguien se quede.
—No lo haré —respondo.
Es una mentira o una sentencia. En este mundo, a menudo son lo mismo.