Capítulo 27 Celos de posesión
El despacho se siente pequeño, una caja de cristal y acero donde el oxígeno parece haberse agotado.
Dante está de pie junto al ventanal, con la silueta recortada contra el gris plomizo del cielo invernal.
Luca ocupa el umbral de la puerta, bloqueando cualquier salida, sus nudillos blancos por la presión que ejerce sobre el marco de la puerta.
—Ella necesita supervisión constante, Dante. No está a debate —dice Luca. Su mandíbula está tan tensa que el músculo late bajo la piel.
Dante ni siquiera se gira. Sigue mirando hacia abajo, hacia la ciudad que acaba de ayudar a desmantelar.
—La supervisión la ejerzo yo, Luca. Tú tienes el perímetro externo. No te vuelvas prescindible.
—¿Prescindible? —Luca da un paso al frente. El sonido de sus botas contra el mármol suena a amenaza—. He estado con ella cada vez que la seguridad ha fallado. Ella confía en mí.
¿Confía? ¿En serio? Me río por dentro. ¿Por qué carajo insisten en pelearse por mi tiempo como si fuera una partida de ajedrez o un botín de guerra?
Debería haberme quedado en mi cubículo en la oficina de mi padre, contando facturas falsas y tomando café de máquina.
Al menos allí nadie pretendía que mi vida fuera un trofeo de caza.
—Ya basta —digo, interrumpiendo el silencio cortante.
Ambos se giran hacia mí, pero sus expresiones no cambian. Dante mantiene esa mirada gélida que no parpadea, mientras que los puños de Luca se cierran y se abren, un tic nervioso que delata que está a medio segundo de estallar contra la misma pared.
—¿Se acabó el reparto de tareas? —pregunto, levantándome de la silla. Camino hasta el centro del despacho, sintiendo cómo el aire se vuelve más pesado—. Porque me da la sensación de que os habéis olvidado de que soy yo quien tiene que ser escoltada, no un paquete de mensajería urgente.
Dante enarca una ceja, acercándose lentamente, invadiendo mi espacio personal. Su olor a tabaco caro y bergamota es casi asfixiante.
—Eres nuestra prioridad, Camila. Eso no cambia porque estemos cansados de la guerra —dice Dante, con esa voz que no admite réplicas.
—No es una prioridad, es una obsesión —respondo, dándome la vuelta para enfrentarme a Luca—. Y tú, deja de apretar la mandíbula antes de que te rompas un diente. Ninguno de los dos decide por mí hoy.
Luca se detiene en seco. Su mirada baja un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos, una descarga eléctrica que intenta ocultar con otro apretón de manos. El conflicto de posesión es tan palpable que casi puedo tocarlo, una red invisible que intenta enredarme.
—Si queréis saber quién me escolta —añado, sintiendo que recupero una brizna de mi terreno—, os sugiero que preguntéis a la única persona que tiene voz y voto en esto.
—¿Y bien? —Dante cruza los brazos, esperando que elija a uno de ellos. Su tic de dar órdenes como hechos consumados es irritante, pero esta vez, no voy a darle el gusto.
—Ninguno —sentencio, cruzándome de brazos—. Voy a bajar al archivo a terminar de cerrar las cuentas de los Vitti. Sola. Si intentáis seguirme como perros guardianes, os aseguro que Matteo tendrá mucho trabajo explicando por qué habéis bloqueado el acceso a la base de datos central.
La expresión de Dante se endurece, pero Luca suelta un bufido, bajando por fin la guardia.
Es un momento de pura absurdez; aquí estoy, rodeada de los hombres más peligrosos de la ciudad, dictándoles las condiciones de mi propia seguridad como si fuera una ejecutiva exigiendo mejores beneficios laborales.
Es cómico, si no fuera porque mi vida depende de que no decidan matarse entre ellos por ver quién me da la mano primero.
—Decido yo —repito, manteniendo la voz firme, sin permitir que mis rodillas tiemblen.
Salgo del despacho, sintiendo sus miradas clavadas en mi espalda. Es un territorio peligroso, pero es mío. Y no pienso ceder ni un milímetro más.