Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 26 Sangre fría
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Capítulo 26 Sangre fría

El sonido de los disparos ahogados en la lejanía llega hasta el despacho, pero aquí dentro el silencio es mucho más pesado. Miro la pantalla del portátil, donde las cifras de las cuentas offshore de los Vitti se desvanecen ante mis ojos. No es un error. Es un vaciado sistemático.

¿Por qué carajo estoy intentando salvar sus finanzas?

Debería estar escondida bajo la mesa, pero aquí estoy, jugando a ser la contable en medio de una masacre.

Mi cerebro, ese pequeño masoquista, me recuerda que sin estos números, los Rossetti no sabrán dónde golpear después.

Genial, Camila. Has pasado de rehén a arquitecta del caos.

Dante está de pie junto al ventanal, con la espalda tensa como una cuerda de piano. Sus manos, enfundadas en cuero negro, no se mueven. Ni un gesto. Ni una palabra.

—Se acabó —digo, y mi voz suena extrañamente firme—. Han purgado todo. El imperio Vitti es ahora mismo un cascarón vacío.

Dante se gira lentamente. No hay triunfo en su mirada, solo esa oscuridad calculadora que me pone los pelos de punta. Se acerca, paso a paso, hasta que el aire entre nosotros se vuelve irrespirable. Su anillo de sello, el oro viejo que marca su autoridad, brilla bajo la luz artificial.

—Lo has hecho bien —dice. No es un cumplido, es un hecho.

—No lo hice por vosotros —respondo, aunque mi corazón late desbocado contra mis costillas.

Él suelta una risa corta, casi imperceptible. Se inclina hacia adelante, sus dedos rozan mi mejilla con una lentitud que me obliga a contener el aliento. Sus ojos bajan un segundo a mis labios, luego vuelven a los míos.

—Lo has hecho porque es lo que eres, Camila. Una estratega.

—¿Y ahora qué? —pregunto, sintiendo cómo la duda intenta ganar terreno—. ¿Me vais a encerrar otra vez o la guerra ha terminado?

—La guerra solo termina cuando yo lo decido —responde él.

Dante me hace una seña hacia el sofá de cuero. Me siento, las manos aún me tiemblan un poco. Matteo entra entonces, ajustándose las gafas con ese tic maníaco de auditor. Mira la pantalla y luego a Dante.

—He confirmado los datos —dice Matteo, su tono es plano, clínico—. El 92% de los activos han sido liquidados. La familia Vitti no tiene liquidez para pagar a sus sicarios. Están acabados.

Matteo se acerca a mí y, sin pedir permiso, toma mi mano. Sus dedos son largos y fríos, pero su contacto es una descarga eléctrica que no puedo ignorar.

—Has detectado el patrón de transferencia en solo diez minutos —añade él, como si estuviera evaluando una inversión—. La probabilidad de que alguien más hubiera encontrado la cuenta secundaria era inferior al 4%. Es matemáticamente impresionante.

¿Matemáticamente impresionante? ¿En serio, Matteo? Qué manera tan romántica de decir que acabo de arruinarles la vida. Me regaño mentalmente por el pequeño escalofrío que me recorre la espalda.

Luca entra un momento después. Su mandíbula está tan apretada que parece que le duele.

No dice nada. Se sitúa tras mi sillón, sus manos se apoyan en el respaldo, cerca de mis hombros, una jaula invisible que me recuerda quién manda aquí.

Su presencia es un peso, una sombra de violencia contenida que me corta la respiración.

Me mira a través del reflejo del cristal.

No sonríe. Nunca lo hace. Pero su pulgar roza el borde de mi cuello, un roce accidental que, lo sé, no es nada accidental.

Nico es el último. Entra con una expresión de alivio que apenas logra ocultar.

—La policía está en el distrito norte —informa—. Los Vitti están huyendo o muriendo. La mayoría está huyendo.

—Nadie sale de esta ciudad —sentencia Dante, cortante.

Siento el peso del momento. La destrucción moral de los Vitti, el silencio de los hermanos, la sangre fría con la que han gestionado el fin de sus rivales. Todo esto es real. No hay vuelta atrás.

—¿Qué pasa conmigo? —pregunto de nuevo, esta vez con voz más baja.

Dante se acerca a mí, ignorando a sus hermanos. El resto de la sala desaparece. El ruido de la ciudad, el eco de la violencia, todo se desvanece ante su mirada. Se inclina hasta que sus labios están a milímetros de mi oreja.

—Eres una de nosotros ahora, Camila. No hay otro lugar al que puedas ir.

Pronto comprendería que ese "nosotros" era la sentencia definitiva que mi corazón ya había empezado a escribir.