Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 25 El primer impacto
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Capítulo 25 El primer impacto

La calma en la mansión Rossetti es una mentira.

Lo sé, ellos lo saben, y las paredes de acero negro parecen vibrar con la electricidad de lo que está por venir.

Me sirvo un café —negro, sin azúcar, dos hielos, mi única constante en este caos— y observo a Dante desde el umbral del despacho.

Está revisando un mapa digital de la ciudad, sus facciones afiladas tensas, la mirada clavada en un punto que solo él ve.

—Se acabó el esperar —dice Dante, sin girarse. Su voz es un hecho consumado, una sentencia—. Matteo, activa la secuencia. Nico, prepárate.

La rotación comienza.

Matteo está junto a un monitor, sus dedos largos y precisos tecleando con la cadencia de un pianista. Cuando se gira hacia mí, sus ojos tras los cristales de las gafas no son los del auditor frío de siempre. Hay un brillo inusual, una adoración calculada que me recorre la espalda.

—Las probabilidades de éxito contra los Varese son del 89% —dice, ajustándose la montura—. He auditado cada punto de entrada. Camila, tus datos sobre la cuenta puente fueron la clave. Es un trabajo... impecable.

Se acerca a mí, invadiendo mi espacio personal.

Me roza el brazo con una lentitud deliberada, analizando mi reacción como si fuera una variable más en su ecuación perfecta.

Me burlo de mí misma internamente: *¿En serio estás disfrutando que un hombre te audite como si fueras un activo financiero?

¡Reacciona, Camila!* Pero, en lugar de alejarme, me quedo quieta, sintiendo cómo su calidez se filtra a través de la tela de mi camisa.

El ambiente cambia cuando Nico entra en la sala. Es el único que parece traer aire fresco, aunque sus ojos reflejan una urgencia sombría.

—Los Varese, o Vitti, como prefieran llamarlos esos bastardos, no van a sentarse a esperar el golpe —advierte Nico, rompiendo la jerarquía—. ¿Qué vamos a hacer cuando contraataquen? La seguridad de la mansión está al límite.

—No te preocupes por el 'cuando', preocúpate por seguir las órdenes —responde Dante, sin parpadear.

Dante se acerca a mí, ignorando a su hermano menor. Su mano busca la mía, no para consolarme, sino para reafirmar su posesión, apretándola con la suficiente fuerza para recordarme quién es el dueño del territorio donde respiro.

—No te moverás de mi lado durante el ataque —me dice, directo a los labios—. Ni un paso fuera de la zona segura.

Me quedo en silencio. La brutalidad de su tono me golpea, pero ya no me asusta como el primer día. Los he visto trabajar. Los Varese, con su violencia desmedida y sus incursiones constantes, son un cáncer que los Rossetti están a punto de extirpar, y yo soy, de alguna manera, el bisturí.

De repente, Luca irrumpe en la estancia.

Su presencia llena el aire de un olor a pino y metal, el olor a tormenta que siempre lo acompaña.

Su mandíbula está tan apretada que parece que va a fracturarse los huesos de la cara, y sus puños están cerrados a los costados, albergando una violencia contenida que busca una salida desesperada.

—Los hombres están posicionados —gruñe, sin mirarme a los ojos, pero situándose como un escudo entre Dante y yo.

La rivalidad entre ellos es un campo minado.

Dante quiere controlarme, Matteo quiere entender mi lógica, Nico quiere mi libertad y Luca…

Luca simplemente quiere que sea suya, sin que nadie más pueda rozarme.

Es una coreografía de depredadores y yo, absurdamente, estoy en el centro, analizando sus tics como si fuera a escribir una tesis sobre la patología de la mafia.

—Matteo, ¿estamos listos? —pregunta Dante.

—El asalto a la propiedad de los Varese en el distrito norte comienza en tres minutos —responde Matteo, sin apartar la mirada de mis ojos—. Destruiremos su base operativa antes de que sepan qué les ha golpeado.

La brutalidad de sus palabras me golpea.

No están hablando de una auditoría, sino de fuego.

Luca da un paso hacia adelante, acercándose a mí.

Por un segundo, el aire entre nosotros se vuelve irrespirable.

No dice nada, pero su mano sube hasta mi cuello, su pulgar rozando la piel justo debajo de mi mandíbula.

Es un gesto tosco, casi violento en su intensidad, una forma de marcar territorio.

Me regaño internamente por la forma en que mi cuerpo reacciona a su cercanía, pero no me retiro.

—Se acerca algo grande, Camila —susurra Luca, su voz tan baja que apenas la escucho—. Mucho más grande de lo que esperas.

Un sonido seco, un estallido lejano, retumba fuera de la mansión. Los cuatro hermanos se tensan al unísono, sus ojos cambiando. Ya no son los hombres que me miraban con deseo o curiosidad; son los Reyes de Sangre, listos para reclamar lo que consideran suyo.