Capítulo 24 La calma antes
El silencio en la mansión Rossetti no es nunca vacío.
Tiene peso, como si las paredes de hormigón y cristal estuvieran reteniendo el aire a presión, esperando el momento de estallar.
Camino descalza por el pasillo del ala este, mis pasos amortiguados por la alfombra.
El insomnio es un viejo conocido; no me abandona desde que mi padre decidió que mi vida era moneda de cambio.
¿Por qué sigo caminando por esta jaula de oro en lugar de intentar dormir? Probablemente porque mi cerebro, acostumbrado a cuadrar balances de sumas imposibles, se niega a cerrar el programa.
Encuentro a Dante en su despacho. La luz de una sola lámpara de mesa recorta su perfil contra el ventanal oscuro. No se gira al oírme entrar, pero sus dedos, largos y precisos, se detienen sobre el sello de su anillo.
—Mañana es el día, Camila —dice sin mirarme. Su tono es plano, una orden comunicada como una verdad absoluta—. No saldrás de mi vista.
—¿Es una petición o una sentencia? —pregunto, apoyándome en el marco de la puerta.
Dante me observa ahora, sus ojos oscuros analizando cada fibra de mi reacción.
No responde. No tiene por qué. Me hace una seña hacia la silla frente a su escritorio.
Me acerco, consciente de que esta proximidad es peligrosa.
Se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio, y su aroma a sándalo y tabaco me rodea.
Sus manos se cierran sobre la mesa, un gesto de control absoluto.
—Es una garantía. Mi garantía.
Salgo de allí antes de que su intensidad me queme. No es posesión, es algo más denso, una gravedad que me atrae aunque quiera huir.
En el salón de música, Matteo está sentado al piano. No toca, solo observa las teclas. Sus gafas descansan sobre la partitura, y sus dedos largos trazan líneas invisibles en el aire.
—La probabilidad de que sobrevivamos al ataque de los Varese, contando con tus ajustes en la cuenta puente, ha subido un cuatro por ciento —dice, sin levantarse—. Un margen estadísticamente irrelevante, pero humanamente necesario para que sigas durmiendo.
Me acerco y él me tiende la mano. Sus dedos rozan mi muñeca, un contacto clínico pero que me provoca un escalofrío.
—Auditas hasta mi paz mental, Matteo. Es frustrante.
—El afecto no es una variable aleatoria, Camila. Es una constante que he empezado a incluir en mis cálculos.
Se pone en pie, situándose a milímetros de mi cuerpo. Me observa, escaneando mi expresión como si fuera un activo de alto riesgo. Su falta de tacto emocional es, irónicamente, lo único que me hace sentir cuerda.
En el gimnasio, el aire huele a sudor y a metal. Luca está golpeando el saco de boxeo. Cada impacto suena como un disparo en la penumbra. Sus nudillos están rojos, la piel desgarrada. Cuando me ve en la puerta, se detiene en seco. Su mandíbula está tan apretada que parece que va a romperse.
Me acerco. No hay palabras entre nosotros.
Él baja la mirada un segundo a mis labios, luego a mis manos, apretadas contra mis costados.
Sus puños se cierran, tan fuertes que los tendones de sus antebrazos se marcan bajo la piel.
El silencio es eléctrico, cargado de una violencia que, por primera vez, no va dirigida hacia afuera, sino contenida bajo una piel que parece a punto de estallar.
Levanta la mano, rozando mi mejilla con el dorso de sus dedos, una caricia que es pura fricción.
Se aparta bruscamente, regresando al saco, castigándose por no ser capaz de decirme nada.
¿Qué demonios estoy haciendo aquí, paseándome entre cuatro hombres que actúan como si el mundo fuera a acabarse mañana? Me regaño mentalmente. *Céntrate, Camila. No son tus salvadores, son tus captores*. Pero esa voz pierde fuerza con cada roce.
Nico está en la terraza, con una copa de whisky en la mano, mirando hacia las luces de la ciudad. Se gira cuando me oye. Su expresión es la más suave, la única que aún no está totalmente endurecida por el código de la familia.
—¿No puedes dormir? —pregunta, tendiéndome la copa.
—Demasiado ruido en mi cabeza.
Se apoya contra la barandilla, dejándome espacio. Su presencia es un alivio, pero también una complicación más.
—Dante tiene un plan, Matteo está calculando las pérdidas, y Luca está listo para desmembrar a quien se acerque —dice Nico, su voz cargada de esa ironía que compartimos—. Todos están intentando salvarte, Camila. Pero nadie pregunta qué quieres tú.
Me giro hacia él, sintiendo el peso de los otros tres en las habitaciones contiguas. Los necesito. La cruda realidad es que mi vida fuera de este círculo de protección es una cuenta a cero.
—¿Y tú qué quieres, Nico? —le devuelvo la pregunta.
Él sonríe con tristeza.
—Quiero salir de aquí. Pero no sin ti.
Se acerca y me toma de los hombros, un contacto firme pero nada posesivo. Es la primera vez que alguien me toca sin intentar reclamar nada.
—Dime una cosa —continúa él, bajando la voz—. ¿Por qué no puedes simplemente quedarte con todos? Ninguno de nosotros te va a dejar marchar. Ni aunque quisiéramos.
Me quedo helada. La pregunta cuelga en el aire helado de la noche, una verdad tan inoportuna que me deja sin aliento.