Capítulo 23 Tensión en el aire
El aire en la mansión se siente distinto.
Ya no es solo el frío del invierno filtrándose por las ventanas de cristal negro; es una pesadez estática, como si alguien hubiera desconectado la corriente de la vida normal para dejar los circuitos en un estado de alerta perpetua.
Camino por el pasillo principal, mis pasos resonando en el mármol con una intención que no termino de reconocer.
¿Por qué narices camino como si fuera a desfilar hacia mi ejecución? Si me he pasado los últimos días desmantelando los activos de los Vitti, puedo sobrevivir a un silencio incómodo en el pasillo.
Me encuentro con Nico cerca de la biblioteca.
Se apoya contra el marco de la puerta, jugueteando con una moneda de plata que hace rodar por sus nudillos con una destreza nerviosa.
Su tic es constante hoy: esas preguntas éticas disfrazadas de bromas que siempre consiguen que los otros tres se tensen.
—¿Crees que el café nos salvará cuando entren? —pregunta sin mirarme, la voz baja—. Porque el nivel de cafeína en esta casa es inversamente proporcional a la estabilidad mental de Dante ahora mismo.
—El café es la única constante en este caos, Nico. No lo menosprecies —respondo, intentando mantener el tono ligero.
Él suelta una risa corta, sin alegría. Se acerca un poco más, lo suficiente para que pueda oler ese rastro de tabaco y madera que siempre le acompaña. No dice nada más, pero su mirada se desvía hacia el final del pasillo, donde la sombra de Matteo aparece.
***
Matteo está revisando una tablet con la misma intensidad con la que otros leen una sentencia de muerte. Sus dedos largos, los dedos de pianista que a veces imagino moviéndose sobre una partitura más que sobre hojas de cálculo, se detienen un segundo al verme.
—El flujo de datos desde la cuenta puente en Suiza ha cesado, Camila —dice, acercándose.
Su voz es seca, profesional, pero su mano se detiene brevemente en mi hombro antes de soltarme.
Es su forma de auditar mi presencia—. Eso significa que han activado el protocolo de emergencia. Han detectado que estamos dentro.
—¿Qué probabilidad de éxito tenemos ahora? —pregunto.
Matteo entorna los ojos, ajustándose las gafas con un gesto preciso.
—Si no hay imprevistos, un 72%. Si Dante pierde la paciencia y decide entrar a matar antes de que aseguremos los activos, las probabilidades caen a un 14%.
Se muerde el labio inferior, un tic de cálculo puro. Me está dando el dato para que yo lo gestione, para que yo sea el factor que mantenga ese 72% vivo. Me gusta esa frialdad. Es mucho mejor que la condescendencia.
***
Luca cruza el vestíbulo principal como una tormenta contenida.
Su mandíbula está tan tensa que casi puedo escuchar el rechinar de sus dientes.
Ni siquiera me saluda con palabras; simplemente se coloca a mi lado, un muro de hombros anchos y presencia física que, curiosamente, parece reducir el ruido de fondo de mis propios pensamientos.
Pasa sus dedos por el borde de mi manga, un roce breve, casi imperceptible, pero cargado de una posesividad que no necesita declaraciones.
Aprieta el puño a su costado mientras observa a los guardias de la entrada.
Cada uno de sus movimientos grita violencia, pero la mantiene bajo llave, solo para mí.
—Dante está en el despacho —dice, su voz suena como grava. Es su única frase. No necesita añadir que nadie más debe acercarse allí.
Lo miro de reojo. Es ridículo lo que siento al ver cómo sus nudillos se ponen blancos: una mezcla de seguridad y pánico absoluto. Me regaño internamente. *Camila, contrólate. No es un guardaespaldas, es un hombre de la mafia*. Y aun así, me inclino un centímetro hacia él.
***
Entro en el despacho. Dante está allí, observando la ciudad a través del cristal.
No se gira al oírme entrar. El anillo de sello en su dedo medio capta un destello de la escasa luz invernal.
Es el centro de todo, el hombre que decide mi destino con un movimiento de cabeza, y que hoy me hace sentir que el mundo se está estrechando hasta quedar reducido a esta habitación.
—Has estado cerca de ellos —dice él, sin mirarme—. Matteo te quiere en la redacción, Luca te quiere en su campo de visión, y Nico... bueno, Nico simplemente quiere que huyas.
Se gira por fin. Sus ojos son dos láminas de acero. No me pregunta cómo estoy, no me pregunta si tengo miedo. Él ya sabe la respuesta porque la ha decidido por mí.
—La hora cero se acerca, Camila. Los Vitti ya no son una amenaza financiera, son una intrusión física.
Se acerca a mí, invadiendo mi espacio personal con esa calma absoluta que siempre precede a un desastre. Su mano sube, firme, y me sujeta la barbilla con precisión. No es un gesto tierno; es una forma de asegurarse de que no voy a desviar la mirada de la suya.
—Prepárate —susurra, el aire de su voz rozando mis labios—. Esto va a ser el fin de todo lo que crees que conoces.
El silencio que sigue es tan absoluto que el sonido de mi propia respiración me parece una intrusión ofensiva.