Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 22 Estrategia de defensa
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Capítulo 22 Estrategia de defensa

La luz gris del invierno se filtra por los ventanales del despacho, proyectando sombras alargadas sobre la mesa de cristal negro.

Estoy sentada en el centro de lo que parece un consejo de guerra, aunque mi única arma aquí sea una tableta con balances financieros y un sarcasmo que me esfuerzo por contener.

Dante encabeza la mesa, con los dedos entrelazados.

Su tic es un recordatorio constante: hoy no va a preguntar opiniones, va a dictar sentencias.

A su lado, Matteo limpia sus gafas con una parsimonia que me pone los nervios de punta; los números son su lenguaje, y ahora mismo, las cifras que muestra en la pantalla grande no son nada halagüeñas.

—El flujo de salida hacia las cuentas puente en Suiza coincide con los intentos de incursión de los Vitti —dice Matteo, señalando una gráfica—. Es una estructura clásica de drenaje. Auditable, pero requiere una distracción constante.

Luca, apoyado contra la pared, aprieta la mandíbula con tanta fuerza que casi puedo oír el crujido de sus dientes.

Sus manos están cerradas en puños, enterradas en los bolsillos de su pantalón.

Cada vez que Matteo menciona un movimiento de los Vitti, Luca desplaza el peso de un pie a otro, una violencia contenida que parece esperar el momento de desatarse.

—La distracción somos nosotros —Nico suelta la pregunta, rompiendo la tensión mecánica—. Si están drenando el dinero mientras nos obligan a reforzar la seguridad interior, ¿qué nos dice esto sobre su objetivo real? ¿Quieren el imperio o solo quieren dejarnos secos para entrar cuando caigamos?

Dante se gira hacia mí. Su mirada es un peso muerto.

—Camila. Has estado analizando sus movimientos estos últimos tres días. ¿Qué ves?

Me aclaro la garganta. ¿Por qué demonios me siento como si estuviera defendiendo una tesis doctoral ante el tribunal más peligroso del país? *Cálmate, Camila. Solo son cuatro hombres con trajes caros y complejos de superioridad*.

—No quieren el imperio ahora mismo —digo, levantándome para acercarme a la pantalla.

Señalo un pico en la línea de gastos—. Esto no es una sustracción aleatoria.

Es una réplica del patrón que mi padre usó para ocultar los primeros errores contables.

Si siguen este modelo, están preparando una deuda artificial sobre vuestras propiedades principales.

Están intentando que la organización colapse desde sus cimientos legales, no desde la calle.

El silencio que sigue es sepulcral. Matteo ajusta sus gafas, revisando mis datos con los suyos. Sus dedos largos se mueven por el teclado como si estuviera tocando una sonata.

—Tiene razón —murmura Matteo—. Si los activos se desplazan a ese ritmo, las auditorías automáticas marcarán una insolvencia en menos de setenta y dos horas.

Dante no se mueve, pero su presencia parece llenar toda la habitación, volviéndola más pequeña, más asfixiante.

—Eso significa que el ataque físico que intentaron ayer solo fue humo —dice Nico, su voz un poco más aguda de lo habitual—. Nos obligaron a mirar a las puertas mientras nos robaban los cimientos.

Luca se separa de la pared, acercándose a la mesa. Se detiene justo detrás de mi silla. Siento su calor, ese rastro de pino y metal, y la forma en que se coloca protectoramente entre mí y el borde de la mesa, como si pudiera evitar que yo también fuera arrastrada por el colapso financiero.

—Si sabemos cómo lo hacen, podemos cortarlo —dice Luca. No me mira a los ojos, pero su voz es un gruñido ronco—. ¿Qué necesitas?

Miro a Dante. Él me observa, esperando mi siguiente movimiento. He pasado de ser una deuda a ser el cerebro que mantiene este lugar en pie. El ego me susurra que he ganado, pero el miedo me recuerda que, cuanto más útil sea, más difícil será salir de aquí.

—Necesito acceso total a la cuenta puente en Suiza —respondo, clavándole la mirada—.

Si entro ahora, puedo inyectar un error en su secuencia de lavado.

Si los obligamos a cerrar la cuenta antes de que terminen la transferencia, el dinero quedará bloqueado y los Vitti perderán el acceso a sus propios fondos.

Dante esboza una sonrisa gélida.

—Adelante. Vamos a quemarlos.

Siento un escalofrío que no es de frío. La estrategia está clara. La guerra acaba de cambiar de terreno, y por primera vez, estoy manejando las armas.