Capítulo 21 Preguntas incómodas
El aire del jardín invernal corta como una cuchilla, pero es el único lugar donde mis pulmones no se sienten oprimidos por el cristal negro y el acero del despacho.
Nico camina a mi lado, sus pasos pesados sobre la grava helada.
No me vigila con la intensidad castradora de Dante, ni con la posesividad muda de Luca.
Me vigila como alguien que espera que yo le diga que es hora de correr.
—¿Alguna vez te has preguntado qué hay más allá de este muro? —pregunta, rompiendo el silencio. Su voz suena vacía, despojada de la seguridad que siempre intenta proyectar en presencia de sus hermanos.
Me ajusto el abrigo de lana, sintiendo el peso del metal en mi bolsillo. Un móvil que solo sirve para que él y yo sepamos que no estamos locos.
—¿Fuera del imperio, quieres decir? —respondo, con un deje de ironía que me sale demasiado natural—. Nico, mi concepto de "fuera" ahora mismo es una cafetería donde nadie lleve una pistola al cinto y donde los contables no auditen mi respiración.
Él suelta una carcajada amarga y se detiene bajo el viejo roble, el único árbol que parece desafiar la crueldad del invierno.
—Sería un sueño, ¿verdad? —Nico mete las manos en los bolsillos de su chaqueta de marca—. A veces, cuando estoy en mi habitación, intento calcular cuánto tardaría en desaparecer si tomara el coche de Dante ahora mismo. Sin avisar a nadie.
Lo miro. Sus ojos no buscan mi aprobación, buscan un cómplice. ¿Por qué, Cami? ¿Por qué te metes en esto? Si el corazón me late así de fuerte no es por el frío. Es porque, por primera vez, alguien dentro de esta jaula dorada está admitiendo que la puerta puede abrirse.
—¿Y por qué no lo has hecho? —pregunto, bajando la voz. El viento silba entre las ramas desnudas.
—Porque no tengo a dónde ir sin que ellos me encuentren —confiesa, dando un paso hacia mí—. Pero he estado ahorrando. No del dinero de la familia, claro. Pequeños desvíos, cuentas inactivas que nadie vigila. Tengo lo suficiente para una vida nueva. Para los dos.
Me quedo helada. No por la temperatura, sino por la magnitud de lo que acaba de soltar. Nico, el pequeño, el que siempre hace las preguntas que nadie quiere escuchar, ha estado construyendo su propia salida.
—¿Me estás ofreciendo un billete de ida, Nico? —mi sarcasmo habitual flaquea. La idea de una vida sin los Rossetti es un caramelo envenenado que me quema las manos.
Él asiente, y por un momento, la fragilidad de su rostro desaparece, reemplazada por una determinación que no le conocía.
—No quiero ser un Rossetti toda la vida, Cami. No quiero ser el próximo que tenga que elegir entre el poder y la sangre. Tú eres la primera persona en este lugar que me mira y no ve una pieza de ajedrez.
Me encojo de hombros, intentando recuperar mi máscara de frialdad contable. Si me emociono, pierdo. Y si pierdo, estoy muerta.
—Es un plan arriesgado. Si Dante se entera, no solo nos cortará las alas, nos enterrará en el jardín —digo, observando una ventana del segundo piso.
La silueta de Matteo se recorta contra la luz.
¿Está observándonos? Probablemente. Mi vida es un episodio constante de *Gran Hermano*, pero con más riesgo de ejecución.
Nico se acerca más, su voz es casi un susurro.
—Por eso necesitamos que sea perfecto. No podemos permitirnos un error de cálculo, ¿verdad, contable?
El humor vuelve a mí, afilado y necesario.
—¿Me estás pidiendo que audite nuestra fuga? Qué poco romántico —comento, soltando una risita nerviosa.
Él sonríe, una sonrisa genuina que le quita años de encima.
—Si salimos de esto, nos vamos lejos, Cami. Lejos de las deudas, del fraude y de mis hermanos.
Me quedo mirando el horizonte, más allá de los muros. Por primera vez en semanas, el futuro no se siente como una sentencia, sino como un problema de gestión que todavía puedo resolver.
—Si eso ocurre —digo, sintiendo una chispa de esperanza que me aterra—, espero que al menos sepas preparar un café decente.
Nico ríe, y esta vez, el silencio que nos rodea ya no se siente como una cárcel, sino como un territorio conquistado.
Aunque, en el fondo, una voz oscura me susurra que los Reyes de Sangre no dejan ir lo que consideran suyo.
Pronto comprendería que los planes de huida son solo otra forma de alimentar el hambre de quienes nos vigilan desde las sombras.