Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 20 Celos de acero
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Capítulo 20 Celos de acero

El aire en el salón principal se siente cargado, denso, como si alguien hubiera decidido que respirar fuera un privilegio y no un derecho.

Estoy sentada en el sofá de cuero negro, con una libreta abierta sobre el regazo, pero mis dedos no escriben nada.

Mis ojos están fijos en la escena que ocurre a unos metros de distancia.

Nico me está enseñando una aplicación de mensajería cifrada en su teléfono.

Se ríe de algo que le he dicho sobre lo absurdamente complejo que es su sistema de seguridad para algo tan simple como pedir una pizza.

Es una risa ligera, la primera que escucho en esta mansión en días, y por un momento, la tensión del "estado de guerra" se disuelve.

—¿Te das cuenta de que esto es como intentar descifrar la Enigma para pedir pepperoni? —le digo, señalando la pantalla.

Él suelta otra carcajada y se inclina hacia mí, señalando un comando. Mi cabeza dice: *Camila, ten cuidado, no te relajes tanto*. Pero mi cuerpo ignora la advertencia.

Entonces lo veo.

Luca está de pie junto a la chimenea apagada.

No se ha movido en los últimos diez minutos.

Su mandíbula está tan apretada que los músculos de sus sienes palpitan rítmicamente.

Sus manos están cerradas en puños tan cerrados que los nudillos han perdido todo el color, volviéndose blancos como el mármol.

No está mirando la guerra ni los informes de Matteo.

Está mirándome a mí y a Nico, y la intensidad de su mirada es física, casi un golpe en el estómago.

Nico se da cuenta de que el ambiente ha cambiado. Su sonrisa se desvanece lentamente, pero no se aleja.

—Luca, relájate —suelta Nico, con esa manía suya de decir lo que todos los demás piensan pero callan.

Luca no responde. Simplemente gira sobre sus talones y sale de la habitación con paso pesado. Cada paso suena como un trueno contra el suelo de mármol.

Me quedo con las ganas de decir algo gracioso para romper el hielo, pero mi humor se ha ido. ¿Por qué carajo he permitido que esta dinámica se convierta en mi nueva realidad? ¿Un grupo de hermanos mafiosos compitiendo por quién custodia mejor mi libertad? Soy contable, no un trofeo de guerra.

Me levanto, ignorando la mirada de advertencia de Nico, y sigo a Luca. Lo encuentro en el pasillo, mirando hacia la nada, con los hombros tensos y las manos todavía hechas un manojo de furia contenida.

—¿Qué te pasa? —le pregunto, deteniéndome a un par de metros.

Él no se vuelve. Sus hombros se tensan aún más.

—Luca, no voy a quedarme callada. Estás actuando como si el simple hecho de que Nico pueda hacerme reír fuera una traición personal.

Se gira entonces. Sus ojos, oscuros y tormentosos, se clavan en los míos.

Se acerca un paso, invadiendo mi espacio, y puedo oler el pino y ese toque metálico que siempre le acompaña.

Su mano izquierda sube, como si fuera a tocarme la mejilla, pero se detiene en el aire y baja de golpe, volviendo a cerrarse en un puño a su lado.

—No es traición —su voz es un gruñido bajo, apenas un susurro—. Es territorio.

—No soy una parcela de tierra, Luca. No soy una propiedad que puedas delimitar con vallas.

Él aprieta la mandíbula hasta que el sonido de sus dientes chocando es casi audible.

Se inclina más hacia mí, tanto que mis pulmones se olvidan de cómo funcionar.

No dice nada. No hay un "te quiero" romántico, ni una disculpa, ni una explicación psicológica de por qué se siente así.

Solo hay una intensidad abrumadora, una necesidad de control que le quema por dentro.

—No es eso lo que quieres decir, pero es como actúas —insisto, aunque mi pulso se ha acelerado y la frialdad que suelo usar como escudo se siente inútil—. Habla conmigo. Usa las palabras, no el silencio de cemento.

Él me mira la boca por un segundo, un gesto fugaz, casi imperceptible, y luego sus ojos vuelven a mis pupilas.

Por un instante, veo una vulnerabilidad salvaje, algo que no encaja con el ejecutor violento que todo el mundo teme.

Pero, como era de esperar, vuelve a cerrarse.

Su máscara de hierro se asienta de nuevo.

—Vuelve con ellos, Camila —dice, con la voz plana, carente de cualquier emoción, aunque sus nudillos siguen blancos—. Mi deber es protegerte. Eso es todo.

Se da la vuelta antes de que pueda responder. Le veo alejarse, su silueta recortada contra la penumbra del pasillo, y me pregunto si alguna vez dejará de ser una bomba de relojería andante.

Me quedo allí un momento, suspirando. ¿Por qué siempre acabo rodeada de hombres que parecen haber olvidado cómo mantener una conversación civilizada? Me paso la mano por el pelo, intentando recuperar la compostura. Nico tiene razón en una cosa: esto es una jaula de oro.

Me doy la vuelta para volver al salón, con la sensación de que, aunque Luca se haya ido, sus ojos siguen clavados en mi espalda. Pronto comprendería que aquel silencio no era ausencia de sentimiento, sino el estallido que precedería a algo mucho más oscuro.

Él se detiene al final del pasillo, se gira un segundo, me mira y susurra para sí mismo, aunque sé que quiere que lo escuche:

—Solo mía. Aunque no lo diga.