Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 19 Reglas de compromiso
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Capítulo 19 Reglas de compromiso

El despacho de Dante huele a cuero viejo, café amargo y a esa clase de masculinidad que parece estar esperando a que te equivoques para saltar sobre ti.

Estoy sentada en la silla de cuero, la misma donde me obligaron a sentarme el primer día.

Las grietas del techo no han cambiado, pero mi forma de ver este espacio sí.

Ya no es una celda; ahora es el centro neurálgico desde donde se orquestará mi vida. O eso creen ellos.

Dante está de pie junto al ventanal, observando la ciudad bajo la luz gris de la tarde. No se mueve. Esa es su especialidad: la calma absoluta antes de que el edificio explote.

—Te han estado observando, Camila —suelta sin girarse. Su voz es una lámina de acero—. Desde el perímetro exterior. Los Vitti ya no se esconden.

—Lo sé. He visto los coches aparcados en la esquina desde mi habitación.

Dante se gira por fin. Sus ojos recorren mi rostro con una intensidad que casi duele.

Da un paso hacia mí y, por un segundo, me olvido de cómo respirar.

¿Por qué tengo que ser tan idiota de sentir esto cuando él es básicamente el carcelero jefe?

*Céntrate, Camila. No dejes que sus ojos te ablanden. *

—Desde este momento, no sales de esta ala de la casa sin uno de nosotros —dice, clavando sus ojos en los míos.

Su tono es un hecho consumado. Nada de discusiones, nada de peticiones.

Una instrucción—. Si alguien se acerca, si alguien respira cerca de ti, no quiero que intentes ser la heroína. Te apartas. Te proteges.

—¿Incluso si el "héroe" eres tú? —pregunto, levantando una ceja.

Se acerca hasta quedar a centímetros de mi silla. Apoya las manos en los reposabrazos, acorralándome. Su aroma, una mezcla de tabaco y algo cítrico, me inunda.

—Especialmente si soy yo. Si hay fuego, no quiero tener que preocuparme por si te quemas. Quiero saber que estás a salvo tras una pared de acero.

—No soy una pieza de porcelana, Dante.

—Eres el activo más valioso que tenemos ahora mismo, y no hablo solo de la auditoría.

No dice más, pero la forma en que su mirada baja un segundo hacia mis labios antes de volver a mis ojos lo dice todo.

La tensión entre nosotros se espesa tanto que casi puedo palparla.

Es un juego de poder, y ambos sabemos que ninguno está dispuesto a ceder.

Dante no me toca, pero su presencia es una marca invisible sobre mi piel.

—¿Y qué pasa si me niego a quedarme atrás? —pregunto, forzando mi voz a sonar estable.

—No hay "si" —responde secamente.

***

Matteo entra en el despacho sin llamar. Sus gafas de montura fina brillan bajo la luz de la lámpara. Me lanza una mirada rápida, un reconocimiento silencioso de nuestra alianza, y luego se dirige a Dante con un informe en la mano.

—Los movimientos en las cuentas de los Vitti han aumentado un 14% en la última hora —dice, omitiendo cualquier saludo—. Si fuera una empresa legítima, diría que se preparan para una OPA hostil. Como son mafiosos, diría que van a intentar entrar antes de la medianoche.

Dante ni siquiera parpadea.

—¿Probabilidades de éxito? —pregunta Dante.

—Con la seguridad actual, 32%. Si Camila y yo ajustamos los nodos de acceso, podemos bajarlo al 8% —Matteo ajusta sus gafas y me mira—. ¿Contamos con tu capacidad de análisis?

—Siempre —respondo, intentando que mi voz no tiemble.

Matteo asiente, satisfecho con la respuesta numérica. Es su forma de decir que me respeta. No me dice "qué bien lo haces", me dice "tus datos son precisos". A veces, me pregunto si sabe hacer otra cosa que no sea auditar sentimientos.

***

Nico aparece poco después, con el aspecto desaliñado de quien acaba de terminar una carrera contra el tiempo. Se queda en el umbral, con las manos en los bolsillos.

—Han bloqueado el acceso a la zona sur del recinto —informa, mirando a Dante con una mezcla de desafío y cansancio—. Luca está allí, pero está perdiendo la paciencia. Ya ha roto dos ventanas.

*Luca y su ira contenida,* pienso. *Si no fuera tan destructivo, casi sería entrañable.*

—Dile que se calme —ordena Dante sin mirarlo—. Y que no deje que nadie pase del límite del jardín.

—¿Y si preguntan por qué estamos tan nerviosos? —insiste Nico, dando un paso adelante—. ¿Le decimos a la ciudad que la gran familia Rossetti está temblando por una chica?

Nico lanza la pregunta ética con esa ligereza que caracteriza su rebeldía. Dante se tensa, sus hombros se ponen rígidos. Es la grieta en el muro de su control.

—Diles que estamos protegiendo nuestra inversión —responde Dante, mirando de reojo hacia donde estoy sentada.

***

Cuando vuelvo a quedarme a solas con Dante, el silencio es casi insoportable. Él se acerca de nuevo, esta vez con una lentitud deliberada. Su mano se eleva, rozando mi mejilla con la yema de sus dedos, apenas un contacto eléctrico.

—No voy a permitir que nadie te toque, Camila. Ni un Vitti, ni nadie que no sea yo —su voz es un susurro áspero.

Me aparto un poco, intentando mantener la compostura.

—Tienes una forma muy rara de demostrar afecto, Dante.

Él sonríe, pero es una sonrisa que no llega a sus ojos. Es la sonrisa de alguien que sabe que tiene todas las cartas de la partida.

—Mi anillo de sello tiene tu nombre grabado —dice, acercándose tanto que siento su calor—. Metafóricamente. Aunque, si las cosas se ponen feas, no descartes que sea una realidad.

Me quedo helada. No sé si es una promesa o una amenaza, pero, por primera vez, no siento miedo. Siento una extraña mezcla de desafío y esa seguridad oscura que solo alguien como él puede ofrecer en medio de una guerra.