Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 18 La auditora
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Capítulo 18 La auditora

El despacho Rossetti huele a café fuerte, cuero viejo y a la electricidad estática de demasiada testosterona contenida en un espacio demasiado pequeño.

Sobre la mesa de cristal negro, el despliegue de hojas de cálculo y flujos de efectivo parece un campo de batalla.

Llevo horas analizando las transferencias de los Vitti; sus movimientos son erráticos, pero el patrón de sangrado financiero es tan preciso que duele.

—Si ajustas el margen de beneficio en esta cuenta offshore, verás que el capital no se evapora, se transfiere —digo, señalando una celda en la pantalla con el extremo de mi bolígrafo.

Matteo está a mi lado. Demasiado cerca. Puedo sentir el calor de su cuerpo bloqueando la luz de la lámpara de escritorio.

No ha dicho nada en diez minutos, solo observa el cursor que se mueve siguiendo mis instrucciones.

Mis dedos están helados, un contraste absurdo con la atmósfera sofocante de la habitación.

Por puro nerviosismo, llevo el extremo del bolígrafo a mis labios y lo muerdo suavemente.

—Estás alterando la estructura del flujo, Camila —murmura Matteo. Su voz es un bajo seco—. Es una auditoría, no una improvisación.

—Es una detección de fraude, Matteo. Si quieres jugar a los contables, podemos pedir un ábaco. Si quieres encontrar a los Vitti, deja que haga mi trabajo.

Él suelta una risita breve, desprovista de cualquier calidez.

Sus ojos, ocultos tras los cristales finos de sus gafas, se clavan en mi boca.

Se inclina un poco más, y su mano, que hasta hace un segundo descansaba sobre el respaldo de mi silla, se desliza con una lentitud calculada.

Siento la presión de sus dedos rozando mi hombro.

El contacto es breve, seco, una advertencia eléctrica.

—Tu rendimiento cognitivo es... distrayente —dice él, sin quitar la vista de mi cara.

¿Perdón? ¿Qué clase de cumplido es ese? ¿Estamos en una auditoría forense o en un examen de eficiencia laboral? Me obligo a tragar saliva, ignorando cómo mi corazón decide acelerarse por pura mala leche, o quizás por algo más que prefiero no nombrar ahora mismo.

—¿Me estás auditando el cerebro, Matteo?

—replico, volviendo a girarme hacia la pantalla para evitar que vea el rastro de duda en mis ojos—.

Concéntrate. Los Vitti están moviendo sus activos a través de sociedades pantalla en las Islas Caimán.

Si no cerramos esto ahora, mañana habrán borrado sus huellas.

Matteo exhala un suspiro que le mueve el pelo de la frente.

Lo veo de reojo: sus mandíbulas se tensan, una batalla interna entre su necesidad de orden y algo mucho más volátil que bulle bajo su fachada de analista.

Él es el hombre de las cifras, pero ahora mismo, el número que más le interesa no está en la pantalla.

—Han activado una cuenta puente en Suiza hace una hora —añade, volviendo a su modo gélido—. Si atacamos aquí, se verán obligados a reaccionar. Y cuando reaccionen, Dante se encargará del resto.

Me río entre dientes, un sonido amargo. ¿Por qué demonios sigo pensando que tengo control sobre esto?

Soy la contable, la que sabe dónde está el dinero, la que ha desenterrado la basura que casi destruye a estos cuatro hombres.

Y aquí estoy, atrapada en su despacho, dejando que uno de ellos me toque el hombro como si fuera parte del mobiliario de lujo.

*Deja de pensar, Camila. Enfócate en los números.

Los números no tienen ojos depredadores. *

—¿Crees que Dante nos dejará salir si terminamos esto hoy? —pregunto, sintiéndome estúpida por formular la pregunta en voz alta.

Matteo se acerca más, tanto que el olor a madera de sándalo de su loción me inunda. Su mano presiona un poco más fuerte contra mi hombro, un agarre que deja claro quién tiene el mando aquí.

—Dante tiene sus propios planes para ti, Camila. Yo solo audito los resultados.

Su cinismo es tan marcado que casi se vuelve cómico. Es su defensa, igual que mi sarcasmo lo es para mí. Pero, por un segundo, la frialdad de Matteo se rompe. Sus ojos buscan los míos con una intensidad que nada tiene que ver con los libros contables. No es un análisis, es una certeza.

—¿Te asusta que pueda ser más que una auditora para este imperio? —pregunto, bajando la guardia por un segundo.

Él no responde de inmediato. Sus dedos, largos y hábiles, se deslizan un centímetro más abajo, hacia mi clavícula, y luego se detienen. No es un gesto de ternura, es una marca de propiedad tan clara como si hubiera usado el sello familiar.

—Me asusta la precisión con la que te adaptas a este juego —responde él con una voz ronca que me obliga a dejar el bolígrafo sobre la mesa—. Eso es un riesgo mayor que los Vitti.

Me quedo helada. Él tiene razón, por supuesto.

Lo sé. Pero mientras sus ojos recorren mi rostro, la única respuesta que encuentro es el silencio cargado de una tensión que se vuelve insoportable.

Los números en la pantalla empiezan a borrarse, transformándose en una sombra que ya no puedo controlar.

—Entonces, ¿seguimos con la auditoría? —pregunto, mi voz apenas un susurro.

Matteo retira la mano, y el vacío que deja es un recordatorio gélido de dónde estoy.

—Seguimos. No hay otro lugar al que quieras ir.

Tiene razón. Y ese es el problema real.