Capítulo 17 Desayuno de guerra
La mañana se arrastra por el despacho con una lentitud que me pone de los nervios.
Las persianas, bajadas hasta el límite, convierten la luz del invierno en un gris mortecino.
Llevo demasiado tiempo aquí dentro, rodeada de hombres que tratan la seguridad como si fuera una partida de ajedrez donde yo soy, alternativamente, la reina o el peón.
—Desayuno —anuncia Dante, entrando sin previo aviso, como si el espacio fuera una extensión de su propia sombra.
Tras él aparecen los otros tres. La mesa de cristal negro, que antes servía para auditar deudas, ahora sostiene una bandeja con café, fruta fresca y un silencio denso. ¿De verdad estamos desayunando mientras los Vitti intentan volarnos la cabeza? Me muerdo la lengua para no soltar una burla.
—Dante, ¿tienes pensado decirnos algo que no incluya la palabra "confinamiento"? —pregunto, levantándome de la silla. Mis piernas protestan por la falta de movimiento.
Nico suelta una carcajada breve, casi histérica, mientras deja una taza humeante frente a mí.
—Está de un humor excelente, ¿verdad? —Nico me guiña un ojo, intentando que el aire no se sienta tan pesado—. Casi parece que disfrutara de nuestras caras de amargados.
—¿Amargados? Diría que el término técnico es "psicópatas con estrés postraumático", Nico —respondo, mientras tomo mi café negro. Dos hielos. Exactamente como siempre.
Dante me clava la mirada. Sus dedos tamborilean sobre la mesa con ese ritmo seco que me advierte de que la paciencia tiene un límite. No contesta. Nunca lo hace cuando le señalo lo obvio.
Matteo, a mi lado, revisa algo en su tableta, pero su vista se desvía constantemente hacia mis manos.
—La fluctuación del pulso de Camila está en un 12% por encima de su media matutina —suelta Matteo, con la voz plana, como si estuviera leyendo un informe financiero—. Probablemente debido al cortisol elevado por el encierro. Necesita salir al jardín. Es una necesidad biológica, no una petición.
—¿Una auditoría de mi estrés, Matteo? —me río, aunque el sonido rebota en las paredes de cristal—. ¿Qué sigue, un gráfico circular sobre mi nivel de irritabilidad hacia Dante?
Luca no dice nada. Se mantiene de pie junto a la puerta, los hombros tensos hasta casi romper la americana.
Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que puedo ver el músculo vibrar.
Es su forma de estar presente, de ocupar el espacio sin que nadie pueda ignorar que está listo para matar a cualquiera que se acerque.
Sus puños están cerrados, los nudillos blancos, y cuando paso cerca de él para buscar una servilleta, no se aparta.
Solo me sigue con la mirada, un depredador que intenta convencerse de que no necesita saltar sobre la presa.
Nico se acerca y me da un empujoncito juguetón en el hombro.
—Si no fuera porque sé que nos odias un poco, Camila, diría que hasta te estás acostumbrando a nuestro encanto.
—"Encanto" es una palabra muy generosa, Nico —respondo, mientras pruebo una uva. Está fría, dulce, una anomalía en este despacho que huele a acero y a peligro—. Digamos que estoy apreciando el valor de tener guardaespaldas que no saben cómo mantener una conversación normal.
La tensión, que hace un minuto parecía una cuerda a punto de romperse, se distiende un milímetro.
Es patético, lo sé. Estoy atrapada en una jaula de oro con cuatro hombres que, si no fuera porque mi padre se arruinó, probablemente no sabrían ni que existo.
Y aquí estoy, burlándome de ellos para no gritar.
Dante se acerca a la mesa y se sirve café, ignorando mi comentario.
Su presencia es un ancla pesada. Sus ojos recorren el espacio, y por un segundo, la atmósfera cambia.
Ya no es el jefe de una organización criminal.
Es un hombre observando a una mujer que, por alguna razón que aún no logro descifrar del todo, no le tiene miedo.
—La seguridad se refuerza esta tarde —dice Dante. Es un hecho, no una sugerencia—. Nadie sale. Ni siquiera al jardín, Matteo.
Matteo suspira, pero baja la mirada hacia su tableta, aceptando la derrota sin discutir. La jerarquía de Dante es una ley natural, como la gravedad.
Nico pone los ojos en blanco, pero me dedica una sonrisa cómplice antes de dirigirse a la ventana para vigilar la calle. Luca, por su parte, da un paso hacia mí. Se sitúa tan cerca que huelo el aroma a pino y metal frío que siempre lleva pegado a la piel.
Se mueve con una lentitud calculada, una coreografía que he empezado a aprender.
Estira la mano. Por un momento, creo que va a agarrarme, pero en su lugar, se limita a dejar su mano abierta sobre la mesa, justo al lado de la mía.
No me toca, no aprieta, no me reclama. Solo mantiene su palma a milímetros de mis dedos, un recordatorio silencioso de que, a pesar de las paredes y las cámaras, él está ahí.
Pronto comprendería que ese silencio, esa quietud, era la amenaza más peligrosa de todas.