Capítulo 16 Nueva realidad
El aire en el despacho de Dante pesa como plomo.
He pasado de ser una contable endeudada a un riesgo de seguridad de primer orden, y la mirada de los cuatro Rossetti, alineados frente a la mesa de cristal negro, lo confirma.
Dante es el primero en romper el silencio, esa inmovilidad suya que siempre me ha puesto los nervios de punta.
—Los Vitti no buscan dinero —dice Dante, sin consultar a nadie. Su tono es plano, una sentencia irrevocable—. Buscan una brecha. Y Camila es la cerradura que han intentado forzar.
Me cruzo de brazos, intentando mantener la compostura mientras siento que mi espacio personal es invadido por la tensión silenciosa de los cuatro.
¿Por qué demonios sigo aquí parada como una estatua mientras debaten si soy una amenaza o un activo?
Camila, reacciona, no dejes que el pánico sea lo que te defina ahora.
—Si soy la cerradura, entonces decidid de una vez —suelto, con más seguridad de la que siento—. ¿Me vais a esconder en un sótano o vais a aceptar que sin mis datos, los Vitti os habrán destrozado antes de que termine el mes?
Matteo ajusta sus gafas, sus ojos recorriendo las pantallas con esa manía suya de auditarlo todo, incluso la intensidad del ambiente.
—La probabilidad de un ataque coordinado en las próximas setenta y dos horas es del ochenta y cuatro por ciento, basándome en los patrones de movimiento que Camila ha extraído —su voz suena como si recitara un informe de auditoría—. La información es precisa. No hay error de cálculo.
Luca, a su lado, tiene los nudillos blancos de tanto cerrar los puños.
No dice nada, pero su mandíbula está apretada hasta el punto de que los músculos del cuello le palpitan.
Me mira una vez, un segundo, y es como si me estuviera analizando para ver si todavía sigo entera.
Su silencio es una jaula, pero una en la que, por primera vez, me siento extrañamente a salvo de los Vitti.
Nico, el más joven, rompe la formación y camina hacia la ventana. Mira hacia la ciudad, esa extensión de luces frías que se ve desde el despacho.
—Esto ya no es sobre la deuda, ¿verdad? —pregunta, mirando de reojo a Dante—. Estamos en guerra. Y nosotros hemos traído la batalla a casa al retenerla aquí.
Dante ni siquiera parpadea. Toma el anillo de sello de su dedo y lo hace girar, un movimiento rítmico que parece marcar el pulso de la habitación. No se molesta en responderle a su hermano. Simplemente comunica su voluntad.
—Nadie sale. Nadie entra. Se refuerza el perímetro norte. Matteo, encárgate de la seguridad digital. Luca, tú conmigo en el perímetro. Nico, vigila los suministros.
—¿Y ella? —pregunta Nico.
Dante clava sus ojos en mí. No hay calidez, ni rastro de la posesividad que a veces roza el deseo. Es pura frialdad táctica, el depredador que evalúa a su presa para decidir si la protege o la devora.
—Ella se queda donde pueda verla. Si eres el arma de los Vitti, aunque sea de forma involuntaria, te guardaré bajo llave hasta que hayamos quemado este conflicto hasta los cimientos.
Doy un paso al frente, desafiando esa mirada de acero.
—No soy vuestra rehén, Dante. Soy la única que sabe dónde están ocultos los fondos que los Vitti necesitan para financiar esta guerra. Si me encierras bajo llave, pierdes tu ventaja.
Dante avanza. Se detiene tan cerca que puedo oler el aroma de su colonia, una mezcla de tabaco caro y algo metálico, como una hoja afilada.
Sus dedos rozan mi barbilla, no con ternura, sino con una firmeza que me obliga a mirar hacia arriba, a sus ojos oscuros que no conceden ni un milímetro de terreno.
—Si fueras una rehén, estarías en una celda sin ventanas, Camila —susurra, su voz apenas un eco en la inmensidad del despacho—. Estás conmigo. Y si eso significa que el mundo entero tiene que arder para que no te alcancen, me aseguraré de que la ciudad sea ceniza.
Me quedo helada, no por el miedo, sino por la realidad de lo que acaba de decir. Esto ya no es un juego de números o de deudas. Es una declaración de guerra donde yo soy el botín y el campo de batalla al mismo tiempo.
¿Por qué siempre me meto en situaciones donde la lógica se tira por la ventana? Camila, la próxima vez, asegúrate de que el hombre que te controla no tenga delirios de grandeza napoleónica.
Luca se acerca, rompiendo el momento, y se interpone entre Dante y yo con una brusquedad que roza lo físico. Su presencia es un muro, su mandíbula tan tensa que parece que va a romperse. No dice una palabra, solo me lanza una mirada que dice *cállate y quédate atrás*.
Es una protección silenciosa, un celo que me revuelve las entrañas. Me doy cuenta de que, en esta guerra, no solo lucho contra los Vitti. Lucho contra cuatro hombres que han decidido, sin que yo diga nada, que mi vida es el epicentro de su existencia.
La guerra ha comenzado, y yo estoy en la línea de fuego.