Capítulo 15 Giro medio
El despacho de Matteo huele a café frío y a cuero tratado.
Es un santuario de orden en medio de un imperio que, sospecho, está empezando a desmoronarse por los cimientos.
Mis dedos tiemblan al pasar la última hoja del registro de auditoría que él mismo desestimó hace semanas.
¿Por qué demonios no vi esto antes? Quizá porque estaba demasiado ocupada intentando no convertirme en el mueble favorito de estos cuatro idiotas.
—Camila, deja de morderte el labio —la voz de Matteo corta el silencio como un bisturí—. La frecuencia cardíaca elevada no ayuda a resolver el algoritmo.
¿En serio, Matteo? ¿Un análisis de mis constantes vitales?
¿Por qué no me sorprende? Levanto la vista y lo encuentro observándome por encima de sus gafas de marco fino.
Está sentado en el borde de su escritorio, con una pierna estirada, manteniendo una distancia profesional que, extrañamente, se siente como una jaula.
—El algoritmo está bien, Matteo. Tu lógica es la que falla.
Le deslizo la carpeta. Él baja la mirada, sus dedos largos recorren el papel con esa precisión casi clínica que tiene para todo.
Mientras tanto, yo trato de contener la respiración.
Mi mente, ese lugar que a veces es más ruidoso de lo que debería, me susurra que deje de jugar a la contable y salga corriendo por la puerta trasera.
*¿Correr? ¿A dónde, Camila? ¿A que te atrapen en el parking? Genial. Plan brillante.*
Matteo se queda inmóvil. Su mandíbula se tensa. No es una reacción de sorpresa; es la reacción de un hombre que acaba de ver cómo su mundo se vuelve del revés.
—Esto no es un error de tu padre —dice al fin, y su voz ha perdido ese tinte analítico—. Esto es un puente.
***
La puerta se abre de golpe y Dante entra, seguido de cerca por Luca y Nico. Dante no necesita saludar; su presencia es una declaración de guerra. Sus ojos se fijan primero en mí, luego en los papeles que Matteo sostiene en la mano.
—¿Problemas? —pregunta Dante. Su voz es un comando, no una duda.
Dante se coloca junto al escritorio, su sombra cubriéndome por completo.
Puedo sentir el calor que irradia, ese olor a sándalo y peligro que me marea.
Sin pedir permiso, le arrebata la carpeta a Matteo.
Observo sus ojos mientras recorre los datos.
Dante no parpadea. Toma la decisión en silencio, filtrando la información en milésimas de segundo.
—¿Camila? —Nico se acerca, ignorando la tensión eléctrica entre sus hermanos. Su mirada es la única que busca la mía con algo parecido a la empatía—. ¿Qué dice exactamente?
—Que no fue un fraude financiero, Nico —digo, mi voz sonando extrañamente firme—.
Fue una ingeniería de infiltración. Los Vitti han estado usando la deuda de mi padre como un caballo de Troya.
Han metido su software en nuestros servidores a través de mis cuentas.
Han estado dentro de la mansión todo este tiempo.
Luca suelta un gruñido bajo, un sonido visceral que hace que mis vellos se ericen. Aprieta los puños hasta que los nudillos se le ponen blancos. No dice nada, pero su cuerpo es un resorte a punto de estallar. Él no necesita palabras para demostrar que quiere romperle el cuello a alguien.
Dante deja la carpeta sobre la mesa con una calma aterradora. Se gira hacia mí y, por un segundo, la frialdad de su mirada se tambalea.
—Te han usado, Camila.
—Eso ya lo sé —respondo, encogiéndome de hombros para ocultar el peso que siento en el pecho—. No soy estúpida.
—No, no lo eres —interviene Matteo, recuperando la compostura—. Eres una variable que ellos no pudieron predecir porque no esperaban que tu capacidad de análisis superara sus defensas.
***
Nico camina de un lado a otro, su impaciencia contrastando con la inmovilidad de sus hermanos.
—Si los Vitti tienen acceso a nuestros sistemas, estamos jugando a ciegas. ¿Cómo no lo vimos antes, Dante?
Dante no contesta. Se limita a mirarme. Sus ojos bajan un segundo a mis labios, un gesto tan breve que podría haberlo imaginado, antes de volver a endurecerse. Es un recordatorio de dónde estoy y de qué me han hecho.
—Lo vimos —dice Dante finalmente, su voz cortante—. Pero no esperábamos que fueran tan agresivos con un peón.
¿Peón? *Vaya, qué romántico, Dante. La próxima vez que intentes alagarme, avísame para que pueda vomitar.*
—No soy un peón —replico, acercándome un paso a él.
La altura es intimidante, pero no voy a retroceder—.
Soy la única persona en esta habitación que sabe exactamente dónde están los agujeros en esos registros.
Si queréis que esto deje de ser una brecha, dejad de tratarme como si fuera parte del inventario.
Luca da un paso al frente, interponiéndose entre Dante y yo. Siento su presencia como un escudo, aunque sé que su intención es más posesiva que protectora. Él no me permite hablar así a Dante, pero no me calla. Solo me observa, con esa mandíbula apretada que delata la tormenta que lleva dentro.
—Tiene razón —suelta Nico, rompiendo la tensión ética que siempre flota sobre él—. No podemos ganar una guerra contra los Vitti si seguimos tratando a nuestra mejor baza como si fuera una rehén.
Dante me observa. Sus dedos golpean el borde del escritorio, un ritmo lento y metódico.
Sé que está sopesando si debe encerrarme o si debe soltarme la correa.
Es su tic, su forma de decidir por el resto del mundo.
Pero hoy, algo ha cambiado. Matteo me mira con respeto, Nico con esperanza, y Luca…
Luca solo quiere asegurarse de que nadie me toque.
—¿Qué quieres, Camila? —pregunta Dante, ignorando a sus hermanos por completo.
Miro a los cuatro. A los Reyes de Sangre que han construido su vida sobre el poder y el miedo. Me doy cuenta de que, en su obsesión por poseer, han olvidado que alguien que no tiene nada que perder es la criatura más peligrosa de todas.
—No vine aquí por error —les digo, manteniendo mi voz firme aunque mi pulso martillee en mis sienes—. Me trajeron para destruiros. Y ahora que sé cómo lo están haciendo, me voy a asegurar de que los que terminen destruidos sean ellos.
El silencio que sigue es absoluto. Dante me mira y, por primera vez, no veo posesión en sus ojos. Veo el inicio de algo mucho más peligroso: un reconocimiento.