Capítulo 14 El roce del peligro
El aire en el gimnasio privado de la mansión está cargado de sudor, acero y una tensión tan espesa que podría cortarse con un cuchillo de cocina. Mis nudillos arden tras media hora golpeando el saco de boxeo, pero es el único lugar donde mi mente se calla.
Luca está al otro lado, moviéndose con una fluidez depredadora mientras golpea el *sparring* con una fuerza que hace que la estructura de metal gima.
Se detiene de golpe, las venas de sus brazos marcadas como cordilleras, y me observa con esos ojos oscuros que parecen leer mis pensamientos más reprimidos.
—Tu guardia está abierta —suelta. No es un cumplido, es una orden.
¿Por qué siempre tiene que sonar como si me estuviera analizando para una autopsia? Me limpio el sudor de la frente con el dorso de la mano.
—Lo sé —respondo, cortante.
De repente, una figura irrumpe en el espacio. Dante. Se acerca con paso firme, ignorando el sudor, con ese traje de chaqueta que nunca parece fuera de lugar, ni siquiera en una sala de tortura. Se coloca a mi lado, demasiado cerca. Su presencia física es un muro.
—Los Varese han roto el perímetro norte —dice Dante. Directo al grano. Su tic habitual: la información como decreto absoluto—. Luca, refuerza el ala este.
Luca aprieta la mandíbula con tanta fuerza que casi puedo escuchar el crujido de su hueso. Sus puños se cierran a los lados de su cuerpo, blancos de la tensión. No responde. Se limita a mirarme a mí, ignorando a Dante, con una intensidad que me hace olvidar la brecha de seguridad.
Dante gira hacia mí, su mano busca mi hombro con una posesividad que no pide permiso, solo marca territorio.
—Tú te quedas aquí —añade él.
—Dante, no soy un jarrón —replica mi voz, firme, aunque por dentro me pregunto si no debería haberme quedado en la oficina procesando facturas aburridas en lugar de intentar no morir en medio de una guerra de mafias. *Camila, genia, gran plan de carrera elegiste.*
Un ruido metálico estalla detrás de nosotros.
Un soporte de pesas ha cedido, o tal vez ha sido un impacto externo provocado por los Varese.
Los reflejos de Luca son eléctricos. Se lanza hacia delante, derribándome en un movimiento rápido, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras el estruendo resuena por todo el gimnasio.
El impacto contra el suelo es seco, pero su peso sobre mí es un ancla. Siento el calor de su piel, el olor a pino y a peligro que desprende. Su mandíbula está tan tensa que parece que se va a romper.
—No te han dado —murmura, y su voz es un gruñido bajo que me recorre la columna.
Dante está de pie en un segundo, con el arma en la mano, escaneando la estancia, pero Luca no se mueve. Me tiene atrapada contra el suelo. Siento sus dedos, recios y callosos, rozar mi brazo para verificar que estoy entera. Es un toque seco, sin florituras.
Sus ojos encuentran los míos a escasos milímetros. Luca está furioso, pero la rabia que emana es hacia el entorno, hacia el peligro que acaba de rozarme.
—¿Estás bien? —pregunta, y esta vez no es una orden, es una rendición silenciosa.
—Sí —logro articular.
Dante vuelve hacia nosotros, con los ojos gélidos recorriendo la posición en la que estamos.
Se detiene, observando la mano de Luca sobre mi brazo.
No dice nada, pero su mandíbula se bloquea y su mano libre se aprieta en un puño.
Los celos son un lenguaje silencioso entre ellos: una disputa por quién tiene derecho a sostenerme.
Luca no se aparta. Al contrario, me ayuda a levantarme sin soltarme, manteniendo una distancia que es todo menos profesional.
—Los Varese están dentro, aunque se hagan llamar Vitti en sus comunicaciones cifradas para confundirnos —dice Matteo, que acaba de aparecer en la puerta, con la tablet en la mano y la mirada analítica clavada en nosotros—.
La intrusión ha sido un señuelo. Querían ver cómo reaccionaríamos si la atacaban.
—Pues ya han visto lo que pasa cuando tocan lo que es mío —suelta Luca, su voz resonando en las paredes de acero.
Dante me lanza una mirada que hace que el aire en la estancia se vuelva irrespirable.
—Lleva a Camila a la sala segura, Luca —ordena Dante.
Luca me rodea con su brazo, una barrera de músculo y determinación. Mientras nos alejamos de Dante, me susurra al oído con una intensidad que me hiela la sangre y, al mismo tiempo, me hace sentir una descarga eléctrica en el pecho.
—No dejaré que te toquen. Ni ellos, ni mis hermanos.
Me pregunto si se refiere a protegerme de los enemigos o de ellos mismos.
*¿Qué haces, Camila? Deberías estar corriendo hacia la salida, no esperando a ver cuál de estos hombres te arrincona primero.*
Pronto comprendería que el juego de lealtades no era una partida de ajedrez, sino una caída libre donde el suelo, simplemente, ya no estaba allí.