Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 13 Lealtades divididas
28%

Capítulo 13 Lealtades divididas

El aire en el despacho Rossetti suele ser frío, pero hoy parece cortante, cargado de una estática eléctrica que hace que se me ericen los vellos de los brazos.

Dante está detrás de su mesa de cristal negro, inamovible como una gárgola de hormigón.

Nico, en cambio, camina de un lado a otro frente al ventanal, con las manos hundidas en los bolsillos de sus vaqueros de diseño.

—No la puedes dejar ahí fuera, Dante —dice Nico, deteniéndose en seco. Su voz tiene ese matiz de urgencia que siempre hace que los otros se tensen—. Los Varese no son idiotas. Si han empezado a rondar los muelles, saben perfectamente que ella es el punto de presión.

—Es el punto de presión porque yo he decidido que lo sea —responde Dante sin levantar la vista de sus documentos.

¿"Punto de presión"? ¿En serio? ¿Por qué narices sigo dejando que hablen de mí como si fuera una pieza de dominó que pueden mover a su antojo? Si al menos me ofrecieran una silla, mi nivel de indignación sería más cómodo.

—Dante, si ella está en peligro, es culpa vuestra por dejarla ver demasiado —espeta Nico, dando un paso hacia el escritorio—. Si se entera de la magnitud de la guerra, ¿qué creéis que hará? ¿Esperar a que la salvéis?

Me aclaro la garganta. El sonido es pequeño en la inmensidad de la sala, pero los dos se giran hacia mí.

—No necesito que me salvéis —digo, manteniendo la voz firme, aunque mis dedos se cierren involuntariamente sobre la tela de mi falda—.

He estado descifrando las cuentas de mi padre y el rastro de los Varese mientras vosotros discutíais sobre quién tiene la autoridad.

Sé qué información han intentado extraer.

Dante me observa. Su mirada no parpadea, esa fijación que siempre me hace sentir como si estuviera siendo radiografiada. Se pone en pie, ajustándose la chaqueta del traje con una lentitud deliberada.

—Esto es un juego de adultos, Camila —dice, su voz bajando a un tono que es puro peligro.

—Y yo soy la única que conoce las reglas contables de los que están intentando derribaros —respondo, dando un paso al frente.

¿Por qué demonios haces eso, Camila? ¡Quédate callada y espera a que terminen de pelearse!

— Si creéis que voy a quedarme sentada esperando a ser un trofeo de guerra, estáis muy equivocados.

Nico suelta una carcajada seca, llena de una amargura que comparto al cien por cien.

—Ahí lo tienes, Dante. No es un objeto.

Dante rodea la mesa. Se detiene a escasos centímetros de mí, invadiendo mi espacio vital con ese olor a madera y cuero que parece seguirle a todas partes.

Luca aparece en el umbral de la puerta en ese momento, con la mandíbula tan tensa que parece a punto de crujir.

Sus ojos recorren la distancia entre Dante y yo, y sus puños se cierran a los lados de sus muslos.

—¿Pasa algo? —pregunta Luca. Su voz es apenas un gruñido.

—Nada que no pueda gestionar —sentencia Dante, sin apartar los ojos de los míos—. Nico cree que Camila es una aliada estratégica. Yo creo que es un riesgo necesario.

Matteo entra tras Luca, ajustándose las gafas con ese tic rítmico.

—Probabilidad de que el riesgo aumente si la mantenemos en el circuito: un sesenta y cuatro por ciento —dice Matteo, analizando la situación con la misma frialdad con la que audita los balances—.

Probabilidad de que ella nos sea útil para desmantelar la red de los Varese antes del viernes: un ochenta y nueve por ciento.

Nico mira a sus hermanos, luego a mí. Hay un brillo de desafío en sus ojos que me hace sentir, por primera vez, que alguien en esta casa entiende que el control no es seguridad.

—¿Veis? —dice Nico—. Ella sabe lo que hace.

—Ella no conoce los riesgos reales —corta Dante, pero sus ojos han bajado un segundo a mis labios antes de volver a endurecerse—. Si ella está en peligro, es culpa vuestra por dejarla ver demasiado.

El silencio que sigue es pesado. Dante se gira, dándonos la espalda. Ha tomado su decisión, como siempre, comunicándola como un hecho inamovible, pero esta vez, he visto algo diferente. Una sombra de duda, casi imperceptible, en la forma en que sus dedos han apretado el borde del escritorio.

Me siento más decidida que nunca. No voy a ser el eslabón débil de su imperio, ni la víctima que rescatar al final de la historia.

Pronto comprendería que, en esta guerra, las lealtades no se ganan con obediencia, sino con el filo de la propia inteligencia.