Capítulo 12 Cifras mortales
El despacho de Matteo huele a café fuerte, cuero viejo y una frialdad que no proviene del aire acondicionado. Llevo tres horas revisando las hojas de cálculo que él ha volcado en la pantalla, y mis ojos empiezan a picar.
Matteo está sentado al otro lado de la mesa, con esas gafas de montura fina que parece utilizar solo para diseccionar el alma de los números. No me ha quitado el ojo de encima, pero no es una vigilancia opresiva. Es un examen.
Me inclino sobre la pantalla. Mis dedos vuelan sobre el teclado. Es una transferencia fragmentada, camuflada tras una red de empresas fantasma con nombres que suenan a inmobiliarias de segunda mano.
—Esto no es un error de mi padre —murmuro, sintiendo un escalofrío que sube por mi espalda—. Esto es un embudo.
—Exacto. Está diseñado para ocultar el origen, pero si aplicas el algoritmo de correlación de los Varese, el patrón emerge —Matteo se quita las gafas y se frota el puente de la nariz—. No solo lavaba dinero. Estaba financiando su expansión bajo la apariencia de una deuda personal con nosotros.
*¿Por qué carajo sigo pensando que esto es solo una metedura de pata financiera de un hombre desesperado? Soy una contable mediocre, Camila. Deberías haber visto esto el primer día. Qué gran detective estás hecha, te vas a ganar un premio a la ingenuidad del año.*
—Entonces, ¿yo soy la moneda de cambio? —pregunto, sintiendo una náusea ácida en el estómago.
—Tú eres la excusa —responde él con sequedad—. Si los Varese te recuperan, tienen el control de la información que tu padre dejó en tus manos.
—No tengo información. Solo tengo deudas.
Matteo se levanta y rodea la mesa. Se detiene a medio metro, lo suficientemente cerca para que note el olor a sándalo y papel antiguo que desprende. Extiende la mano, vacilante, pero no me toca.
—El 98 % de los casos de esta magnitud terminan en liquidación —dice él—. Pero la probabilidad de que te mantengas a salvo aumenta un 15 % si dejas de cargar con la culpa de tu padre. Él te engañó, Camila. No tú a nosotros.
Sus palabras son cortantes, un análisis estadístico de mi miseria que, extrañamente, funciona mejor que cualquier consuelo.
Dante entra sin llamar. Siempre lo hace. Entra con esa autoridad silenciosa, como si el espacio se reajustara a su paso. Matteo retrocede un paso, pero sus hombros se mantienen tensos.
—¿Progreso? —pregunta Dante, pasando la vista de la pantalla a nosotros.
—Los Varese están utilizando el fraude como cobertura para sus operaciones de entrada —responde Matteo, sin inmutarse—. No es un impago. Es una infiltración.
Dante se acerca a la pantalla y observa los datos. Su mandíbula está firme. No hay sorpresa en su rostro, solo una confirmación oscura.
—Sabía que olía a algo más que a incompetencia —murmura Dante.
Luca aparece en el marco de la puerta. Tiene las manos cerradas en puños, como si estuviera a punto de golpear a alguien, pero cuando me ve, sus nudillos se relajan un milímetro. Solo uno. Un detalle insignificante que, por algún motivo que no quiero analizar ahora mismo, me calma.
—Los Varese se están moviendo en el muelle este —dice Luca, ignorando la tensión del aire—. Han empezado a preguntar por las cuentas del padre de ella.
—¿Preguntando? —Dante se gira hacia mí, sus ojos de color hierro perforándome—. ¿Alguien más sabe de tu paradero aparte de tu amiga?
—Solo Elena —respondo, y mi propia voz suena pequeña—. Pero ella no sabe nada. Solo cree que trabajo fuera.
—Elena es un riesgo —dice Luca.
—Es mi amiga —respondo, dando un paso hacia él—. No es un riesgo.
Nico aparece detrás de Luca, apoyándose en el marco de la puerta con esa desidia que siempre me recuerda que él es el único que todavía tiene una fibra ética intacta en este edificio.
—Si los Varese saben que está aquí, no esperarán —dice Nico, mirando a Dante—. Tenemos que decidir qué hacemos con ella. Si la enviamos a un lugar seguro, perderemos la ventaja de la información que ella posee. Si se queda...
—Se queda —interrumpe Dante. Su voz no admite réplicas. Es un hecho consumado, como siempre.
Nico suspira y se mete las manos en los bolsillos.
—¿Y qué pasa si los Varese deciden que ella vale más como rehén que como fuente de datos?
El silencio que sigue es pesado. Matteo vuelve a mirar la pantalla, volviendo a su refugio de cifras.
—El dinero era una trampa —dice Matteo en voz baja, mirándome directamente—. Todo era una trampa.
Me quedo helada. No hablo de los números. Habla de mí. De nosotros. La trampa no era solo financiera; era el vínculo mismo que nos unía.