Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 11 La sombra del rival
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Capítulo 11 La sombra del rival

El invierno en la mansión Rossetti no es solo una estación; es un estado mental. Todo se siente gélido, metálico y peligrosamente inmóvil.

Me encuentro en el ventanal del segundo piso, observando el jardín que se extiende como un lienzo de sombras bajo la nieve.

Mi café está olvidado en la mesa auxiliar, perdiendo su temperatura ideal.

¿Por qué insisto en mirar hacia fuera como si fuera a ver una señal de socorro?

Probablemente porque soy una masoquista de primera categoría.

*Deja de mirar, Camila, que el frío no te va a devolver la libertad. *

Un movimiento al otro lado de la verja de hierro me tensa los músculos de la espalda.

Un coche negro, una berlina de cristales tintados que no reconoce el servicio de seguridad de la casa, está aparcado en el arcén.

No hay luces, solo la silueta de un hombre que se inclina hacia fuera para encender un cigarrillo.

El brillo naranja de la brasa es una afrenta en la oscuridad.

Mis dedos se cierran sobre el cristal. Ese coche lleva ahí diez minutos. No pertenece al equipo de Dante. Lo sé porque el protocolo de los Rossetti es tan ruidoso y arrogante que se les ve venir desde el siguiente distrito.

—¿Qué haces?

La voz de Dante resuena detrás de mí, baja y cargada de una autoridad que me irrita tanto como me obliga a enderezarme. No me giro. Mantengo la vista en la verja.

—Hay visita —digo, señalando el coche con la barbilla—. Un coche sin identificación. Diez minutos vigilando la mansión.

Dante se coloca a mi lado. No necesita mirar dos veces.

Su presencia es un muro, un bloque de granito que ocupa todo el espacio personal.

Veo el reflejo de sus ojos en el cristal: fríos, analíticos, carentes de la sorpresa que yo siento.

Me arde la curiosidad por saber si ya lo sabía o si simplemente no le importa que nos vigilen.

—No te muevas de aquí —suelta Dante. No es un ruego, ni siquiera una sugerencia. Es un hecho consumado, como el resto de sus órdenes.

Se da la vuelta sin darme más explicaciones.

Ese es su problema: cree que el silencio es una herramienta de liderazgo, cuando en realidad solo es una forma de mantener a la gente en la oscuridad.

Me dan ganas de lanzarle el café, pero me contengo.

El desperdicio de cafeína es un crimen que no estoy dispuesta a cometer.

La habitación se siente extrañamente vacía ahora que él se ha ido.

El silencio es denso, cargado de una electricidad que me pone los pelos de punta.

¿De verdad creen que pueden ignorar a los enemigos que se pasean por su puerta como si fueran repartidores de pizza?

Esto no es mafia, esto es una película de terror donde yo soy la única que ha visto al asesino en el primer acto.

Diez minutos después, la puerta se abre de nuevo. Entra Matteo. Sus pasos son rítmicos, quirúrgicos. Se ajusta las gafas y, sin saludarme, se dirige directamente al panel de seguridad integrado en la pared.

—Cifras, Camila —dice, mientras sus dedos bailan sobre la pantalla—. 0,04% de probabilidad de que sea un conductor perdido. 99,96% de que es vigilancia de los Varese.

—¿Los Varese? —pregunto. La frialdad de su análisis me descoloca. ¿Cómo puede ser tan clínico mientras estamos bajo vigilancia?

—Competencia directa. Suelen ser menos sutiles, pero han cambiado de táctica —dice, sin dejar de teclear—. Es un patrón de reconocimiento. Quieren ver cuánto tiempo tardamos en reaccionar. Auditoría de seguridad, básicamente.

Me río por lo bajo, una risa seca que suena poco convincente.

—¿Auditoría? Me encanta cómo intentáis ponerle un nombre profesional a que nos estén espiando. ¿Qué sigue? ¿Un informe de riesgos sobre si nos van a disparar hoy o mañana?

Matteo se detiene y me mira. Sus ojos, tras las gafas, tienen ese brillo de cuando me considera una igual. Es el único de los cuatro que no parece necesitar dominarme para sentirse hombre.

—Si nos disparan, será mañana. Hoy solo están tomando nota de nuestros tiempos de respuesta —responde, acercándose.

Se queda a escasos centímetros. El aire huele a papel viejo y a un perfume cítrico que se queda adherido a mi ropa—.

Si te sientes insegura, puedes quedarte en el ala interior de la casa. Allí no hay ventanas.

—¿Segura? —lo desafío—. Vuestra definición de segura es una celda más cómoda. Prefiero ver qué pasa ahí fuera.

Él no sonríe, pero sus dedos rozan mi antebrazo por un segundo. Un contacto breve, casi imperceptible, que se siente como una firma. Una forma de decir que, pase lo que pase, estamos en la misma línea de fuego.

Nico aparece en el umbral de la puerta, con las manos en los bolsillos y una expresión de aburrimiento que no encaja con la tensión que se respira.

—Dante ya los ha espantado —dice Nico, restándole importancia—. Ha enviado a dos de sus hombres para que se den una vuelta por el arcén. Los Varese se han pirado en cuanto han visto una Glock apuntando a su capó.

—Eso es una imprudencia —comento, sintiendo una punzada de alivio que me enfada.

—Es el estilo de Dante —dice Nico, encogiéndose de hombros—. Le gusta dejar claro quién tiene la polla más grande en el vecindario. Aunque a veces eso solo significa que nos la van a medir más fuerte la próxima vez.

Me quedo pensativa. El peligro real no es la vigilancia; es el hecho de que esto es solo el principio.

La deuda, la infiltración, los Varese...

Todo parece encajar como una pieza de un puzle que alguien está montando a nuestras espaldas.

Y yo, que me creía la contable más lista de la ciudad, acabo de darme cuenta de que soy la ficha que todos quieren comerse.

La noche cae sobre la mansión, volviéndola más oscura y asfixiante.

Me dirijo a la cama, pero el sueño es una ilusión.

Escucho ruidos en el pasillo, las botas de Luca caminando de un lado a otro.

Sé que está ahí, vigilando la puerta como un perro guardián, con la mandíbula apretada y los puños listos para estallar contra la primera pared que se cruce en su camino.

Su lealtad no es una conversación, es una guardia.

Dante entra en mi habitación sin llamar. Su presencia ocupa el aire, desplazando el oxígeno. Se acerca a la cama y se queda mirándome, con esa mirada que no parpadea, esa que parece atravesar mis defensas y leer el pánico que trato de ocultar tras mi fachada de contable fría.

—No salgas de mi vista —me susurra, inclinándose tanto que siento su aliento sobre mis labios—. Nunca.

Sus palabras se clavan en mi mente, no como una amenaza, sino como un compromiso. Y lo que más me aterra es que, en este momento, no se me ocurre un lugar mejor donde estar.