Capítulo 10 Una semana después
Una semana después. El tiempo dentro de la mansión Rossetti se mide en el chasquido de los encendedores, el sonido seco de los tacones sobre el mármol y mi propia capacidad para no perder la cabeza.
He dejado de contar las horas. Ahora, mi vida es una extraña coreografía de balances financieros y vigilancia constante.
El despacho está en silencio. Matteo tiene la mirada fija en el monitor, sus dedos largos tamborileando contra la mesa de cristal. Ni siquiera mira el informe, ya sabe lo que dice.
—La eficiencia del flujo de caja ha aumentado un doce por ciento desde que aplicaste tu sistema de conciliación —suelta sin mirarme, ajustándose las gafas—. Es un dato estadísticamente sólido. Casi impresionante.
—Gracias, Matteo. ¿Eso significa que puedo ir a la biblioteca por mi cuenta? —pregunto, levantando una ceja.
—Significa que eres útil. Lo que decidas hacer con ese tiempo extra es, de momento, una variable que estoy procesando.
¿Procesando? ¿Por qué hablo con una calculadora humana? A veces me pregunto si sus circuitos se cortocircuitan cuando no tengo una cifra a mano para satisfacer su ego analítico.
Me levanto y salgo al pasillo. Mis pasos resuenan en la piedra pulida.
Al doblar la esquina, me choco con un bloque sólido de músculos.
Luca. No dice nada, solo me sujeta por los codos para estabilizarme.
Siento el calor que irradia su cuerpo a través de la tela de mi blusa.
Su mandíbula está apretada, una línea dura que parece tallada en granito.
Sus nudillos, blancos de puro esfuerzo por soltarme antes de hacerme daño.
—Camino hacia la biblioteca —le digo, tratando de que mi voz no tiemble.
Él no responde. Simplemente se aparta, dándome espacio, pero sus ojos oscuros me siguen hasta que giro la esquina. Es un silencio que pesa más que una amenaza abierta.
¿Por qué carajo intento buscar lógica en esto? Es un hombre que se comunica a base de tensión arterial y miradas de depredador. Si busco un manual de instrucciones para él, me voy a quedar sin neuronas antes de medianoche.
Entro en la biblioteca y me detengo en seco.
Sobre mi mesa de trabajo improvisada, hay un pequeño ramo de flores silvestres.
No hay tarjeta. Nada. Solo el olor a tierra húmeda que parece tan fuera de lugar en esta fortaleza de acero.
Me acerco, tocando un pétalo. ¿Luca? ¿Es su manera de decir "te estoy viendo sin asfixiarte"?
Es ridículo. Absurdo. Y, sin embargo, siento cómo mi ritmo cardíaco se acelera un milímetro.
—¿Te gustan?
Dante está apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos de su traje impecable. Su presencia siempre es un hecho consumado; no pide permiso para entrar en tu espacio, simplemente lo ocupa.
—Son flores —respondo, encogiéndome de hombros para ocultar mi reacción—. No sabía que este lugar tuviera jardinero.
—Luca insistió en que las trajeran. No le gusta que el aire aquí sea tan estéril.
Dante camina hacia mí. Se detiene a unos centímetros, su aroma a sándalo y algo metálico invadiendo mi espacio personal. Se inclina ligeramente, su mirada bajando un segundo a mis labios antes de volver a mis ojos. Es un roce invisible, pero quema.
—Mañana saldremos —dice, ignorando cualquier posible protesta—. Tienes que ver un par de cuentas en la oficina central. Estarás conmigo.
No es una invitación. Es una orden. Y, por primera vez, no siento esa punzada de rechazo automático. Siento una extraña mezcla de alivio y alerta roja. El mundo exterior vuelve a ser una opción, aunque sea bajo su sombra.
Más tarde, cuando el silencio nocturno cae sobre la mansión, me retiro a mi habitación.
La rutina se ha asentado como una costra sobre una herida.
Ya no soy la prisionera que gritaba en el despacho el primer día.
Ahora soy una pieza necesaria. Y eso, en este nido de víboras, es lo único que me mantiene a flote.
Me acerco a la cama para descansar por fin. Al estirar la sábana, algo rígido bajo el colchón me detiene. Frunzo el ceño y meto la mano, apartando la tela. Es un sobre negro, sin remitente.
Lo abro con dedos temblorosos. Dentro solo hay una hoja de papel con una única frase escrita en una tipografía cortante y fría: *Los Rossetti no son tus salvadores, Camila. Son tu condena.*
El aire se me escapa de los pulmones. Miro hacia la puerta, esperando ver una silueta, un movimiento, cualquier cosa. Pero el pasillo está vacío. La amenaza está aquí, dentro de la jaula.
Pronto comprendería que, en esta mansión, ni siquiera las paredes eran seguras.