Capítulo 9 Tensión en el despacho
El despacho de los Rossetti es un búnker de cristal y acero donde el oxígeno parece racionado. Estoy de pie junto al ventanal, observando cómo la nieve cubre la ciudad, pero mis oídos están clavados en el centro de la estancia.
Dante está sentado tras la mesa, su silueta recortada contra la oscuridad exterior.
Frente a él, sus tres hermanos se han alineado como soldados a punto de romper filas.
La tensión es tan densa que casi se puede cortar con un cuchillo de cocina.
Si alguien me preguntara, diría que el aire tiene sabor a metal y a testosterona mal gestionada.
Menuda vida me ha tocado. ¿Contable de día y trofeo de guerra de noche?
Alguien debería haberme avisado de que mi carrera profesional iba a tomar este rumbo tan… pintoresco.
—La contabilidad no miente —dice Matteo, ajustándose las gafas con ese gesto preciso que me recuerda a un cirujano a punto de una autopsia—. El desfalco no es solo del padre de Camila. Hay un agujero negro en nuestras propias cuentas, orquestado desde fuera.
Matteo me dedica una mirada rápida, un reconocimiento silencioso de mi hallazgo en los libros. Dante no se inmuta. Ni una ceja se mueve.
—Eso ya lo sé —responde Dante. Su voz es un látigo—. El problema no es el agujero, sino quién está intentando colarse por él.
Dante ignora la pregunta lógica que flota en el ambiente y simplemente da un golpe seco con un bolígrafo de plata contra la caoba. Es su forma de decir que la conversación ha terminado antes de empezar.
Luca, a mi lado, aprieta tanto la mandíbula que puedo escuchar el crujido de sus dientes desde donde estoy.
Sus manos, ocultas en los bolsillos de su chaqueta, se cierran en puños que golpean contra la tela.
Es pura violencia física esperando un objetivo.
Un segundo más y va a saltar sobre el escritorio, y no precisamente para pedir un aumento.
—No vamos a dejar que ella sea el cebo —gruñe Luca. Su voz suena como grava arrastrándose—. Si los rivales quieren jugar a la guerra, que lo hagan con nosotros, no usándola a ella como pieza de ajedrez.
Nico, apoyado en el marco de la puerta, se ríe con amargura. Es el único que se atreve a cuestionar la dinámica.
—¿Y tú qué propones, Luca? ¿Que la escondamos en un sótano mientras ellos queman nuestras propiedades? Porque eso es lo que estamos haciendo, y es patético.
Dante sigue imperturbable. Abre un cajón, saca una carpeta y la lanza sobre la mesa. Es un gesto tosco, una orden sin palabras.
—Ella se queda bajo mi supervisión. Punto final.
El silencio que sigue es absoluto. Luca da un paso al frente, la tensión en sus hombros es un cable a punto de romperse.
Se detiene a escasos centímetros de la cara de Dante.
La jerarquía tiembla. Por un momento, creo que van a empezar a matarse entre ellos, y yo no sé si sentir alivio por la distracción o pánico por la escalada.
—¿Tu supervisión? —la voz de Luca es un siseo peligroso—. Ni lo sueñes.
Me aclaro la garganta, sintiendo que mis nervios piden paso a gritos.
Me obligo a mantener la voz firme, aunque por dentro me estoy riendo de lo absurdo que resulta estar aquí, siendo el centro de una pelea de gallos entre hombres que tienen el poder de comprar edificios enteros pero parecen incapaces de compartir una decisión.
—¿Se han dado cuenta de que estoy aquí? —pregunto, dando un paso adelante—. Sé que es una novedad, pero soy la contable que ha detectado su vulnerabilidad. Quizás, solo quizás, su opinión sobre quién debe supervisarme importe algo.
Dante me clava sus ojos fríos, sin parpadear. Matteo, en cambio, esboza una sonrisa contenida, casi de orgullo profesional.
—Nadie ha dicho que no importes, Camila —responde Dante, sin apartar la vista—. Pero este no es un consejo administrativo. Es una cuestión de supervivencia. Y mientras tus manos estén libres, son un activo que alguien intentará cortar.
Nico niega con la cabeza, decepcionado.
—La tratas como un objeto, Dante. Y eso es exactamente lo que los otros quieren que hagamos. Si la encierras más, la estamos convirtiendo en el blanco perfecto.
Luca, sin decir palabra, gira sobre sus talones y camina hacia la puerta con los nudillos blancos de tanta presión.
Se detiene a mi lado, y por un segundo, su hombro roza el mío.
Un toque breve, eléctrico, que parece decir mucho más de lo que su boca violenta permite.
No me mira, pero siento su calor. Es su manera de reclamar territorio sin declarar nada en voz alta.
Matteo sigue observando el dossier, analizando mis notas como si fueran un mapa del tesoro.
—Dante tiene razón en una cosa —dice Matteo, sin levantar la vista—. El peligro viene de fuera. Pero si no incluimos a Camila en la estrategia, el riesgo de que la perdamos es del cien por cien.
Dante cierra la carpeta con una lentitud deliberada. Su tic de comportamiento es infalible: una vez que ha dictado su sentencia, no hay apelación. Sin embargo, esta vez, sus dedos se quedan un segundo más de lo necesario sobre el borde de la mesa, un gesto de duda que casi nadie más notaría.
—Se queda aquí —repite, pero esta vez su voz suena más a una orden para sí mismo que para los demás—. Y nadie entra ni sale de este despacho sin mi autorización. ¿Está claro?
Nico suspira y se aleja, buscando aire, mientras Luca se queda estático en la entrada, bloqueando el paso, vigilante, como un guardián de una celda de lujo.
Me quedo sola frente a Dante. El aire es pesado.
Siento el peso de sus miradas, una competencia silenciosa que se libra sobre mi cuerpo y mi futuro.
Me obligo a no apartar la mirada. Si quieren jugar a esto, que sepan que no voy a ser una pieza pasiva.
Dante se levanta. Su presencia llena toda la estancia, eclipsando la luz fría de la nieve. Se acerca a mí, tan cerca que puedo oler el aroma de su colonia —sándalo y algo más oscuro, como pólvora—.
—No me mires así —murmura, casi contra mi piel—. La lealtad no es una opción aquí dentro.
Pronto comprendería que, en este despacho, cada mirada de sus hermanos era una declaración de guerra, y que Dante no estaba protegiéndome de ellos, sino de algo mucho más destructivo que él mismo había permitido entrar en nuestra órbita.