Capítulo 8 Llamada de socorro
La pantalla del teléfono brilla con una intensidad ofensiva en la penumbra de mi habitación. Nico lo ha dejado sobre la mesa de noche hace apenas diez minutos, con una advertencia muda en su mirada y la mandíbula tensa.
«Úsalo rápido. Si Dante detecta el tráfico de datos, ni yo podré salvarte», me había susurrado.
Nico es un peligro andante, un rebelde con una tarjeta SIM desechable que probablemente valga más que mi sueldo anual.
¿Por qué me ayuda? Probablemente porque le aburro menos que las facturas de su padre.
O porque el caos es su forma natural de respirar.
Da igual. Me concentro en el teclado táctil, mis dedos temblando un poco más de lo que mi orgullo permitiría admitir.
*Elena, estoy bien. El proyecto internacional me absorbe todo el tiempo, no podré salir de la oficina en una temporada. No te preocupes por mis cosas, ya me ocuparé de ellas cuando termine.*
Tengo que sonar profesional. Si suena a súplica, Elena llamará a la policía, y la policía, en este mundo de cristal blindado y hombres con trajes de miles de euros, es solo una invitación a que me convierta en una nota a pie de página en una investigación forense.
—¿Terminaste?
La voz de Nico retumba desde el umbral. No entra, se queda allí, apoyado contra el marco de la puerta. Su tic es infalible: esa forma de ladear la cabeza cuando cuestiona si lo que estamos haciendo es una locura o un acto de salvación.
—Casi —respondo sin mirarlo.
Me burlo de mí misma mentalmente. *Bien hecho, Camila.
Eres contable de una organización criminal, estás secuestrada por cuatro italianos con complejo de dios, y tu mayor preocupación es redactar un email convincente sobre un trabajo falso.
* Si mi yo de hace un mes viera esto, probablemente se habría tomado un Lexatin doble.
El cursor parpadea. Envío. Espero. Cada segundo se estira como un chicle pegajoso y amargo.
Elena contesta casi al instante. *¿Cami? ¿Un proyecto internacional sin aviso? Sabes que eso no es propio de ti. ¿Estás segura de que estás a salvo?*
Siento un nudo de hierro en el estómago. La vulnerabilidad es un lujo que no puedo permitirme, pero leer su preocupación me desarma. ¿A salvo? Estoy viviendo en una jaula de oro donde los leones discuten sobre quién debe alimentarme.
—¿Alguna respuesta interesante? —Nico se acerca. Sus pasos son silenciosos, felinos.
—Nada importante. Solo... comprobando que mi vida no se desmorona mientras no estoy.
Cierro la sesión. Mis manos vuelven a quedar quietas sobre la sábana de seda. La frialdad de la habitación me cala hasta los huesos, pero no es solo el invierno de la ciudad. Es la mirada de Nico, que me recorre con una curiosidad que roza la empatía.
—Elena sospecha —digo, soltando el aire que no sabía que estaba reteniendo—. Es mi mejor amiga. Sabe perfectamente que odio los proyectos internacionales.
Nico se encoge de hombros, restándole importancia, aunque sus ojos oscuros no se apartan de la pantalla del móvil.
—A veces es mejor que la gente crea una mentira lógica a que sepa una verdad peligrosa. Tú eres la que insiste en mantener el control, ¿no? Pues elige tu versión.
Se acerca un paso más, invadiendo mi espacio vital. No me toca, pero la intensidad que desprende es suficiente para hacerme sentir pequeña, casi insignificante.
—¿Por qué me ayudas, Nico? —pregunto. Es la pregunta que me lleva rondando desde el día uno.
Él sonríe, pero no llega a sus ojos.
—Porque en esta casa, alguien tiene que recordar cómo ser una persona normal antes de que la sangre de los Rossetti nos termine de corromper a todos.
Se da la vuelta y sale de la habitación sin decir nada más. Me quedo sola en el silencio, con el teléfono aún caliente entre mis manos y la pregunta de Elena repicando en mi cabeza como una campana de alarma. *¿Estás segura de que estás a salvo?*
Miro hacia el techo. Las grietas siguen ahí, observándome. No, no estoy a salvo. Pero por primera vez desde que Dante me obligó a entrar en su despacho, tengo un plan. Y eso, en este juego de sombras, es lo único que me separa de ser una simple ficha más.
Mañana volveré a revisar las cuentas. Mañana encontraré la grieta definitiva en el imperio de los Rossetti.