Capítulo 7 Grietas en el sistema
La pantalla del ordenador parpadea, un recordatorio luminoso en la penumbra del despacho.
Matteo está sentado a mi lado, aunque su mente parece estar en otro continente.
Lleva diez minutos repasando la misma hoja de cálculo, su dedo índice recorriendo la columna de activos con esa precisión que roza lo obsesivo.
¿Estadísticamente imposible? Qué forma tan elegante de llamar a un robo descarado. Me pregunto si también audita sus propias emociones con una calculadora.
—No es un descuido, Matteo —respondo, arrastrando la silla.
El cuero cruje bajo mis muslos. Mis dedos vuelan sobre el teclado, abriendo los archivos cifrados que él ni siquiera ha rozado—.
Estás buscando en los ingresos directos.
Deja de auditar lo que entra y mira las facturas de mantenimiento de los servidores en Luxemburgo.
Me observa. Durante un segundo, el silencio en el despacho es absoluto. Es un examen. Siento su escrutinio sobre mi piel, evaluando si soy una amenaza, una utilidad o una distracción.
—Eso es una subcuenta de nivel tres. Es irrelevante para el flujo principal —replica, aunque su mano, que descansa sobre la mesa, se tensa un milímetro.
—Es el desagüe —le corrijo, sin desviar la mirada de la pantalla. Mis dedos se mueven rápidos, borrando las máscaras de los datos—. Mira la fecha del 14 de noviembre. Transferencia saliente justo antes del cierre trimestral.
Me aparto un poco para darle espacio. Matteo se inclina, tan cerca que puedo oler su colonia: papel viejo y cítricos, demasiado limpio para este sitio. Sus ojos escanean los datos que he rescatado. Veo cómo sus pupilas se dilatan un instante.
—Esa ruta de pago no está en nuestro organigrama —dice, más para sí mismo que para mí. Su voz pierde el tono clínico. Hay un matiz de sorpresa que resbala por las comisuras de sus labios—. La estructura está camuflada bajo protocolos de cifrado de doble capa. ¿Cómo has…?
—Es contabilidad básica de evasión, Matteo —respondo. Un pequeño orgullo me burbujea en el pecho, pero me obligo a mantener la voz plana—. Mi padre era un desastre, pero sus socios no. Alguien está desviando dinero y datos operativos desde hace meses.
Matteo deja de mirar la pantalla y me clava los ojos. Ya no soy la hija del deudor, ni una pieza más del mobiliario.
—Si esto es cierto, alguien está vendiendo nuestra infraestructura —dice. Sus dedos tamborilean sobre la madera, un ritmo irregular que rompe su calma habitual—. La probabilidad de que esto ocurra sin complicidad interna es inferior al 0,02%.
—Entonces, deja de calcular y empieza a buscar al topo —espeto, cruzándome de brazos. *¿Por qué carajo estás contando esto, Camila? ¡Deja de hablar y deja que se maten entre ellos!* Mi cabeza insiste en que debería estar escondida, no jugando a ser detective.
El aire se vuelve denso. Luca entra en el despacho con la mandíbula apretada y los nudillos blanqueados tras cerrar la puerta de un golpe seco. Se detiene a unos pasos, sus ojos viajando de Matteo a mí. Matteo ni siquiera se molesta en girarse.
—Estamos ocupados, Luca —dice Matteo, manteniendo el tono gélido.
Luca no responde. Se limita a caminar hacia el aparador, sirve un vaso de agua y lo deja sobre la mesa, justo al lado de mi café, con un movimiento tan brusco que el líquido tiembla en el borde.
Su mirada se cruza con la mía un instante: una descarga eléctrica, cruda.
Su forma de marcar territorio. *Oh, qué tierno, el neandertal está celoso*.
Me giro hacia la pantalla para ignorar la electricidad estática que emana de ambos.
—He encontrado otro desfase aquí —digo, señalando un código que salta a la vista—. Es una firma digital. La misma que aparece en Luxemburgo.
Matteo se inclina sobre mis hombros, su brazo rozando ligeramente el mío mientras apunta a los dígitos. Su calor es una distracción que no me puedo permitir.
—Es una clave maestra —susurra, pegado a mi oído—. Solo cuatro personas tienen acceso a esto.
Me tenso. Las implicaciones golpean más fuerte que cualquier amenaza.
—¿Cuáles? —pregunto.
Matteo guarda silencio. Mira a Luca, que sigue allí, impasible, observando nuestra cercanía con una calma depredadora. Luego, cierra la hoja de cálculo con un chasquido seco.
—Eso, de momento, es información privilegiada, Camila —dice, y por primera vez, su voz suena genuinamente respetuosa—. Has hecho un trabajo brillante. Has ganado esta ronda, contable.
Me levanto de la silla. He demostrado que valgo más que la deuda de mi padre.
Pero al ver a Luca, que aprieta los puños hasta que los tendones se le marcan bajo la piel, comprendo que el problema no es la contabilidad.
Es el hecho de que, en este juego, acabo de convertirme en la jugadora más peligrosa de la mesa.
Pronto comprendería que el respeto de Matteo era el preludio de una tormenta que ninguno estaba preparado para gestionar.