Capítulo 6 Orden ejecutiva
El vestido está extendido sobre la cama como un cadáver de seda escarlata.
Es una ofensa a mi sentido de la estética y, sobre todo, a mi libertad.
Una nota de cartulina gruesa reposa junto a él: *Cena a las ocho.
No te atrases.* Ni siquiera una firma. No la necesito.
Dante Rossetti ni siquiera se molesta en escribir su nombre, porque en su mundo, el suyo es el único que importa.
¿Por qué carajo estás contando esto, Camila? ¡Deja de hablarte a ti misma y tira ese trapo a la basura!, me regaño, aunque mis dedos, traidores, se quedan acariciando la tela.
El dormitorio es amplio, frío y lujoso, pero al final del día, sigue siendo una jaula.
La puerta se abre sin previo aviso. Dante entra con esa seguridad estática que parece absorber todo el oxígeno de la habitación.
Lleva un traje negro impecable, tan oscuro que parece fundirse con las sombras del despacho que tanto detesta.
—¿Te has probado el vestido? —pregunta. No es una sugerencia. Es un hecho consumado, una auditoría de mi obediencia.
—No voy a ponérmelo —contesto, manteniendo la barbilla alta, aunque mi pulso martillea contra mis sienes—. No soy una de tus muñecas de escaparate.
Dante cruza la habitación en tres zancadas. Se detiene lo suficientemente cerca para que el aroma a tabaco caro y algo metálico, como la lluvia sobre el acero, me invada. No dice nada. Simplemente me mira, con esa fijeza que no parpadea, analizando el terreno antes de la conquista.
—La cena es una formalidad —dice, su voz bajando un tono—. En esta casa, las formalidades se cumplen sin debate. Te pondrás el vestido. Si necesitas ayuda, Luca estará encantado de subir la cremallera.
Siento una punzada de algo que no quiero identificar. ¿Celos? ¿Miedo? Probablemente una mezcla tóxica de ambos. Odio depender de él para respirar, y el hecho de que Dante ya haya decidido que Luca debe intervenir me hace hervir la sangre.
—¿Supervisas el armario y el rendimiento cognitivo de todo el mundo? —suelto, con la voz afilada como el cristal.
Dante arquea una ceja, sin inmutarse por mi insolencia.
—Solo el tuyo.
Se da la vuelta y sale. Sin despedirse. Sin esperar una respuesta. Me quedo allí, plantada, mirando el vestido escarlata. El sarcasmo es mi escudo, pero el problema es que el escudo empieza a agrietarse.
Me miro en el espejo. Mis ojos oscuros reflejan a una mujer que intenta mantener el control, pero el vestido...
el vestido es una declaración de intenciones.
Suspiro, resignada a mi propio teatro. Me lo pongo.
La seda se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando cada curva que intento ocultar con mi sobriedad contable.
Bajo al comedor, donde los cuatro hermanos ya están dispuestos.
Matteo revisa un documento en su tableta, sus dedos largos moviéndose con precisión clínica, calculando seguramente cuántas calorías consumo yo por bocado.
Luca está al fondo, con la mandíbula tan tensa que parece que le duelen los dientes, mientras sus nudillos blancos se aferran a la copa de vino.
Nico, por su parte, me mira con una mezcla de compasión y diversión contenida.
—Llegas tarde tres minutos —dice Matteo, sin levantar la vista de la pantalla—. Probabilidad de que esto afecte al cronograma de la velada: un ochenta y cinco por ciento.
—Lo lamento, mi capacidad de ejecución se ve mermada por mi falta de entusiasmo —le respondo, sentándome en el único lugar vacío, justo frente a Dante.
Luca suelta un gruñido bajo y aparta la vista hacia la ventana, cerrando los puños sobre la mesa hasta que la madera cruje. Es su forma de decir que está ahí, que vigila, que su posesividad es el aire que me rodea. Nico, en cambio, deja su cubierto sobre la mesa.
—¿Alguien va a preguntar si Camila quiere cenar, o vamos a seguir tratando esto como una sesión de entrenamiento militar? —pregunta Nico.
Dante deja su copa de cristal con una suavidad calculada, un sonido seco que silencia la sala.
—Camila está aquí porque la deuda la vincula —dice Dante, ignorando por completo la intervención de Nico—. Y se comportará como tal.
Como en silencio. La tensión en la sala es un ser vivo, alimentándose de nuestra hostilidad. Cada vez que levanto la vista, me encuentro con los ojos de Dante clavados en mí. No me mira como a una contable, ni como a una prisionera. Me mira como a un problema que está a punto de resolver.
Al terminar, Dante se levanta. El movimiento es el disparo de salida para que los otros tres se retiren, como si hubiera pulsado un interruptor invisible.
Nico me dedica una sonrisa breve antes de desaparecer.
Matteo simplemente asiente con la cabeza, y Luca...
Luca me lanza una mirada que me deja sin aliento, llena de esa violencia silenciosa que me hace sentir más segura que nunca.
Dante no se mueve de su sitio. Se acerca a mí por detrás, apoyando las manos en el respaldo de mi silla. Su presencia es magnética, un vacío que amenaza con devorarme. Me pongo en pie, tratando de poner distancia, pero él se adelanta.
Su mano busca mi cintura, su pulgar rozando el borde de la seda escarlata. Un toque mínimo, pero suficiente para encender cada terminación nerviosa de mi piel.
—El rojo te queda bien, Camila —susurra, inclinándose hasta que sus labios rozan el lóbulo de mi oreja.
Un escalofrío me recorre la espalda. Quiero apartarme, quiero decirle que esto no es una victoria, que solo estoy cumpliendo un papel por pura supervivencia, pero las palabras se quedan atrapadas en mi garganta.
—La próxima vez —murmura, su aliento cálido contra mi piel—, no haré que te vistas. Te desnudaré yo.
Se aparta antes de que pueda responder, dejándome sola en el comedor, con el eco de sus palabras resonando en mis oídos. Me regaño internamente, diciéndome que es solo una táctica de intimidación, que él quiere demostrar su poder. Pero, en el fondo, sé que ya estoy empezando a querer que lo cumpla.