Capítulo 5 Preguntas prohibidas
La noche en la mansión Rossetti no es silencio; es la ausencia de sonido que te perfora los oídos.
Estoy sentada al borde de la cama, observando cómo la escarcha dibuja filigranas imposibles en el cristal.
Debería estar durmiendo, o al menos intentando descifrar cómo salir de este mausoleo de acero y cristal antes de que Dante decida que mi utilidad se ha agotado.
—¿Camila? —La voz es un susurro apenas audible que viene de la puerta.
Me tenso, con los músculos preparados para saltar.
No espero visitas, y menos a estas horas.
La puerta se entreabre, revelando la silueta de Nico.
Entra sin hacer ruido, cargando una bandeja pequeña con un plato de porcelana que desprende un olor a carne asada y romero que me hace gruñir el estómago.
—¿Eres un fantasma o simplemente un intruso con hambre? —pregunto, manteniendo mi tono lo más neutro posible, aunque el aroma me está distrayendo peligrosamente.
Nico suelta una risita corta y cierra la puerta detrás de sí. Deja la bandeja sobre la mesa auxiliar.
—Ninguna de las dos. Solo alguien que sabe que Dante no tiene intención de dejarte salir a cenar al comedor con nosotros.
Me acerco a la mesa, cautelosa. Él me observa, con esa mirada más clara y menos endurecida que la de sus hermanos.
—¿Por qué molestarte? —pregunto mientras miro el plato—. ¿Qué esperas a cambio? ¿Información? ¿Un informe de auditoría extra?
Nico se encoge de hombros, apoyándose contra la pared como si el peso de su propio nombre le resultara demasiado cargado.
—¿No puedo simplemente querer que no te mueras de hambre? Mis hermanos son... intensos. Dante cree que la privación es una herramienta de negociación. A mí me parece una crueldad innecesaria.
—¿Un Rossetti cuestionando la eficiencia de la crueldad? —El sarcasmo se me escapa antes de que pueda frenarlo—. Es una novedad, Nico. ¿No te temen tus hermanos si ven que eres tan... sensible?
Se tensa un milímetro, pero no desvía la mirada.
—No les importa lo que piense mientras no interfiera con el imperio. Pero el imperio es una jaula, Camila. Solo que algunos de nosotros hemos aprendido a decorar los barrotes.
Me siento y doy un bocado a la carne. Está perfecta. Demasiado perfecta.
—Dante toma todas las decisiones —comento, masticando despacio—. Matteo audita mis emociones. Luca me vigila como si fuera a salir corriendo en mitad de un desierto. Y tú... ¿tú qué haces? ¿Solo observas el naufragio?
Nico se acerca un poco, invadiendo mi espacio personal, pero a diferencia de la presión constante de Luca, él se siente como un respiro.
—Pregunto por qué el barco se está hundiendo. Nadie más lo hace. Todos están demasiado ocupados asegurándose de que el capitán no se enfade.
Lo miro a los ojos. Hay una chispa de desesperación ahí, escondida detrás de esa fachada de hermano pequeño.
—Tu familia tiene un concepto peculiar de la lealtad —digo, bajando el tenedor—. No es lealtad. Es posesión. Y yo me niego a ser el activo contable que salva el balance de este año.
Él sonríe, pero no llega a sus ojos.
—Por eso me gustas, Camila. No pides permiso para ser inteligente.
¿Por qué carajo estás contando esto, Camila?
¡Deja de hablar! Me regaño mentalmente. Él es un Rossetti.
Está en el ADN, en el apellido, en los muros de esta casa.
Confiar en él es probablemente el error más estúpido que he cometido en mis veintiséis años de vida, y eso que he pasado los últimos cinco arreglando los desastres financieros de mi padre.
—¿Por qué te importa? —insisto, ignorando mi propia advertencia interna—. Si quieres salir, sal. ¿Qué te impide irte?
Nico guarda silencio un segundo, mirando hacia el pasillo, como si esperara que Dante apareciera de repente.
—El miedo a lo que harán si decido que no quiero ser un rey de sangre. No es tan fácil como renunciar a un trabajo de contabilidad, Camila.
—Nada es fácil aquí dentro —respondo, señalando las paredes frías.
Él se acerca, apoyando una mano sobre la mesa, muy cerca de la mía, sin llegar a tocarla. Un gesto pequeño, casi imperceptible, pero que grita una alianza silenciosa en medio del caos.
—¿Alguna vez has pensado en huir, Camila? —pregunta en voz baja, con una intensidad que corta el aire—. Porque yo sí.
Me quedo helada, con el tenedor en la mano, mientras la pregunta flota en la habitación como una sentencia. Si digo que sí, firmo mi condena. Si digo que no, le miento a la única persona que parece estar tan asfixiada como yo.
Pronto comprendería que en esta familia, la honestidad no es un valor, sino un arma de doble filo que acabaría cortando a quien se atreviera a empuñarla.