Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 4 Silencios violentos
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Capítulo 4 Silencios violentos

El jardín de la mansión Rossetti es una extensión inmensa de setos milimétricos y estatuas de piedra que parecen juzgar mis pasos.

Hace un frío glacial, el tipo de frío que se te mete en los huesos y te recuerda que, aunque el interior de la casa sea de cristal negro, el exterior es una jaula mucho más grande.

Luca camina detrás de mí. No lo oigo, pero siento su presencia. Es un pulso constante en la nuca. ¿Por qué no puede simplemente quedarse en su despacho? ¿Acaso teme que decida saltar la valla? Sería una forma estúpida de morir, y definitivamente no entra en mis planes financieros.

—¿Te has propuesto patrullar cada metro cuadrado conmigo? —pregunto sin darme la vuelta.

No hay respuesta. Solo el roce de sus botas sobre la grava.

Me giro para mirarlo. Luca tiene la mandíbula tan apretada que me sorprende que no le crujan los huesos.

Sus ojos, oscuros y afilados, barren el perímetro antes de volver a clavarse en mí.

Es como estar bajo la vigilancia de un depredador que se ha olvidado de cómo cazar por placer y ahora solo sabe ejecutar.

Un guardia de seguridad, un tipo con hombros demasiado anchos y una cara que pide a gritos una pelea, cruza el camino principal hacia nosotros. Se detiene un segundo, nos mira y asiente hacia mí con una familiaridad que no me gusta un pelo.

Luca no dice nada. Ni siquiera le devuelve el saludo. Simplemente da un paso hacia adelante, situándose exactamente entre el guardia y yo. Sus manos se cierran en puños a los costados de sus muslos, con tal fuerza que la piel de sus nudillos se torna blanca.

El guardia traga saliva y desvía la mirada, acelerando el paso para alejarse.

—Encantador —mascullo para mis adentros—. El club de la lucha, versión mansión de lujo. ¿Debería agradecerte por no dejar que me coma con los ojos, o es una cuestión de derechos de propiedad?

Luca me observa. Sigue en silencio, pero sus ojos bajan un segundo a mis labios antes de volver a subir a mis ojos.

Ese pequeño gesto me provoca una descarga eléctrica en el estómago.

¿Por qué es tan difícil para ellos hablar?

¿Se les ha estropeado la laringe por falta de uso o es que creen que el misterio les da un aire más interesante?

Me abrazo a mí misma, tratando de disimular el temblor que empieza a recorrerme los brazos. El aire gélido de la mañana no perdona.

—Dante tiene un complejo de dios, Matteo es un contador con complejo de superioridad y tú…

tú eres básicamente un guardaespaldas con problemas de gestión de la ira —digo, más para romper el silencio ensordecedor que por ganas de charlar—.

Es un milagro que no os hayáis matado entre vosotros antes de llegar al postre.

Luca exhala un bufido que suena a frustración pura.

Da un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal.

No me toca, pero el calor que irradia su cuerpo es suficiente para hacerme retroceder un paso.

Se quita la chaqueta de cuero que lleva sobre la camisa y, sin decir una palabra, me la echa sobre los hombros.

El tejido huele a pino y a algo metálico, como la pólvora o el acero. Es inmensamente pesada.

—Dante no siempre tiene la razón —suelta, casi en un susurro áspero.

Es la primera vez que lo oigo hablar en horas. Su voz es más grave de lo que esperaba, un sonido que vibra en mi pecho. Me quedo paralizada, con la chaqueta cayéndome por los hombros. ¿Acaba de admitir que discrepa de su hermano?

—¿Vas a decirme algo más, o tengo que adivinar el resto del monólogo? —pregunto, intentando recuperar mi habitual tono cínico, aunque me cuesta.

Él me mira fijamente. Hay algo en su expresión, una chispa de furia contenida que no va dirigida a mí, sino a la casa que dejamos atrás.

Me doy cuenta entonces de que el silencio de Luca no es una barrera contra mí, sino un muro de contención contra el mundo de sus hermanos.

Él también está encerrado, solo que su jaula tiene más rejas de hierro que la mía.

—Mantente cerca —dice finalmente. Es una orden, pero suena distinta a las de Dante.

Se da la vuelta y comienza a caminar de nuevo, marcando el ritmo. Yo lo sigo, ajustándome la chaqueta. Estoy intrigada. Me he pasado la vida analizando balances de empresas, detectando errores y cifras infladas. Pero Luca Rossetti es un dato estadístico que no sé cómo tabular.

Justo antes de llegar a la puerta lateral de servicio, se detiene y se gira.

Está a solo unos centímetros de mí. Sus manos vuelven a cerrarse en puños, tan apretados que sus nudillos parecen a punto de atravesar la piel.

Sus ojos me recorren con una intensidad que casi me falta el aire.

No dice nada. No me toca. Solo se queda ahí, un volcán a punto de entrar en erupción, antes de darse la vuelta bruscamente y marcharse, dejándome sola frente a la puerta, preguntándome qué demonios acaba de pasar.