Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 3 Ecuaciones de deseo
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Capítulo 3 Ecuaciones de deseo

El despacho huele a papel caro, a cuero antiguo y a una frialdad que no proviene del aire acondicionado. Matteo está sentado frente a mí, con el portátil abierto como si fuera un escudo. A su lado, una pila de carpetas que contienen la ruina de mi familia.

—Tus cálculos no encajan, Camila —dice, sin levantar la vista.

Me cruzo de brazos. La suite de anoche ya parece un recuerdo lejano, sustituido ahora por la urgencia de demostrar que no soy solo una deuda con patas.

—No son mis cálculos. Son los de mi padre. Y si te tomas la molestia de mirar el anexo C, verás que la discrepancia es un error de redondeo deliberado. Alguien ha estado moviendo dinero antes de que llegara a sus manos.

Matteo levanta la cabeza. Sus gafas de montura fina captan un destello de la lámpara. Me analiza durante cinco segundos, como si estuviera evaluando la viabilidad de un activo financiero de alto riesgo.

—Un 14,2% de desviación. Es un margen demasiado limpio para ser un descuido —observa, ajustándose las gafas—. La probabilidad de que tu padre haya orquestado esto por sí mismo es del 0,03%. Alguien con acceso a nuestra red interna ha estado jugando con los números.

Me muerdo la lengua para no decirle que, obviamente, ya me había dado cuenta. Mi humor interno, ese que intenta salvarme de este absurdo, me susurra: *«Genial, Camila. Estás siendo auditada por un mafioso que te mira como si fueras un Excel con patas. ¿Dónde está mi sueldo de consultora?»*.

—Si buscas al culpable, deberías mirar quién gestiona las entradas de la cuenta en Luxemburgo —añado, manteniendo la voz neutra—. Yo solo soy la que limpia el desastre, no la que lo crea.

Él deja el bolígrafo sobre la mesa. Se inclina hacia delante, invadiendo mi espacio personal. Su olor es una mezcla de madera de cedro y algo metálico, casi eléctrico.

—Me gusta tu eficiencia, Camila. Es… rara. En este entorno, la gente suele estar demasiado ocupada intentando sobrevivir o intentando matarnos como para notar un error de redondeo del 14,2%.

—La supervivencia es una variable constante. No veo cómo el detalle ayuda a que me dejéis marchar.

—No es una variable, es una certeza —responde, con la frialdad de un robot—. La probabilidad de que salgas de esta mansión sin nuestra supervisión es ahora mismo del 0%.

Respiro hondo. Intento mantener mi máscara de frialdad intacta, pero el nudo en mi estómago me traiciona.

¿Qué se supone que debo sentir? ¿Agradecimiento por el análisis de datos o miedo por la reclusión?

*«Definitivamente, la segunda, por favor.

No te olvides de que te han secuestrado, no te han invitado a una conferencia de finanzas»*.

Matteo extiende la mano y, con la punta del bolígrafo, traza una línea invisible sobre el dorso de mi mano. No es un toque, es una advertencia. Un contacto seco, clínico, pero que recorre mi piel como un escalofrío.

—La probabilidad de que sobrevivamos a esto es baja, Camila —dice en voz baja.

Es la frase más humana que le he escuchado decir. Se nota la tensión en sus dedos al sostener el bolígrafo. No me habla de amor, ni de posesión, ni de los juegos de poder de sus hermanos. Me está hablando de una amenaza real que, por primera vez, nos incluye a los dos en el mismo bando.

Me quedo helada. No por el miedo, sino por la revelación. La deuda de mi padre es una cortina de humo. Ellos saben que hay alguien más, alguien con suficiente poder para infiltrarse en sus cuentas. Y ahora me han hecho partícipe.

—¿Entonces estamos en el mismo barco? —pregunto, sintiendo que mi pulso se acelera.

Matteo no responde de inmediato. Sus ojos me recorren con esa precisión matemática, como si estuviera calculando cuánto tiempo puedo durar antes de quebrarme. No me gusta esa mirada, pero me gusta menos la idea de que esto no sea solo una cuestión de dinero.

—Estamos en el mismo blanco, Camila. Y aquí, ser el objetivo es el único lugar donde estás a salvo de los errores de cálculo.

Me levanto de la silla. La rigidez de mi postura es lo único que me separa de un colapso nervioso.

Camino hacia la ventana de cristal negro, mirando la ciudad que se extiende abajo, fría y ajena.

Siento la mirada de Matteo clavada en mi espalda.

Es un peso, una presión, una constante en mi nueva ecuación vital.

Pronto comprendería que ser el cerebro de los Rossetti era un riesgo mucho mayor que haber sido solo la hija del contable que cometió el error.