Capítulo 2 La primera audición
El traslado a la mansión es un ejercicio de humillación silenciosa.
Me suben a un coche con cristales tintados que apenas deja ver el exterior, rodeada por dos hombres cuyas rodillas rozan las mías.
El espacio es tan reducido que podría contar los poros de su piel si no estuviera ocupada intentando controlar mis temblores.
Mi vida ahora consiste en una suite en la planta superior que es, a todas luces, una celda con alfombras de lana virgen y vistas panorámicas. Cuando entro, el aire huele a cedro y a una frialdad que no proviene del invierno, sino de la arquitectura impasible.
—La contabilidad es impecable —dice una voz desde la puerta.
Matteo está ahí, apoyado en el marco. Tiene una tableta en la mano y sus gafas de montura fina descansan sobre el puente de su nariz. No me mira a la cara, sino a los papeles que ha sacado de mi maletín.
—He auditado los activos de tu padre —continúa, sin levantar la vista—. El error en el balance trimestral fue un intento de ocultar un desvío de trescientos mil euros. Tu metodología para cuadrar las pérdidas es… creativa. Casi eficiente.
—No es creativa, es supervivencia —respondo, intentando que mi voz no tiemble—. Si no hubiera movido esas partidas, vuestro dinero habría desaparecido meses antes de que vinierais a buscarlo.
Matteo levanta la mirada. Sus ojos, fríos y calculadores, escanean mi expresión. Por un momento, el silencio es absoluto. Es un tipo de tensión que conozco bien: el momento en que alguien decide si eres un activo o un pasivo.
—¿Sueles desayunar a esta hora? —pregunta, cambiando el tema con una brusquedad que me desconcierta.
—Normalmente no desayuno. Solo café. Negro. Sin azúcar. Dos hielos.
Lo anota en su tableta, como si estuviera registrando una cifra en un libro de contabilidad. ¿Qué, voy a ser auditada hasta en mis hábitos de hidratación? Fantástico, Camila. A este paso, terminarán cronometrando cuánto tardas en pestañear.
Luca entra en la habitación poco después.
No dice nada. Se queda en un rincón, con la mandíbula tan tensa que parece que va a fracturársela.
Sus manos, ocultas en los bolsillos de su chaqueta de cuero, se cierran y se abren rítmicamente.
Sus nudillos están blancos. Me observa con la intensidad de un depredador que teme que su presa se rompa antes de que pueda jugar con ella.
Me siento como una moneda que se pasan de mano en mano entre jugadores que no saben si apostar todo o retirarse.
—¿Tienes alguna otra exigencia? —pregunta Matteo, cerrando su tableta—. Si vamos a convivir, prefiero que las variables sean previsibles.
—La primera variable es que esto no es una convivencia —le digo, dando un paso hacia él—. Es una retención. Si queréis que colabore con la contabilidad, necesito un espacio de trabajo real, no este museo de cristal. Y necesito mi café.
Matteo esboza una sonrisa que no llega a sus ojos.
—Previsible. Me gusta.
Luca da un paso al frente, interrumpiéndose a sí mismo, y se coloca entre nosotros.
Es un gesto tosco, casi instintivo. Sus hombros anchos bloquean la luz.
No habla, pero su presencia llena el vacío que ha dejado la conversación.
Es puro territorio. Luca no necesita auditar nada; él simplemente reclama el espacio a su alrededor.
¿Por qué se mueve así? ¿Está protegiéndome de Matteo o simplemente marcándome como suyo?
Esto es una locura. Estás en un palacio de hormigón rodeada de cuatro mafiosos que tienen la empatía de una calculadora rota, Camila.
Intenta no pedirles una manta o un té, o terminarás con un contrato de matrimonio antes de la hora de comer.
Me giro hacia el ventanal, dándoles la espalda para ocultar el agotamiento que empieza a ganarme. La ciudad, allá abajo, parece un dibujo borroso entre la nieve. Necesito ese café. Necesito algo que sea exactamente como yo lo quiero, algo que no esté sujeto a sus jerarquías de poder.
Pasos firmes resuenan sobre la madera pulida del suelo. No son los de Matteo, que camina con paso ligero, ni los de Luca, que se mueve con una pesadez depredadora. Estos pasos son lentos, seguros, autoritarios.
Dante entra en la suite. Su presencia cambia la temperatura de la habitación. Incluso Matteo se aparta un paso, respetando una jerarquía que ni siquiera necesita ser verbalizada.
Dante sostiene una bandeja. Sobre ella, un vaso de cristal grueso con café negro. Se detiene a un metro de mí. El aroma es fuerte, amargo, perfecto.
—Dos hielos —dice, dejando la bandeja sobre la mesa auxiliar con una precisión quirúrgica—. No te acostumbres.
Se da la vuelta antes de que pueda responder. Sus hombros se ensanchan al salir, dejando claro que no ha venido a servirme, sino a demostrar que, aquí, hasta el café se sirve por su permiso.
Me quedo sola con el líquido oscuro, observando los cubitos de hielo que tintinean contra el cristal.
La fragilidad de mi posición me golpea con más fuerza que cualquier amenaza.
He sobrevivido al fraude de mi padre, pero no estoy segura de si podré sobrevivir a la audición constante de estos hombres.
Pronto comprendería que el café era la parte más fácil de toda la transacción.