Reclamada por los Reyes de Sangre Capítulo 1 Deuda de sangre
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Reclamada por los Reyes de Sangre

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Por Ivy Castellan

© inepub.com

Capítulo 1 Deuda de sangre

Llevo atada a esta silla el tiempo suficiente para memorizar las grietas del techo, y ninguna de ellas me prepara para lo que pasa cuando los cuatro entran a la vez.

El aire en el despacho se vuelve sólido.

No es solo la temperatura, que siempre parece rozar el punto de congelación en este edificio de cristal y acero, sino la pura presencia física de los hermanos Rossetti.

Se mueven como un bloque, una unidad depredadora que no necesita hablar para sincronizarse.

Mis muñecas arden contra el cuero de las ataduras. Me obligo a respirar de forma pausada. Si mi padre ha cometido la estupidez de estafar a la organización, mi supervivencia depende de que ellos me vean como una contable y no como una moneda de cambio.

*Estupendo, Camila. Estás atada como un jamón en una sala de juntas de lujo. ¿Qué sigue? ¿Pedirles el menú del almuerzo? Mantén la boca cerrada.*

Dante, el mayor, se sitúa frente a mí. Su traje es una pieza de sastrería italiana que cuesta más que mi coche.

Me observa con unos ojos que no parpadean, una calma quirúrgica que me revuelve el estómago.

A su derecha, Matteo ajusta sus gafas de marco fino, sus dedos largos tamborileando sobre una tablet con una velocidad maníaca, como si estuviera analizando cada fibra de mi ropa buscando errores de cálculo.

—La cuenta no cuadra —dice Matteo, sin siquiera mirarme. Su voz es plana, desprovista de emoción—. Faltan cuatro millones y medio de euros. La probabilidad de que tu padre haya movido ese dinero sin tu firma electrónica es del 0,02 por ciento.

Luca, el segundo, se mantiene ligeramente atrás, con las manos hundidas en los bolsillos.

Sus hombros ocupan demasiado espacio en la habitación.

Cada vez que me mira, su mandíbula se aprieta hasta que los músculos de su cuello se marcan como cuerdas de acero.

No dice una palabra, pero el modo en que evita acercarse demasiado, manteniendo una distancia de seguridad que parece costarle un esfuerzo físico sobrehumano, me pone los pelos de punta.

Nico, el más joven, se apoya contra el ventanal que domina la ciudad, con una media sonrisa cínica dibujada en el rostro.

—Papá siempre fue un aficionado, Matteo —interviene Nico, soltando el aire con desdén—. Pero seamos realistas: ¿qué vamos a hacer con ella? Si la liquidamos, la deuda muere con ella. ¿Vale la pena perder ese capital por un poco de venganza?

Siento un escalofrío que no puedo ocultar.

—Mi padre es el responsable —digo, y me sorprende lo firme que suena mi voz—. Yo solo soy la contable. Si necesitáis recuperar el dinero, tengo los números. Puedo recuperar gran parte si me dejáis trabajar.

Dante me dedica una mirada gélida. Da un paso hacia delante, invadiendo mi espacio personal. Huele a sándalo y a algo metálico, a armas y dinero limpio.

—No se trata de los números, Camila —sentencia Dante. Sin consultar a nadie, como si sus hermanos no existieran, añade—. La deuda no se paga con dinero. La deuda se absorbe.

Matteo suelta un bufido, sus dedos vuelven a teclear con brusquedad en su dispositivo.

Luca da un paso al frente, sus nudillos blancos al cerrar los puños, aunque rápidamente se detiene, clavando la vista en el suelo.

La tensión entre ellos es una descarga eléctrica.

Matteo quiere los datos, Luca quiere la posesión, y Nico, simplemente, quiere ver cómo el imperio se resquebraja.

—No soy una propiedad —suelto, apretando los dientes—. Si queréis el dinero, negociemos. Si queréis un objeto, habéis venido al lugar equivocado.

Nico se ríe, un sonido seco que rebota contra las paredes de cristal.

—Vaya, Dante. Creo que tiene más agallas que todos nosotros juntos. ¿Qué hacemos? ¿La votamos o te vas a arrogar el derecho de decidir por el resto de la mesa otra vez?

Dante ignora la provocación de su hermano menor. Se acerca tanto que mis rodillas rozan la punta de sus zapatos de cuero. Su anillo de sello familiar brilla bajo las luces halógenas, un escudo de armas que ahora parece una marca de propiedad.

—Yo no voto, Nico —dice Dante, su voz bajando a un susurro que me obliga a dejar de respirar—. Yo ejecuto.

*Genial. Definitivamente, me van a matar hoy. Podrías haber elegido ser florista, Camila. Al menos las flores no tienen problemas con la mafia italiana.*

Dante extiende una mano y, con una lentitud deliberada, roza la línea de mi mandíbula con el dorso de sus dedos. Sus ojos bajan un segundo hacia mis labios, un gesto tan breve que casi podría habérmelo imaginado, pero el calor que deja en mi piel es real.

—Ya no perteneces a la deuda, Camila —dice, inclinándose hasta que su aliento cálido me roza la oreja—. Nos perteneces a nosotros.

La silla se tambalea bajo mi peso cuando intento retroceder, inútilmente. El silencio que sigue es absoluto, roto solo por el pitido de la tablet de Matteo y la respiración errática de Luca. Dante se separa un centímetro, lo justo para mirarme a los ojos con una intensidad que no admite réplicas.

Pronto comprendería que aquel despacho no era una oficina, sino la antesala de mi nueva vida, y que la deuda de mi padre no había sido más que la llave de una jaula construida con cuatro barrotes muy distintos.