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EVGENY
—¿Jefe?
La voz de Dmitri me arranca de mis pensamientos. Estaba mirando por la ventana los edificios que ascienden hacia las colinas que rodean Los Ángeles. El día está lo bastante despejado como para ver los picos de las montañas a lo lejos.
Pero no era esa vista la que me tenía absorto.
—¿Qué?
No consigo disimular la irritación en mi voz al apartarme de la ventana.
—Te he preguntado cómo ha ido la reunión de hoy. Has venido directo a tu despacho y te has encerrado. Si Anya no me hubiera dicho lo contrario, pensaría que ha salido mal.
—Si ya sabes cómo ha ido, ¿por qué preguntas? —Le aparto los pies del escritorio de un empujón—. Quita los pies de mi escritorio.
Mi segundo sabe que odio que se siente así en mi escritorio, y la sonrisa de suficiencia en su cara delata que disfruta con mi fastidio. Dmitri es inmune al gruñido que hace salir corriendo a otros menos valientes.
—Lo haré si me lo pides por favor.
—Levanta el culo de mi silla.
Hace lo que le pido, pero tan despacio que sé que lo hace para provocarme. —¿A qué viene ese mal humor? Anya ha dicho que la reunión con el concejal Evans ha ido bien. Ya he autorizado que le envíen el dinero. Parece que casi tenemos el proyecto de desarrollo en el bote.
Dmitri se levanta de mi silla, pero no se aleja mucho. Se apoya en mi escritorio y cruza los brazos, con una sonrisa burlona asomando en la comisura de los labios.
¿A qué viene mi mal humor? A que no puedo sacarme de la cabeza unos ojos castaños oscuros, almendrados.
No puedo olvidar ese tono miel profundo en el que podría hundirme y no querer salir jamás.
En el que casi me hundí anoche. No consigo quitarme de la cabeza la sensación de su piel contra mis labios, ni cómo esa boca carnosa e irresistible se adueñó de mis sueños.
Fue un error dejar escapar a la mujer misteriosa anoche. Debería haber insistido en acompañarla a casa, o haber cogido mi propio coche, o incluso haberla arrinconado contra la pared en uno de los baños. Cualquier cosa con tal de sacármela de la cabeza, donde orbita mis pensamientos como un sol.
Esa mujer me está torturando, y solo estuvimos juntos media hora.
Los cuentos de hadas no existen, ni las comedias románticas tampoco. Pero sentí que el mundo se tambaleaba en el instante en que la miré a los ojos.
Maldita sea. Ya estoy pensando en ella otra vez en lugar de concentrarme en asuntos mucho más importantes.
—Kirill ha encontrado algo gordo y turbio sobre el concejal Sharp.
Al instante, Dmitri recupera toda mi atención mientras me dejo caer en mi silla. —¿Cómo de gordo y cómo de turbio?
La sonrisa burlona de Dmitri se ensancha, con los ojos brillándole con algo casi aterrador. —Lo bastante gordo y turbio como para convertir su resistencia en todo el apoyo que necesitamos.
Me quedo pensativo, con una profunda satisfacción.
—Te lo digo, hermano, este proyecto va a dar mucho de sí. Nadie podrá tocar a Kucher Enterprises después de esto. —La sonrisa de Dmitri refleja mi propia satisfacción, un sentimiento que sofoco en cuanto aparece.
—Todavía tenemos que ganar la licitación. No cantes victoria antes de tiempo —gruño mientras enciendo el ordenador y cojo la carpeta de manila que mi asistente, Anya, ha dejado en mi escritorio. Encima hay un pósit que dice simplemente «Lo encontré» con su letra pulcra.
La sonrisa de Dmitri flaquea y luego pone los ojos en blanco mientras se aparta de mi escritorio. —No puedes darte ni un momento de paz, ¿verdad?
—Mi trabajo no es la paz. Mi trabajo es garantizar la continuidad de la Bratva.
Dmitri no parece sorprendido por mi respuesta, y del mismo modo que es inmune a mi mirada, casi siempre sabe lo que voy a decir antes de que lo diga. Solo hay otras dos personas en el mundo que me conocen tan bien.
—Bueno, ya que estamos...
Estoy a punto de abrir la carpeta de Anya cuando Dmitri se gira, coge algo de detrás y me desliza otra carpeta bajo la nariz.
—¿Qué es esto?
—La información sobre los imbéciles que se pelearon en mi club anoche —dice.
Dejo a un lado la primera carpeta y cojo la segunda.
—Los dos tíos que conocemos, los que empezaron todo el follón según las cámaras, son Sokolinaya. El tercero es un chaval cualquiera.
Dmitri resume lo que hay en la carpeta mientras la hojeo. Incluye fotogramas en blanco y negro de la pelea: los dos desgraciados de Sokolinaya con el chaval. Los tres están enzarzados en la pista de baile, y una figura se lanza hacia ellos.
Es ella.
—Investigamos al chaval solo para asegurarnos de que no estaba metido en nada.
La voz de Dmitri me arranca de mis pensamientos sobre piel suave y cálida bajo mis palmas, y una descarga me baja directa a la entrepierna, ya de por sí excitada.
—Es del este de Los Ángeles. Su padre es un desertor, vino en los setenta y ahora tiene una librería. El chaval tiene varios hermanos.
Lo único que me consolaba era pensar que nunca volvería a ver a la mujer misteriosa, y que con el tiempo esta obsesión se desvanecería. Pero ahora tengo su nombre, su dirección y mucha más información sobre ella y su familia de la que jamás imaginé que tendría.
Eva Volkova.
—La librería está en una de nuestras propiedades, y llevan tiempo sin pagar el alquiler. Estamos a punto de echarlos, y sé que Sergei está deseando reformarla y alquilarla por el doble o el triple.
Sé dónde está la librería, justo en medio de una zona de renovación urbana. Nuestro contable, Sergei, debe de estar salivando con lo que podrá hacer con el local en cuanto la librería cierre.
—El chico parece estar metido con Tsepov. Le debe dinero. Mucho.
Algo se remueve en el fondo de mi mente, y se me eriza el vello de la nuca en señal de advertencia.
La mujer parecía bastante inocente, intentando salvar a su hermano.
Pero ¿y si todo fue una estratagema para infiltrarse y destruirme desde dentro?
¿Y si está trabajando con Tsepov para saldar la deuda de su hermano?
La misma sensación de peligro me recorre la piel.
—¿Tenemos un problema? —pregunto, mirando a Dmitri a los ojos.
Niega con la cabeza.
—No, no lo creo. Parece que fue exactamente eso, nada más. Lo vigilaremos, pero podemos darlo por cerrado.
—Bien.
Tiro la carpeta a la papelera y vuelvo a centrarme en la que Anya dejó en mi escritorio mientras la abro. Todavía no sé qué significa «Lo encontré», y tardo un momento en entender lo que tengo delante. Entonces me quedo inmóvil.
—Lo encontré —repito.
Dmitri arquea una ceja y recorre con la mirada el fajo de papeles grapados.
—¿Qué?
Me levanto de la silla mientras el triunfo y la emoción de la caza me recorren las venas.
—Han encontrado al hacker.
Por el rabillo del ojo, mientras giro hacia la puerta, veo a Dmitri abrir los ojos de par en par antes de salir disparado tras de mí.
—¿En serio? ¿El que no paramos de echar de los sistemas?
—Ese mismo.
Mi gruñido suena salvaje, incluso yo lo noto esta vez.
Dmitri me pisa los talones mientras atravesamos las oficinas de Kucher Enterprises, y llama para reunir un equipo. Mi coche espera junto al bordillo, y el conductor echa un vistazo alrededor antes de abrirnos la puerta.
—No puedo creer que hayamos pillado al cabrón. Llevaba semanas escurriéndose de nuestra red.
Dmitri encaja su corpachón en el asiento, como un oso en una jaula demasiado pequeña.
—Hay que reconocérselo. Es muy bueno. Hay que tener huevos para intentar tumbarnos así.
La risa le sacude los hombros, pero veo que le brillan los ojos con la emoción de la caza, y el destello de metal bajo la chaqueta demuestra que está listo para encargarse de esta molestia.
Yo también estoy más que listo para arrancarme esta espina clavada.
Quién sabe cuánto habrá descubierto sobre los negocios de la Bratva o por qué nos tiene en el punto de mira.
Pero pienso usar cualquier medio necesario para sacarle la información.
Con suerte, será lo bastante listo como para contarme lo que quiero saber de inmediato, y así su muerte será mucho más rápida y menos dolorosa.
Cuando llegamos a la dirección, me sorprende ver que es una vieja casa de posguerra, pequeña, de una sola planta, con tejado a dos aguas.
Se cae a pedazos. El revestimiento verde salvia, descolorido, está sucio y descascarillado por el sol y la sal; el musgo y el moho manchan el ladrillo visto; las tejas se curvan y se desprenden, y los listones de madera en las ventanas están rotos o directamente han desaparecido.
—Parece el típico sitio donde viviría un hacker —dice Dmitri antes de salir a duras penas del todoterreno.
—Esto no parece un lugar donde viviría un hacker de éxito —murmura mi conductor en un inglés con fuerte acento, mirando la casa con hostilidad.
—Supongo que no —coincido. Aunque tiene bastante éxito como para hackear nuestra seguridad, lo cual no es fácil. No con el sistema que tengo montado.
Solo entiendo adónde va el dinero cuando mis hombres encuentran un sótano en la casa aparentemente vacía. Varias torres zumban bajo un amplio escritorio pegado a una pared, y sus costosos monitores brillan en la habitación sin ventanas.
Cuando mis hombres me dan el visto bueno, me acerco a los monitores, cada uno con múltiples ventanas abiertas en un caos que refleja el trabajo del hacker.
—Evgeny.
Me acerco a donde está Dmitri y me inclino para mirar de cerca una de las pantallas. Tiene la boca apretada en un gesto sombrío. Entiendo por qué cuando miro más de cerca. Archivos de la Bratva. Archivos comprometedores. Archivos que vinculan a la Bratva Kucherov con Kucher Enterprises.
Y conmigo.
Un ruido nos pilla desprevenidos, y todos en la habitación giramos hacia la figura que emerge de una puerta tan hundida en las sombras que nos había pasado desapercibida.
Por un momento, el tiempo se congela. La figura clava la mirada en nosotros, en nuestras armas, y nosotros en ella.
Con un jadeo, el cuenco de comida que lleva en las manos cae al suelo derramando su contenido líquido, y la figura sale disparada por donde ha venido.