3 #2
No tengo que dar ninguna orden antes de que mi equipo salga tras el hacker, precipitándose por la puerta. Se oye un estruendo seguido de un alarido y un grito de dolor que se corta en seco.
Dmitri reaparece y me da el visto bueno, y los hombres me abren paso en el espacio estrecho.
Uno de mis hombres tiene a la figura contra la pared de lo que resulta ser una pequeña cocina improvisada en lo que imagino era un trastero. Hago un gesto con la barbilla, y él agarra a la figura por el cogote antes de estamparla de nuevo contra la pared.
Solo que no es un él, es una ella.
Es ella.
Me reconoce en el mismo instante, con los ojos abiertos como platos y las cejas arqueadas casi hasta la raíz del pelo.
Joder.
Eva Volkova es la hacker.
Tras la incredulidad viene una ira abrasadora. Es demasiada coincidencia. La pelea de anoche, ella y su hermano en el club de Dmitri justo cuando yo estaba allí.
—Están invadiendo propiedad privada. Salgan de aquí antes de que llame a la policía —escupe la mujer. La ronquera de anoche ha desaparecido de su voz, sustituida por veneno y algo más que un toque de miedo.
Pero todavía no sabe lo que es el verdadero miedo.
El tipo que la sujeta debe de ver la expresión de mi cara porque se apresura a apartarse, cambiándome el sitio. Retira la mano, y ella aprovecha el momento para intentar escapar: patea y se lanza hacia un lado.
Tiene agallas, pero Eva no tiene adónde ir en la habitación tan estrecha. Un instante después, mi mano le rodea la garganta, la arrastra hacia atrás y la estampa contra la pared. Aprieto el puño hasta que deja de retorcerse.
Ahora veo auténtico miedo en sus ojos. Lo veo cuando todo el color desaparece de su rostro.
Lo percibo en cómo se queda paralizada bajo mi agarre.
También lo veo cuando su atención se desvía hacia las cicatrices del lado de mi cara que oculté anoche.
Sus ojos se abren aún más, y mi ira se aviva ante la reacción.
—¿Y qué crees que podrá hacer la policía? —El ronroneo retumba en mi garganta mientras domino el impulso rabioso de cerrar el puño y aplastarle la tráquea. Su garganta se mueve contra mi mano en un trago convulso, con los ojos clavados en los míos como los de una presa paralizada.
—Si vas a matarme, hazlo ya —sisea. Un destello de admiración por su valentía ante el peligro me arranca una media sonrisa, al igual que sus siguientes palabras.
—Solo hazlo en otro lugar para que mi familia no lo vea.
—¿Crees que tienes algún poder de negociación? ¿Te metiste con la Bratva Kucherov y pensaste que podrías salirte con la tuya?
Mi sonrisa es bestial, y ella tiembla, intentando alejarse mientras le dedico una mueca lobuna y gélida.
—Iba a matarte, deshacerme de todos los archivos que encontraste, destruir tus ordenadores. En cambio, tengo una propuesta para ti.
Casi puedo sentir la mirada de Dmitri clavada en mi nuca, mientras él se pregunta qué demonios estoy haciendo.
Lo inteligente sería matarla y acabar con esto.
Pero otra idea empieza a tomar forma, una que puede convertir esta situación en una ventaja para mí.
Y sé exactamente cómo conseguir que acepte.
—Vienes conmigo, trabajas para mí. Usas tus habilidades como yo considere oportuno.
Sus ojos se entrecierran. —¿Y mi otra opción?
—No hay otra opción, señorita Volkova. Trabajas a cambio de la seguridad de tu familia.
Creo que tienes dos hermanos y una hermana, ¿no es así?
¿Tu hermana menor tenía ensayo de orquesta hoy?
Tu hermano mayor tuvo turno en Enzo's Pizza después de su clase de Análisis Empresarial, ¿no es cierto? ¿Tu padre fue a comer a Kashta?
Los ojos de Eva se abren de nuevo y empieza a temblar bajo mi mano, mientras el sudor le perla la frente.
Mi sonrisa desaparece y me inclino hasta poder susurrarle al oído. —¿Quieres saber qué les pasa a quienes me traicionan? Te lo diré si lo pides amablemente. Espero que no seas aprensiva, porque no es agradable.
La respiración de la mujer se acelera, su pulso se dispara bajo mi mano, y me aparto para mirarla a la cara.
—Elige ahora. Trabaja para mí o comprueba si voy de farol y verás qué pasa.
—¡Bien, lo haré! —Eva se apresura a aceptar.
Mi mano permanece en su garganta un momento más, nuestras miradas fijas, mientras aprieto el agarre hasta que su respiración se vuelve ronca. Tropieza cuando la suelto y cae directamente en los brazos de uno de mis hombres.
—Traedla a ella y todo su equipo. Quiero que parezca que nunca estuvo aquí. Matad a cualquiera que entre por la puerta.
—¡No!
Su grito me sigue hasta fuera, y Dmitri también. Aunque no me cuestiona ahora, sé que tendrá preguntas en cuanto estemos a solas.
Acabo de perdonarle la vida a alguien que desafió a la Bratva cuando cualquier otro habría muerto. Pero todo esto encajará en mi plan.
En cuanto tenga algo más que un atisbo de uno.
El adelanto termina aquí…