Reclamada por el jefe (Papitos de la Mafia Pecaminosos 1) 1
91%

1

EVA

—Voy a matar a este chico.

Siento el bajo retumbando en las suelas de mis zapatos antes de oír siquiera la canción.

Mis tacones marcan el ritmo mientras avanzo por el pasillo oscuro y lleno de humo.

Es difícil no retroceder tambaleándome. La música, las luces estroboscópicas y el palpitar de la multitud inundan mis sentidos, y por un momento casi salgo corriendo por donde he venido.

En cambio, sigo adelante, abriéndome paso entre la gente del club con vestidos cortos y trajes horteras, corbatas aflojadas o colgando del cuello. Es difícil distinguir un rostro de otro en este lugar, y mucho menos encontrar a quien busco.

—¿Dónde demonios está Jordan? —pregunto cuando por fin diviso el pelo claro de Damon, despeinado como siempre, como si acabara de levantarse de la cama sin molestarse en mirarse al espejo. Está encorvado sobre una copa en la barra, con los ojos entrecerrados.

—Vaya, mírate —dice Damon, repasándome con la mirada de una forma que no se atrevería si estuviera sobrio—. ¿Eso es lo que escondes bajo todas esas sudaderas holgadas?

—Cierra la puta boca antes de que te la cierre yo, Damon.

Esta noche no tengo paciencia, y no pienso aguantar a este imbécil cuyas miradas asquerosas llevo soportando desde que él y mi hermano se hicieron amigos en tercero de la ESO.

—No mates al mensajero —se encoge de hombros y da un sorbo a lo que sea que tenga en el vaso—. ¿No deberías darme las gracias por sacarte de tu guarida del sótano?

Con sus ángulos marcados, cuero oscuro, acero visto y lámparas de araña de cristal, este club no es lo mío. Paso los días en un sótano sin ventanas porque quiero, lejos de la gente, rodeada de mis monitores y el suave zumbido de sus torres.

—Solo dime dónde coño está, Damon. Y ¿no eres un poco, no sé, menor de edad para estar en la barra? ¿O para estar en este club, ya puestos?

Ya me duele la garganta de gritar para hacerme oír por encima de la música.

Su única respuesta es encogerse de hombros.

—Como si aquí les importara mientras tengan mi dinero.

—Estoy bastante segura de que les importará si sale en las noticias que el Club Empire sirve a menores. ¿Crees que les hará gracia? —digo con toda la amenaza que puedo.

Damon niega con la cabeza y deja el vaso sobre el mostrador de mármol con un golpe seco.

—Lo que sea. Total, ya me iba a casa.

—¿Dónde está?

—No sé dónde está. En algún lugar del club. Se fue con unos tipos hace un rato y no lo he vuelto a ver.

El club es enorme, con una pista de baile abarrotada más allá de la barra. Por no hablar de que seguro que hay reservados a los que no voy a poder colarme, lo que significa que mi hermano idiota podría estar en cualquier parte.

—Eva.

Me vuelvo hacia el amigo de mi hermano mientras se baja del taburete. Un destello de miedo ha sustituido la mirada vidriosa en sus ojos.

—Ten cuidado. Esos tipos tenían mala pinta, y ya sabes en qué anda metido Jordan últimamente.

No lo sé. No exactamente. Pero se rumorea que este club tiene conexiones con la Bratva Kucherov, y eso ya es bastante malo. No es gente con la que quieras meterte. Kucherov.

—Maldito imbécil —gruño entre dientes, pero no me refiero al chico cuya cabeza rubia veo abrirse paso entre la multitud hacia la salida, sino al tipo al que he venido a sacar de problemas. No me bastarían los dedos de las manos para contar cuántas veces he tenido que salvarle el culo.

Alguien grita cuando cambia la música, aunque es difícil oír la melodía por encima del ritmo atronador del club.

Entonces más gritos se suman al primero, y la multitud, que me empujaba en una dirección, retrocede de golpe como una resaca y me arrastra con ella.

Soy demasiado pequeña para resistirla, así que lo único que puedo hacer es cubrirme la cabeza e intentar mantenerme en pie para que no me pisoteen.

La multitud se despeja justo a tiempo para que vea a un hombre corpulento con un traje barato agachar la cabeza y embestir a un chico alto de pelo oscuro plantado en medio de la pista de baile, ahora vacía.

—¡Jordan!

El grito me sale de la garganta antes de que sea siquiera consciente del impulso de gritar el nombre de mi hermano. Y entonces echo a correr, tacones y todo, y me lanzo contra el tipo que tiene agarrada la camiseta de mi hermano con una mano mientras le estrella el puño en la cara una y otra vez.

Ni siquiera soy consciente de lo que hago mientras el zumbido de la adrenalina y la sangre en mis oídos ahoga la música y todo lo que pasa a mi alrededor. Lo único que sé es que soy un torbellino de brazos y piernas, que golpeo todo lo que alcanzo para que el tipo suelte a Jordan.

Mi hermano se tambalea hacia atrás cuando el tipo por fin lo suelta, con sangre que le brota de la nariz, ahora torcida, y un enorme cardenal que le florece en una mejilla.

—¡Jordan, corre!

Apenas consigo pronunciar las palabras cuando una mano me agarra del hombro, me da la vuelta tan rápido que se me corta la respiración y me lanza lejos como si no pesara nada.

El grito de Jordan con mi nombre se mezcla con la sensación de volar por el aire antes de golpear algo, y el dolor explota y bloquea cada pensamiento y sonido mientras mi visión se nubla y se vuelve gris.

Levántate. El pensamiento resuena en mi cabeza, pero mi cuerpo no responde. ¡Levántate, levántate, levántate!

—Jordan…

Me zumba la cabeza, se me nubla la visión, y es como si alguien me hubiera dado con un martillo en la frente. Lucho contra el dolor y me incorporo hasta quedar de rodillas, apoyándome en la pared contra la que estoy desplomada.

—Jordan—

Mi voz suena más fuerte ahora, pero mientras el mundo se inclina violentamente, todavía no tengo estabilidad suficiente para ponerme de pie y volver a la pelea.

Jordan tiene a uno de los tipos en el suelo, y ahora le toca a él asestar golpe tras golpe mientras el otro tipo intenta apartar a mi hermano.

Una sombra se mueve a mi lado antes de transformarse en una figura imponente que se alza sobre los tres cuerpos enredados en la pista de baile. Parpadeo, y vuelvo a parpadear, tratando de despejar la vista para ver qué está pasando.

Pero no es una sombra, ni una alucinación provocada por el golpe contra la pared. Bajo las luces estroboscópicas, distingo que la figura es un hombre trajeado que se mete en la pelea.

Intento ponerme de pie, recuperar el equilibrio. Pero me tambaleo y fracaso, y vuelvo a desplomarme. La cabeza me da vueltas y me palpita de dolor.

—¡Jordan! —vuelvo a gritar con el poco aliento que acabo de recuperar—. ¡Cuidado!

Sé que mi hermano pequeño no puede enfrentarse a tres contra uno. Ni siquiera puede con dos contra uno. Le van a dar una paliza pase lo que pase.

El hombre lanza un puñetazo que impacta en el estómago del tipo que está encima de Jordan. El tipo se dobla, inmovilizado al instante, incapaz de defenderse mientras el recién llegado lo arranca de encima de mi hermano.

Jordan se tambalea hacia atrás, liberado del peso sobre su espalda, y rueda justo cuando el primer tipo logra ponerse en pie con torpeza, el brazo ya en alto, listo para otro golpe. Jordan se encoge y levanta las manos para protegerse de un golpe que nunca llega.

Aquel hombre descomunal tiene la muñeca del tipo atrapada en un agarre mortal del que no parece poder liberarse.

Se retuerce y tira hasta que mira a la cara del hombre que lo sujeta.

Los ojos del tipo se abren de par en par, la boca en una «O», antes de que un golpe le alcance bajo la barbilla.

La cabeza se le va hacia atrás y se desploma en el suelo mientras la figura sombría lo suelta.

Las luces estroboscópicas desaparecen. La pista de baile queda sumida en una penumbra polvorienta y humeante cuando la música se detiene y solo quedan los ecos, mientras los dos porteros de fuera se abren paso entre la multitud.

El hombre del traje suelta una orden en ruso, saquen a estos dos de aquí de una puta vez, y se apresuran a obedecer. Arrastran a los dos hombres medio inconscientes fuera de la pista de baile.

Al incorporarme, me doy cuenta de que Jordan también se ha escabullido entre la multitud.

—Maldita sea —murmuro. Tanteo con cuidado la zona que me palpita en la cabeza y los dedos me salen manchados de sangre. Ya me resbala por un lado de la cara, y sé que si miro hacia abajo, también la encontraré en el vestido.

—¿Estás bien?

El hombre del traje se cierne sobre mí, y entrecierro los ojos al alzar la vista, recorriendo lo que parece un kilómetro y medio hasta llegar a su cara.

—Dios, qué alto eres —murmuro antes de tragar saliva—. Estoy bien. Solo un poco magullada.

—¿Perdiste el conocimiento? —El hombre se arrodilla para quedar justo frente a mí, y se me corta la respiración.

El mundo se desvanece lentamente mientras mis sentidos se concentran en él.

El ruido, las luces intermitentes, el agobio de la gente del club apiñada a nuestro alrededor.

.. todo desaparece. Solo veo al hombre agachado frente a mí, el verde intenso de sus ojos que me atrae hasta el punto de que nada más importa.

Dios santo, el tipo está buenísimo. Tiene la cara casi toda en sombras, pero aun así distingo el pelo revuelto, la mandíbula marcada, la forma casi elegante de sus rasgos. Por no hablar de la anchura de sus hombros y su pecho, ahora que está tan cerca.

Nos miramos fijamente tanto tiempo, sin apartar la vista, que no sé si ha pasado un minuto o un año, hasta que el destello de una luz estroboscópica me devuelve a la realidad.

—No —logro decir. Trago saliva con la boca de repente seca como el desierto—. No creo, al menos.

—Mmm —el sonido le retumba en el pecho, y esas mismas manos que, en dos golpes, tumbaron a los tipos que atacaban a Jordan, ahora sostienen mi cabeza con delicadeza mientras me palpa donde me di contra la pared.

—Creo que vas a sobrevivir —dice con un deje de diversión en la voz, antes de incorporarse cuan alto es.

Estoy intentando armarme de valor para ponerme de pie cuando él me tiende la mano.

La acepto y dejo que me levante. Pero es demasiado rápido, y la sangre se me baja de golpe de la cabeza a los pies.

Me tambaleo sobre las piernas, que se me han quedado como de gelatina, mientras el mundo se inclina peligrosamente.

—Tranquila.

Su brazo se cierra en torno a mi cintura. Es solo para sujetarme, lo sé, pero me envuelven su aroma y su presencia, y me apoyo en él agradecida. Por no hablar del escalofrío que se instala como un calor en el centro del estómago.

—¿Qué te parece si te curamos eso y te damos algo para el dolor de cabeza?

—Claro. ¿Dónde? —pregunto.

—En la oficina del fondo. Allí hay un botiquín.

—¿La oficina del fondo?

—El dueño es amigo mío —responde.

No es que me tranquilice mucho, pero al menos el dueño del local no hará que nos arresten cuando nos encuentre en su oficina.

La multitud se abre ante nosotros mientras me guía hacia el otro lado del club, apartándose como el agua del aceite. Es extraño, y la atención me incomoda, porque todos los ojos siguen nuestro lento avance.