EPÍLOGO EXTENDIDO
DAMIEN
Tres años después
Lyra llama suavemente a la puerta de mi despacho, pero no espera mi respuesta. Nunca lo hace. Antes castigaba a los hombres por interrumpirme con tanta informalidad, pero Lyra sabe que nunca tiene que esperarme. Siempre me alegro de verla.
Lleva esa expresión que conozco demasiado bien, una mirada de satisfacción tras terminar algo complicado, el brillo de un trabajo bien hecho. Se inclina y me besa, apenas un roce de labios, pero puedo percibir la sonrisa que contiene.
—Por fin terminé la actualización del software —anuncia—. Todo debería funcionar mejor ahora. Sin fallos, sin retrasos. Puede que hasta recibas menos llamadas de pánico del equipo de sistemas, para variar.
Sonrío con suficiencia y la atraigo hacia mí hasta que acaba sentada en el borde de mi escritorio.
—Lo dices como si no acabaras de lograr algo que a la mayoría de las empresas les costaría un equipo de veinte personas.
Se encoge de hombros, modesta como siempre, aunque le brillan los ojos.
—Bueno, tuve un poco de ayuda.
Poso la mano en su muslo y aprieto suavemente.
—Sin ti, Integrated Systems iría cojeando. Acepta el mérito de vez en cuando.
Se le sonrojan las mejillas, pero no discute. Ha aprendido que no halago porque sí.
—Bien —dice, ladeando la cabeza—. Pero quiero más que reconocimiento. Quiero que nos vayamos de vacaciones.
No puedo evitar recordar nuestras primeras vacaciones, aquella isla privada donde vio por primera vez quién era yo realmente. Todo cambió entre nosotros allí. Volvimos a la misma isla para nuestra luna de miel, dejamos a Damien Jr. con su hermana y pasamos la semana entera desnudos en la playa.
—¿La isla? —pregunto—. Ha pasado demasiado tiempo desde que vimos salir el sol desde esa playa.
Sonríe y niega con la cabeza.
—Por muy tentador que suene, pensaba más bien en el pequeño. Junior se aburriría muchísimo con solo arena y olas. Necesita árboles a los que trepar, senderos que explorar, algo que queme esa energía inagotable.
Sus palabras pintan una imagen de nuestro hijo corriendo por un sendero, el pelo al viento, la risa resonando. Puedo verlo tan claramente como si ya estuviera allí.
—Tenemos la cabaña en la montaña —sugiero—. Tendría mucho aire fresco, espacio para correr y nadie a kilómetros. Estará demasiado cansado para protestar cuando lo acostemos.
Se ríe y se inclina para besarme de nuevo.
—Justo lo que estaba pensando. Pues la cabaña.
El beso se prolonga, más dulce esta vez.
Su mano se desliza por mi pecho antes de apartarse.
Se pone de pie y se cuelga el bolso del hombro; entonces su mano descansa sobre la pequeña curva de su vientre.
Ya se le nota lo suficiente como para que yo perciba el abultamiento, y se me encoge el pecho igual que la primera vez.
—Esta pequeña también necesita un poco de aire fresco de montaña —dice suavemente.
Mis ojos siguen la línea de su mano mientras mis pensamientos vuelan hacia la imagen de una hija envuelta en mantas rosas, con sus deditos enroscados en los míos.
La idea de que nuestra familia esté a punto de crecer de nuevo me llena del mismo asombro que sentí cuando me dijo que estaba embarazada hace tres años.
—Estoy de acuerdo —murmuro mientras me pongo de pie para besarle la frente—. Le daremos el mejor aire que existe.
Sonríe y se da la vuelta para irse, ya hablando de listas de equipaje y de si necesitaremos comprarle a nuestro hijo otro par de botas, porque se le quedan pequeñas tan rápido como ella puede comprarlas.
La observo alejarse: el balanceo de sus caderas, el brillo en su expresión, cómo tararea suavemente mientras desaparece por el pasillo.
El despacho vuelve a quedar en silencio, pero no me importa.
Me giro en la silla y miro las fotos enmarcadas en la esquina de mi escritorio.
Una es de nosotros el día de nuestra boda.
No fue el espectáculo que la gente esperaba de un hombre como yo.
Fue íntima. La sala estaba llena solo de quienes importaban.
Alek estuvo a mi lado como padrino, con su habitual humor agudo sustituido por algo más solemne.
Becca, radiante como dama de honor, sostuvo a nuestro hijo en brazos durante toda la ceremonia, meciéndolo suavemente mientras pronunciábamos nuestros votos.
Damien Jr., de apenas unos meses, se quejó una vez y luego se durmió contra su hombro, como si hasta él entendiera lo que significaba aquel día.
El fotógrafo captó a Lyra riéndose de algo que le susurré, con el velo atrapado en la luz, los ojos brillantes. Estaba tan hermosa aquel día que apenas podía respirar, y sin embargo ahora es más hermosa todavía.
Paso un dedo por el borde de la foto, pensando en lo lejos que hemos llegado. Mi hijo ya me llama papá con orgullo. Tengo una hija en camino y una esposa que me ha dado más alegría de la que creí posible.
La palabra completo me viene a la cabeza, aunque sé que es mejor no poner límites. Si Lyra me dice que quiere más hijos después de esta, se los daré. Si dice que con dos basta, me conformaré. La elección es suya, siempre.
La ciudad se extiende más allá del muro de cristal de mi despacho, pero ya no siento ninguna atracción hacia ella.
Durante años, cada rincón me exigió algo.
Control, violencia o vigilancia. Ahora me parece más pequeña, menos importante.
Construí mi poder, lo defendí, y ahora se lo he entregado a Alek, un hombre en quien confío mi vida.
Lo ha llevado adelante durante los últimos tres años, y está mucho más preparado para el papel de lo que yo lo estuve jamás.
Últimamente no habla tanto del negocio, y se lo agradezco. Tengo algo mejor esperándome en casa.
Me recuesto en la silla, con las manos cruzadas sobre el pecho, y me permito pensar en la cabaña.
La nieve todavía se aferra a los picos incluso en primavera, el fuego crepita en el hogar de piedra, Lyra acurrucada contra mí con el vientre cálido y redondo, nuestro hijo persiguiendo sombras entre los árboles hasta que entra oliendo a tierra y pino.
Nuestra hija nacerá pronto en ese mundo, un mundo más limpio y tranquilo que el que casi le arrebató a su madre.
Durante mucho tiempo, creí que mi vida terminaría en violencia. Ahora sé que estará definida por el amor.
A la mañana siguiente, Lyra se mueve despacio por el ático, una mano en el vientre, la otra rozando sillas y encimeras como si los estuviera memorizando. Junior la sigue, aferrando su lobo de peluche y narrando una batalla que solo él puede ver.
Repaso la última bolsa con la lista que hice anoche.
Pañales, tentempiés, cargadores, un botiquín de primeros auxilios, los cochecitos de madera sin los que se niega a dormir.
Hoy dejamos atrás la ciudad y la cambiamos por la tranquilidad de la montaña.
Me cuelgo la bolsa al hombro y vuelvo a por Lyra.
Entrelaza sus dedos con los míos, y estudio su rostro como siempre, buscando cualquier señal de que el embarazo la esté desgastando. Parece cansada, pero tiene luz en los ojos y un asomo de sonrisa. Junior me golpea la pierna con su lobo y anuncia que está listo. Le digo que le creo.
El viaje fuera de la ciudad es como ir deshaciendo un nudo.
Los edificios dan paso a campos, y los campos al bosque.
Junior cuenta puentes hasta que se aburre, luego se acurruca en el regazo de Lyra y se queda dormido.
Ella le acaricia el pelo con una ternura que me conmueve cada vez.
Apoyo la mano sobre la curva de su vientre, un calor constante bajo la palma, y observo cómo el camino se despliega ante nosotros.
Cuando la cabaña aparece a la vista, el sol ya ha subido y los árboles se alzan como centinelas a ambos lados del camino de grava.
El porche rodea tres lados de la casa; la terraza reluce en un tono marrón miel bajo la luz.
Las puertas y paneles que mandé instalar están en su lugar, con los pestillos colocados en alto para que Junior no pueda alcanzarlos.
Las barandillas son más altas de lo que exige la normativa.
Algunos lo llamarían paranoia. Yo lo llamo ser padre.
Subo los escalones con Junior en brazos mientras Lyra sigue a su propio ritmo, con la mano apoyada en la espalda.
La cerradura hace clic y la casa exhala cedro y piedra, el aroma de la quietud.
Dejo a nuestro hijo en el suelo y sale disparado hacia las puertas de la terraza, pegando las manos al cristal para mirar los pájaros que saltan por la barandilla.
Arrastro la tumbona que mandé hacer a medida para Lyra hasta un rincón soleado.
Se hunde en ella con un suspiro de alivio mientras los cojines se amoldan a su cuerpo.
Junior vuelve a pegar la nariz al cristal y da saltitos hasta que abro la puerta corredera.
Sale disparado, se detiene en seco ante la barandilla y empieza a señalar todos los pájaros que ve.
—Esto es perfecto —dice Lyra, echando la cabeza hacia atrás para recibir el sol.
—Desde luego que sí —respondo mientras acerco la silla, la rodeo con los brazos y le beso la coronilla.
Alza el rostro para besarme, un beso suave y seguro, y los años transcurridos desde la primera vez que la estreché entre mis brazos hasta ahora se alinean en una secuencia que por fin cobra sentido.
Junior descubre la caja de piedras y piñas que dejé en la terraza el verano pasado.
Se agacha con la seriedad de un ingeniero y las ordena en filas que solo él entiende.
Me siento a su lado y da palmaditas en las tablas como si me concediera un asiento en su mesa.
Construimos un camino juntos y él pasa su coche por encima imitando el ruido del motor.
Lyra nos observa con alegría. Tiene los pies descalzos estirados al sol, y arqueo una ceja al ver su vaso de agua intacto.
Intenta ignorarme, pero como no aparto la mirada, suspira y da un sorbo.
Nuestra hija patea bajo su mano y cruzo la terraza para arrodillarme a su lado.
Poso la palma sobre la pequeña curva de su vientre y le hablo a nuestra hija: le describo los árboles, el arroyo y cómo su hermano se ha proclamado el conductor más rápido del mundo.
Junior come a rachas, tres bocados por cada vuelta que da alrededor de la mesa. Le ofrece a su lobo un trozo de sándwich y luego finge ofenderse cuando el lobo «rechaza». Lyra se ríe tanto que tiene que sujetarse la tripa, y no puedo apartar los ojos de ella, grabando ese sonido en mi memoria.
Cuando a Junior por fin se le cierran los ojos, lo llevo a la habitación del fondo, la de las cortinas color musgo. Lo arropo con el edredón que mi madre guardó doblado en un baúl durante años.
Cuando vuelvo, Lyra se ha quedado dormida en la tumbona, con un brazo sobre los ojos. Le echo una manta por encima y me siento cerca.
Por la tarde, recorremos el sendero circular del bosque.
Junior corre por delante dando patadas a las hojas hasta que se le llenan los zapatos de tierra.
Lyra camina más despacio, con paso firme, y me da la mano cuando el terreno se vuelve irregular.
En el arroyo, hacemos saltar piedras y construimos presas con palos.
Junior exige salpicaduras más grandes, y yo le complazco con rocas que lanzan el agua bien alto.
Aplaude con los brazos en alto, victorioso, y grabo en mi memoria cómo su risa rebota entre los árboles.
De vuelta en la cabaña, las sombras se extienden por el claro.
Enciendo la parrilla mientras Junior se sube a su taburete y va comentando cada vuelta que le doy al maíz y al pollo.
Dice que el humo significa que el cielo tiene hambre, y sonrío al ver cómo funciona su cabecita.
Lyra corta tomates y se detiene de vez en cuando para posar la mano en el vientre cuando nuestra hija se estira.
Después, encendemos la fogata. Junior asa nubes con una concentración feroz; pierde la primera entre las llamas, pero la segunda le sale perfecta.
Se la presenta a Lyra como un trofeo. Ella la declara la mejor de la historia y él se hincha de orgullo.
Le preparo otra y le añado una onza de chocolate.
Cuando el fuego se reduce a brasas, lo llevamos dentro a acostar.
Elige dos libros, cambia de opinión tres veces y luego decide que su lobo necesita los dos cuentos de todas formas.
Lyra y yo nos turnamos para leer hasta que se queda dormido a mitad de frase.
Lo arropo con el edredón y le beso la cabeza.
Cuando vuelvo, la sala está cálida y el fuego de la chimenea pinta las paredes de dorado.
Lyra se estira en el sofá y me siento a su lado; le subo los pies a mi regazo.
Le masajeo las pantorrillas y los tobillos con cuidado, y ella suspira como si se le hubiera quitado un peso de encima.
Volvemos a hablar de nombres para la niña, dando vueltas a los dos entre los que no nos decidimos.
Yo quiero algo fuerte; ella quiere algo versátil.
Acordamos que esperaremos a verle la cara.
Recogemos juntos en un silencio cómplice y luego salimos a la terraza una última vez. Las estrellas salpican el cielo, claras e infinitas. Lyra se apoya en mí y la rodeo con los brazos. Aspiro su aroma, y su olor familiar me serena.
Dentro, atenuamos las luces y nos metemos en la cama. Nos tumbamos cara a cara, con las manos entrelazadas, hablando de todo y de nada. Nuestra vida es segura y perfecta, y no la cambiaría por nada del mundo.
Fin