26
DAMIEN
He estado en todos los lugares donde merodean los perros de los Vasiliev, y en los sitios que podrían frecuentar, siguiendo patrones que llevo años estudiando.
Pero no encuentro nada. Cada paso es en vano.
Cada esquina, un callejón sin salida. Rurik está jugando con reglas nuevas.
Todo lo que creía saber sobre él ya no sirve de nada.
Estamos de vuelta en el cuartel general, el aire cargado de tensión.
Mis hombres están inquietos: se ladran unos a otros, van y vienen sin parar, sirven café que ninguno beberá, y no puedo evitar pensar que sus posturas son un reflejo de la mía.
Nadie lo dirá, y menos a mí, pero todos lo sentimos en lo más hondo. Lleva demasiado tiempo desaparecida.
Los monitores saltan de un canal a otro con conversaciones interceptadas, cada una un posible indicio, cada una otro callejón sin salida. He escuchado sus voces tantas veces que podría identificar a cada uno de los hombres de Rurik solo por el tono.
Los oigo hablar de la «chica» de una manera que me enfurece.
Todos saben que Rurik se ha llevado a alguien importante para mí, y se ríen de ello.
Hablan de lo estúpidos que somos y de cómo nos tienen persiguiéndonos la cola.
Si no lo supiera, pensaría que saben que los estamos escuchando.
Pero no lo saben. Son unos hijos de puta arrogantes, nada más.
He matado a hombres por ofensas menores.
Se me encoge el pecho de preocupación por Lyra.
No solo por ella, sino también por nuestro bebé.
El embarazo está lo bastante avanzado como para que no creo que el estrés nos arrebate al bebé, pero la preocupación tiene la costumbre de burlar la lógica.
Ella es increíblemente fuerte, pero no sé qué tan fuerte tendrá que ser ahora. Esto podría destrozarle el cuerpo.
Apoyo las manos en el respaldo de una silla, los nudillos blancos contra la madera oscura. Mis hombres me lanzan miradas furtivas, intentando calibrar el ambiente, pero la tormenta está escrita en mi rostro. Miro las pantallas y hablo en voz alta, más para mí que para nadie.
—Te encontraré, Lyra.
El silencio se rompe cuando Alek, encorvado sobre uno de los terminales, acciona un interruptor y me murmura:
—Estoy captando un nuevo canal, jefe.
Todos se inclinan hacia delante mientras la estática llena el espacio entre nosotros. Ajusta la frecuencia y un zumbido tenue se convierte en algo más nítido. Es la señal de uno de los micrófonos que habíamos colocado y olvidado.
Al principio, solo oímos a unos cuantos hombres hablando en voz baja, quejándose de que no les pagan para hacer de niñeras. Sé al instante que hablan de Lyra. Entonces mi esperanza se confirma cuando oigo movimiento, y después la voz de Lyra.
—¡Está viva! —jadeo. El alivio atraviesa mi pavor como un cuchillo, pero la herida que deja es profunda.
Un segundo después, oigo otra voz familiar que me hiela la sangre.
Es Rurik. Solo pensar que está a menos de seis metros de ella me revuelve el estómago.
Me enfurece de una manera que ni siquiera puedo explicar.
El terror me trepa por la columna. Cierro los puños con tanta fuerza que los huesos crujen.
Mis hombres no se mueven, esperando la orden que saben que llegará.
En la transmisión, sus palabras se abren paso con más claridad.
Suena cansada, pero noto que todavía está luchando.
Me aferro al hecho de que aún le quedan fuerzas para hablar.
Rurik le responde con voz baja y deliberada, impregnada de la arrogancia de un hombre que se cree intocable.
Intenta sacarme de quicio sin saber siquiera que lo estoy escuchando. Y lo consigue.
Cruzo la habitación de un lado a otro. Los hombres más cercanos mantienen la cabeza gacha, fingiendo estar absortos en sus pantallas, aunque sé que escuchan con tanta atención como yo.
Rurik se ríe, un sonido que quema más que cualquier insulto.
Imagino su mano demasiado cerca de ella, su aliento demasiado cerca de su oído, y veo rojo.
—Rurik ya está muerto —digo en voz baja, aunque todos me oyen—. Solo que aún no lo sabe.
Las palabras me anclan. Me dan algo en qué concentrarme. Lyra está viva, y lucharé hasta mi último aliento para que siga así.
Me acerco más a la pantalla y me coloco detrás de Alek, como si la proximidad pudiera de algún modo acercarme a ella.
El audio se aclara por un momento y capta su voz de nuevo, más nítida esta vez.
Cierro los ojos, la grabo en la memoria, la envuelvo a mi alrededor como una armadura.
Cada segundo que habla es prueba de que sigue luchando, sigue resistiendo.
Pero entonces Rurik la interrumpe. Sus palabras destilan burla: se burla de mí, de ella, de la idea misma de que pueda importarme. Quiero atravesar los cables, atravesar la estática, y meterle una bala entre ceja y ceja.
En cambio, agarro el respaldo de la silla de Alek hasta que la madera cruje.
—Rastréala —le ordeno.
Alek asiente. Sus dedos vuelan sobre el teclado mientras extrae coordenadas de fragmentos de intensidad de señal. No es fácil. La señal rebota, cambia, ha sido redirigida una docena de veces para ocultar su origen. Pero toda señal tiene un fallo. Toda voz deja un eco.
Oigo a Lyra de nuevo, más suave esta vez. Se me hace un nudo en la garganta. Quiero decirle que la oigo. Quiero decirle que voy a buscarla. Pero lo único que puedo hacer es quedarme aquí, encadenado a esta habitación, mientras su voz se desangra por los altavoces.
Los hombres a mi alrededor se remueven incómodos, oyendo lo mismo que yo, conscientes del peso de este momento. Ninguno habla. Saben que el silencio es sagrado.
Alek maldice entre dientes.
—La señal está rebotando por medio barrio. Podría llevarnos toda la noche.
—Pues trabaja más rápido —espeto.
Traga saliva y asiente, y se inclina más hacia el monitor.
Me doy la vuelta antes de que la rabia me consuma por completo. Alek no habla, pero su silencio me recuerda el equilibrio que debo mantener. Si me pierdo del todo, la pierdo a ella.
Bajo la voz. Hablo tanto para mí como para la habitación.
—Aguanta, Lyra. Ya voy.
Por fin oigo las botas de Rurik arrastrándose por el suelo.
Murmura algo a uno de sus hombres con voz cargada de autoridad, y luego una puerta se cierra con un golpe metálico definitivo.
Sigue el silencio, roto solo por el movimiento de los guardias más jóvenes que se quedan.
Se me afloja el pecho. Al menos se ha ido.
La voz de Lyra vuelve a oírse, suave y deliberada mientras habla con los guardias. Al principio creo que solo habla para mantenerse cuerda, pero luego me doy cuenta de que sus preguntas siguen un patrón. Los está guiando.
El guardia ni siquiera se da cuenta. Responde a sus preguntas sin pensar, como si fueran demasiado estúpidas para merecer su silencio.
Le dice la ubicación exacta del almacén, convencido de que no importará.
No puede saber que estamos escuchando. Y de repente caigo en que ella sí lo sabe.
Supongo que mi pequeño proyecto para ella no fue tan discreto como creía.
Doy un puñetazo en la mesa y grito: —¡Buena chica!
Mi voz retumba en la sala y sobresalta a la mitad de los hombres que están frente a los ordenadores. La sangre me hierve de alivio y rabia a la vez.
—¡Nos vamos! —les digo mientras ya me dirijo hacia la puerta.
El técnico de la consola me grita: —¡Te mando la dirección por mensaje! —pero apenas lo oigo.
Mis piernas ya me llevan por el pasillo antes de que termine de hablar.
Alek me pisa los talones sin que se lo haya dicho. Los demás van segundos detrás, con las botas golpeando el hormigón mientras nos dirigimos en tropel hacia el garaje. Las llaves tintinean, los motores arrancan, el lugar estalla en actividad.
Las luces de la ciudad se difuminan mientras atravesamos las calles a toda velocidad.
Me inclino hacia delante en el asiento del copiloto del todoterreno, con los ojos clavados en la cinta negra de carretera que tengo delante, la mandíbula tan apretada que me duele.
Alek conduce con los nudillos blancos sobre el volante, la mente ya en el almacén conmigo.
El segundo todoterreno se acerca por detrás, con los faros bajos y el motor rugiendo.
Un tercer vehículo toma la calle paralela, listo para cortar cualquier ruta de escape.
Solo puedo pensar en ella. La idea de que esté sentada en alguna silla inmunda, rodeada de escoria de los Vasiliev, hace que algo primitivo se retuerza en mis entrañas. Cada segundo que pasa es como si otra parte de ella se me escapara.
Alek me mira de reojo. —¿Entramos con ruido o en silencio?
—En silencio hasta que no podamos —respondo en voz baja—. No vamos a desperdiciar balas. Vamos directos a por ella y solo peleamos para salir cuando no quede más remedio.
Asiente una vez y expone el resto sin que tenga que pedírselo.
—Voy a colocar dos equipos en los flancos, uno en el acceso al tejado, otro controlando la red eléctrica. Entramos por la puerta de servicio este. Tú vas en cabeza.
Gruño en señal de aprobación. Es exactamente lo que yo habría planeado. Llevamos tanto tiempo trabajando juntos que ya somos prácticamente una sola mente.
El trayecto pasa volando, pero mis pensamientos se arrastran.
Pienso en su mano en la mía en la villa, en cómo me miró cuando le dije que la amaba.
Pienso en el hijo que lleva en el vientre, una parte de los dos.
Y luego pienso en Rurik. El hombre que se llevó a mi padre.
El hombre que cree que puede llevársela a ella.
Imagino su cara cuando le ponga el cañón en la frente y lo borre de este mundo. Esa imagen me serena.
Salimos de la carretera principal y entramos en un sector industrial que duerme intranquilo por la noche.
Los almacenes se alinean en filas, con las ventanas a oscuras y los solares vacíos salvo por remolques oxidados y el parpadeo ocasional de alguna luz de seguridad.
La dirección del técnico aparece en mi teléfono. Justo donde dijo el guardia.
—Apaga las luces —ordeno.
Alek pulsa el interruptor y el todoterreno se funde en la oscuridad. Nos detenemos a dos manzanas de distancia; los neumáticos crujen una vez sobre la grava antes de asentarse. Los motores se apagan. La noche nos engulle.
Las puertas se abren con una sincronización casi perfecta. Mis hombres se despliegan en abanico con los rifles pegados a los hombros, las sombras alargándose sobre el pavimento roto. El aire sabe a aceite y salitre. A lo lejos, un remolcador hace sonar la bocina. El sonido me resuena en los huesos.
Nos dividimos. Dos hombres se separan para rodear la parte trasera, con las botas apenas rozando el suelo. Otro par se dirige hacia la puerta del muelle sur. Un tercer equipo avanza hacia el tejado. El resto mantiene el perímetro, con los ojos en todos los ángulos.
Alek se queda conmigo, como siempre. Revisa el rifle una vez, luego la pistola que lleva al costado, y me hace un rápido gesto de asentimiento.
Avanzamos juntos hacia la pared este. El calentador traquetea contra el revestimiento ondulado. Una sola cámara de seguridad apunta hacia el solar, ajena a su propio punto ciego. Me agacho para comprobar ángulos y buscar movimiento en las ventanas de arriba. No hay nada más que oscuridad.
—¿Listo? —susurra Alek.
Enrosco el silenciador en la pistola y meto una bala en la recámara. —Sí.
Nos pegamos a la pared, manteniéndonos en su sombra.
El pulso se me ralentiza, nítido y limpio.
Todos los sentidos se agudizan. Huelo los cigarrillos baratos de los guardias del interior.
Oigo el roce de una pata de silla contra el hormigón.
Casi puedo sentir la presencia de Lyra a través de la fina lámina de metal que nos separa.
Este es el último tramo. Después de esto, nada me separará de ella.
Le hago una señal a Alek. Nos colocamos junto a la puerta de servicio. Saco una ganzúa del bolsillo, la deslizo en la cerradura barata y siento cómo los pernos van cediendo uno a uno. El cilindro gira. El pestillo cede. La puerta se abre sin resistencia.