Reclamada por el jefe (Papitos de la Mafia Pecaminosos 1) 20
57%

20

DAMIEN

La ciudad suena mucho más fuerte tras el silencio de nuestras vacaciones tropicales. Suspiro hondo y contemplo el horizonte, todo acero y ángulos, tan austero comparado con las palmeras y el océano. El aire pesa más, es más áspero.

Miro a Lyra mientras el coche se detiene frente a su apartamento.

Tiene la mano en la mía, los dedos suaves y aún cálidos.

Ha estado callada durante todo el trayecto.

No creo que sea agotamiento, debe de ser otra cosa.

Está volviendo a levantar sus muros. Quizá esté pensando en todo el estrés que dejó atrás y en todas las razones por las que antes no debería haber estado conmigo.

Me inclino y la beso, lento y profundo, con una mano en su mejilla.

Sus labios se abren para mí, y me tomo mi tiempo para saborearla, para memorizarla de nuevo ahora que estamos de vuelta en esta otra vida.

Siento cómo se relaja y se inclina hacia mí.

Sus dedos se aferran a la solapa de mi chaqueta como si no quisiera soltarse.

Yo tampoco quiero, pero tengo que hacerlo.

Hay trabajo esperándome al otro lado de la ciudad. Estas vacaciones fueron una distracción, pero el tiempo se agota para Rurik, y tengo planes que trazar. La beso de nuevo antes de apartarme, con la frente apoyada en la suya.

—Te llamaré esta noche —murmuro.

Ella asiente, pero un destello de preocupación le cruza la mirada.

Intenta ocultarlo, se le da bien. Estoy aprendiendo a leerla.

Le doy un último beso en la comisura de los labios, luego le aprieto la mano antes de que salga del coche y desaparezca en el edificio.

Solo cuando la puerta se cierra finalmente exhalo y me vuelvo hacia mi conductor.

—Vamos —digo.

Alek tiene nuestro cuartel general en un viejo edificio de ladrillo cerca de Canal, encajado entre dos propiedades que llevamos décadas poseyendo. Desde fuera, parece abandonado, uno más entre cien edificios anónimos. Es el lugar perfecto para planear nuestro ataque.

Mis hombres me esperan dentro. Alek ya está en la cabecera de la mesa, con los brazos cruzados y la postura tensa. Mikhail y otros dos están de pie frente a la pantalla que ocupa toda la pared del fondo, estudiando las últimas transmisiones de localización.

Se enderezan cuando entro, todos en silencio.

Alek asiente.

—Has vuelto.

—Ponme al día.

Señala hacia la pantalla, y uno de los otros empieza a pasar imágenes: fotografías de drones, firmas térmicas, imágenes de satélite.

—Rurik se adelantó —dice Vadik—. No se le esperaba hasta el viernes, pero ayer detectamos movimiento de su segundo equipo. El punto de encuentro confirmado es el almacén Redcliff, el mismo de la grabación interceptada.

—¿Por qué el cambio?

—Paranoia, probablemente. O se olió algo. En cualquier caso, se ha adelantado, y estamos listos.

Cruzo los brazos y estudio las fotos. El almacén está rodeado de bosque por tres lados y una carretera de servicio por el cuarto. Dos puntos de entrada. Una ruta de escape. Ya hemos cartografiado cada detalle, pero lo repaso de nuevo de todos modos.

—¿Cuál es el plan de despliegue?

—Tenemos tres hombres apostados en la maleza de alrededor. Dos francotiradores en la colina. Uno dentro, haciéndose pasar por comprador. Cuando Rurik llegue, esperamos a que salga del vehículo. Confirmamos su identidad. Y disparamos.

—¿Y si no sale?

—Lo asaltamos. Rápido y limpio.

—¿Sin supervivientes?

Alek asiente.

—Tenemos controlados a su equipo de seguridad, al conductor y cualquier vehículo de apoyo. Si esto funciona, Rurik caerá antes de que tenga siquiera la oportunidad de huir.

Miro el terminal en la esquina de la habitación, la pequeña luz parpadeante que confirma que el programa antiinterferencias de Lyra sigue funcionando. Alek me asegura que ha funcionado a la perfección.

—Sin él no habríamos detectado el cambio de planes de Rurik —dice—. No habríamos interceptado la señal, localizado al equipo ni rastreado sus movimientos. Su código hizo posible todo esto.

Sin el código de Lyra, no estaría tan cerca de vengar por fin la muerte de mi padre.

—Bien —digo—. Nos movemos cuando él lo haga. Nada cambia a menos que yo lo diga.

—Sí, jefe —dice Alek, y los demás lo secundan.

Empiezan a dispersarse, murmurando entre ellos, ya preparándose para la misión. Me quedo atrás, mirando la pantalla mientras vuelve al modo de espera.

Solo Alek se queda. Se apoya en la mesa con aire despreocupado, pero lo conozco demasiado bien como para no notar cómo me observa, como si esperara algo más.

—¿Qué tal el viaje? —pregunta.

Levanto una ceja.

—Bien —digo, evasivo.

Sonríe con suficiencia.

—Supongo que no fuiste solo.

—¿Tenemos algo de alcohol por aquí? —pregunto, cambiando de tema.

—Solo lo mejor.

Se ríe y busca debajo de un armario, de donde saca una botella de vodka.

Le da un trago antes de pasármela. Alek me observa con atención mientras me bebo al menos dos chupitos de golpe.

Lo intenta de nuevo.

—No es solo un rollo, ¿verdad?

Se da cuenta de cómo se me tensa la mandíbula.

—Joder —murmura, y da otro trago—. ¿Debería empezar a ayudarte a elegir anillos?

Sé que está bromeando, pero la idea me ha pasado por la cabeza más de una vez. Cada vez me cuesta más imaginar mi vida sin Lyra.

—Pensaba darle el de mi madre —digo encogiéndome de hombros.

Abre los ojos de par en par cuando se da cuenta de que hablo en serio.

—¿De verdad quieres casarte con ella? Solo lleváis un par de meses.

Asiento con un gesto breve. —Es rápido. Lo sé. Pero cuando lo sabes, lo sabes.

Alek exhala por la nariz, pensativo. —¿Sabe ella quién eres en realidad?

Me quedo inmóvil. Es lo único que he estado posponiendo contarle. No sé cómo reaccionaría. Pero después de esta semana, sé que siente lo mismo que yo, aunque no se atreva a decirlo.

—Se lo diré pronto —digo, porque es la mejor respuesta que puedo darle.

Inclina la cabeza. —¿Y si eso hace que huya de ti? No puedes controlar lo que siente, D.

—Ya lo veré cuando llegue el momento —respondo con cautela, sin querer siquiera considerar esa posibilidad.

—Bueno, pues —dice—. Tienes mi apoyo. Protegeremos a Lyra como a una más de la familia.

Asiento, y el peso de esa promesa se instala en lo más hondo de mi pecho. Cuando Rurik esté muerto, le pondré un anillo en el dedo.

—Gracias —le digo a Alek con voz firme, aunque el pecho aún lo tengo en tensión.

Justo cuando empezamos a relajarnos, se acerca Radimir. Basta con verlo para que mi cuerpo se tense.

No es de los que dudan. Nunca. Incluso las peores noticias las da con frialdad.

Lo que sea que se esté callando le pesa, y eso me pone en alerta.

Me yergo de inmediato, repasando ya posibles contingencias.

Si esto tiene que ver con Rurik, si ese cabrón ha vuelto a cambiar de planes después de todo el trabajo que hemos invertido en esta operación…

—Tengo noticias sobre Lyra —dice Radimir en voz baja.

Me quedo helado, y Alek me clava la mirada. Da un último trago de vodka antes de devolver la botella a su sitio y se excusa con educación. Seguro que se muere por enterarse después.

Entrecierro los ojos mirando a Radimir. —¿Qué pasa?

—Como recordarás, nos pediste que la vigiláramos —comienza.

Se me revuelve el estómago antes de que termine de hablar. Por un segundo, no respondo. Había olvidado que di esa orden. Fue una reacción instintiva, una precaución. Algo me pareció raro en ella, y me dije que solo estaba siendo cauteloso. No esperaba que diera resultado.

Pero ahora Radimir está ahí plantado como si tuviera una granada en las manos.

Aprieto la mandíbula. —Ha estado conmigo toda la semana —le recuerdo—. La dejé hace menos de una hora. ¿Qué puede haber pasado?

—No es nada de eso —se apresura a explicar—. Está en casa sana y salva.

—Entonces, ¿cuál es el problema exactamente? —pregunto, soltando el aire por la nariz, intentando contenerme.

—Ha ido a un consultorio médico dos veces —dice lentamente—. No pudimos conseguir los detalles exactos de inmediato. Pero al final averiguamos a qué consulta ha ido.

Cierro los puños a los costados, y de pronto me invade la preocupación.

¿Está enferma? ¿Es eso lo que me ha estado ocultando?

Repaso cada imagen mental que tengo de ella, desde que la conocí en aquel restaurante hasta que la dejé hoy.

Intento determinar si ha perdido peso, si parece más cansada que antes.

Se me forma un nudo en el estómago mientras repaso los peores escenarios. Pero la lógica se impone y me recuerda que el hombre con las respuestas está justo delante de mí.

—Radimir, suéltalo ya —exijo.

—Es un obstetra.

Las palabras me golpean como una bala en el pecho. Me quedo completamente inmóvil. Por un segundo, lo único que oigo es la sangre rugiendo en mis oídos. Un obstetra. Solo hay una razón para ir a un obstetra dos veces en dos meses.

Cuando la noticia por fin se asienta y puedo volver a pensar, me pongo en movimiento. Radimir se aparta mientras paso a su lado hecho una furia. Ni siquiera cojo el abrigo. No espero al coche. Salgo directamente a la calle mientras marco su número.

Suena una vez, dos veces, y salta el buzón de voz. Lo intento de nuevo. Nada. Voy por la mitad de la manzana cuando Alek me alcanza y me agarra del brazo.

—Damien. ¿Qué coño pasa?

—Está embarazada —espeto—. Y no me lo ha dicho.

Abre mucho los ojos, pero no dice nada.

—¿Estás seguro?

—Me lleva semanas ocultándome algo —digo—. De eso estoy seguro. ¿Qué otra cosa puede ser?

Me pone la mano en el hombro para detenerme, pero se la aparto y acelero el paso.

—Ha estado yendo al médico y ocultándomelo, Alek. Yo aquí, planeando nuestro futuro juntos, y ella guardándome un secreto así de gordo.

Camina a mi lado sin decir nada.

El mundo parece distinto ahora. Ladeado. Ni siquiera sé cómo procesarlo. Mi cerebro vuelve una y otra vez a la isla. Sus suspiros suaves. Cómo se tocaba el vientre cuando no sabía que la estaba mirando. Cómo rechazó el vino en cada cena.

Me ha estado ocultando a mi hijo. Estoy furioso. Estoy aterrado. Necesito saber por qué no me lo ha dicho, y necesito oírlo de su boca ahora mismo.

—Al menos déjame llamar a tu chófer —dice Alek cuando hemos cruzado dos manzanas—. ¡Está a tres kilómetros!

—Necesito caminar para despejarme —le digo—. Si no, no sé qué voy a hacer.