19
LYRA
Los días se deslizan lentos, sin prisa. He dejado de mirar la hora por completo.
Llevo días sin tocar el móvil y no lo he echado de menos en absoluto.
Aquí fuera no hay horarios, ni fechas límite, ni estrés de ningún tipo.
Aparte de enviarle un correo a Becca para decirle que estoy bien y que volveré pronto, no he tenido ningún contacto con el mundo exterior.
Y ha sido sorprendentemente maravilloso.
Damien y yo dormimos hasta tarde, y al despertar lo hacemos con el sonido del océano o el susurro de las hojas de palmera rozando las ventanas.
Algunas mañanas, me atrae hacia él antes de que pueda siquiera hablar, me besa el hombro o la garganta, como si no pudiera despertar hasta haber probado mi piel.
Otras mañanas, simplemente nos quedamos ahí enredados entre las sábanas, abrazándonos.
Me hace sentir segura y valorada, lo que hace que el secreto que guardo pese aún más.
Todavía no he dicho nada sobre el bebé. Cada vez que lo intento, las palabras se me atascan en la garganta. Me digo que no es el momento adecuado, que lo haré más tarde. Ese más tarde nunca llega.
La verdad es que tengo miedo. Si se lo digo, probablemente se cerrará en banda. Se alejará con esa expresión fría e impenetrable que adopta cuando algo le disgusta. Me mirará y solo verá un problema que resolver.
Con su dinero, le sería fácil deshacerse de mí para siempre.
Podría comprarme una casa en algún lugar lejano y decirme que no vuelva a contactarlo jamás.
Podría darme una indemnización generosa y desaparecer de mi vida como si nunca hubiera existido.
Joder, podría dejarme sola en esta isla en una villa impresionante con todo un equipo de servicio a mi entera disposición.
Pero lo perdería.
Así que mantengo la boca cerrada.
Y me dejo caer en la fantasía.
Nado en el mar mientras él observa desde la orilla, con los brazos cruzados, la boca curvada en esa sonrisa tan poco frecuente que hace que se me encoja el corazón.
Comemos fruta tan fresca que parece de mentira, bebemos limonada junto a la piscina y nos quedamos dormidos con el sonido del océano entrando por las ventanas abiertas.
Me toca constantemente: su mano siempre busca la mía, o sus dedos recorren distraídamente mi espalda o mis brazos.
Quiero ser su refugio, no su carga.
Y eso es lo que este lugar representa para nosotros. Un refugio.
Aquí no existe la Bratva. De hecho, estamos tan alejados de la realidad que empiezo a preguntarme si algo de eso es siquiera cierto.
Nunca lo he visto hacer nada ilegal, al menos no directamente.
Es tierno conmigo, muy amable. Aparte de ese primer día en la oficina, con los hombres armados, y la brutalidad con la que trató a Rick, en realidad no he visto nada que demuestre lo que Becca me contó.
Además, Rick se lo merecía.
Cuando estoy en los brazos de Damien, el mundo se reduce a nosotros dos, a su aliento en mi cuello, su mano que se desliza por mi cadera, el latido constante de su corazón contra mi mejilla. Es fácil fingir que aquí no hay peligro. Y si aquí no hay peligro, quizá no exista en absoluto.
Esta noche caminamos por la playa después de cenar, con los dedos entrelazados, los pies hundiéndose en la arena fresca.
El cielo es lavanda y azul marino, los últimos vestigios del atardecer pintan el horizonte.
Ha estado callado, pero ha sido un silencio cómodo.
No necesitamos hablar sin parar para sentirnos cerca el uno del otro.
—Solo he estado aquí una vez —dice con voz baja.
Lo miro, incrédula.
—¿En serio?
Asiente, con los ojos en el mar.
—Compré este lugar para desaparecer. Sin llamadas. Sin reuniones. Sin gilipolleces. Solo el océano y el silencio. Pero antes de conocerte, nunca conseguí obligarme a dejar el mundo atrás ni siquiera unos días.
Le aprieto la mano y suspiro feliz.
—Ojalá pudiéramos dejar el mundo atrás para siempre.
Me mira y su boca se curva en una pequeña sonrisa.
—Yo también.
Seguimos caminando. En un momento, suelto su mano y me adentro en la orilla, donde el agua me lame las pantorrillas.
Él observa desde el borde del oleaje. Cuando regreso, me besa la frente y me atrae hacia él, y nos quedamos así durante mucho tiempo.
Finalmente, nos soltamos y me guía hacia una parte oculta de la playa.
El cielo se vuelve aterciopelado. Las estrellas aparecen y brillan como si estuvieran dando un espectáculo. La luz de la luna se derrama sobre la arena y pinta la playa de plata y sombras. Nunca he visto nada más hermoso.
Damien extiende una manta y empieza a sacar cosas de la bolsa que ha traído. Primero, saca una botella de vino y dos copas. Luego, un surtido de frutas frescas, quesos y un postre de chocolate que tiene una pinta increíble.
Se sienta en la manta y me tiende la mano para que me una a él, con los ojos entrecerrados mientras me observa acercarme.
Su expresión es tan suave, tan vulnerable.
Ha desaparecido el hombre que impone su presencia en cualquier sala.
En su lugar hay alguien silencioso y contemplativo, que entierra los pies descalzos en la arena como si formara parte del paisaje.
No hemos hablado del mañana. Esta semana ha sido una escapada mágica, pero eso no garantiza cómo serán nuestras vidas cuando volvamos a casa.
No quiero romper la calma. Así que camino hacia él descalza, con solo un vestido blanco fino que se me pega a la piel en el aire húmedo.
El dobladillo revolotea contra mis muslos mientras piso la manta, y su mirada se alza para encontrarse con la mía.
No habla. Solo me toma la mano y me atrae suavemente hacia él.
Me acomodo entre sus piernas, con la espalda contra su pecho, y él me rodea con los brazos de forma protectora.
Nos quedamos así un rato, escuchando solo las olas que lamen la orilla. La única luz que tenemos es la de la luna, y sería fácil perderse aquí. Podríamos quedarnos en esta ensenada oscura para siempre, abrazados por toda la eternidad. Ojalá la vida fuera así de simple.
Sus manos recorren deliberadamente mis brazos y mis caderas.
—Estás callada esta noche —murmura contra mi pelo.
Suspiro feliz y me relajo aún más contra él.
—Es que no quiero que esto termine.
Me besa el hombro, los labios rozando el tirante de mi vestido.
—Entonces hagamos que dure —murmura contra mi piel.
Giro la cabeza para encontrar su boca, y el beso que compartimos es lento y profundo, lleno de algo que no sé nombrar. Su boca es cálida y acogedora, y lo deseo con avidez. Quizá sean las hormonas del embarazo, pero es que no me canso de él.
Sus manos se mueven ahora con más firmeza, deslizándose por mis costados hasta la curva de mis pechos, y echo la cabeza hacia atrás contra su hombro mientras sus dedos juguetean bajo la tela.
Alargo la mano hacia atrás para tocarle la mandíbula y guiar su boca de vuelta a la mía.
Él se mueve, me gira, me tumba con suavidad sobre la manta hasta que quedo debajo de él, con la luna proyectando un suave resplandor sobre su rostro.
Su mano se desliza bajo el dobladillo de mi vestido, los dedos rozando la cara interna de mi muslo.
Me arqueo hacia él, ansiando más, ansiándolo todo de él.
—Damien —susurro—. Por favor.
Él sube el vestido lentamente, centímetro a centímetro, hasta que levanto los brazos y dejo que lo deslice por encima de mi cabeza.
Quedo desnuda bajo él, el aire cálido de la noche acariciando mi piel, las olas murmurando a solo unos metros.
Sus ojos me recorren, lentos y reverentes, y veo el hambre en su rostro.
Aunque ese no es el único lugar donde se manifiesta su deseo.
Va besando mi cuerpo, sus labios descendiendo desde mi clavícula hasta la curva de mi pecho. Sabe exactamente dónde succionar, dónde mordisquear con suavidad para arrancarme los sonidos más inhumanos. Nunca he experimentado nada parecido. Adora mi cuerpo como solo él sabe hacerlo.
Estoy absolutamente empapada, retorciéndome de deseo, cuando finalmente desliza un dedo dentro de mí. Se aparta ligeramente y me mira a los ojos mientras retira el dedo y se lo lleva a la boca con lascivia.
—Me encanta tu sabor —gruñe—. Siempre estás tan lista para mí.
Solo puedo asentir mientras desciende más, sustituyendo los dedos por la lengua.
Miro las estrellas con las manos hundidas en la manta, sintiendo cómo la arena se amolda a mi agarre.
Es minucioso hasta la tortura, saborea cada centímetro de mí, me lame como si hubiera estado perdido en el desierto y yo fuera un vaso de agua.
El placer me golpea con fuerza y rapidez, y grito su nombre en la noche. Él me acompaña en cada oleada, su lengua sin abandonar mis pliegues húmedos hasta que mi cuerpo se relaja por completo.
Estoy deshecha bajo él cuando empieza a besarme de nuevo, devolviendo mi cuerpo a la vida.
Me besa la mandíbula, la boca, y acaricia suavemente mis pechos antes de acomodarse por fin entre mis piernas. Desliza su polla dentro de mí en un solo movimiento, y casi me deshago de nuevo en ese mismo instante.
Se mueve lentamente, hundiéndose en mí más profundo de lo que creí posible.
Le rodeo la cintura con las piernas y lo retengo allí, necesitando cada centímetro de él, necesitando sentirlo de todas las formas posibles.
Su respiración se entrecorta contra mi garganta y murmura algo en ruso que no entiendo, pero el modo en que nuestros cuerpos se mueven trasciende el lenguaje.
Lo entiendo en cómo sus manos me agarran las caderas, en cómo su boca abre la mía y su lengua me suplica sumisión.
—Lyra —murmura con voz ronca—. Eres la gloria.
Sonrío contra su beso, porque no sé qué más hacer.
Mi cuerpo arde, palpita, ceñido a él y deshaciéndose al mismo tiempo.
Sus manos encuentran las mías en la arena, los dedos se entrelazan e inmovilizan mis brazos junto a mi cabeza mientras empuja más profundo.
Gimo, arqueándome a su encuentro, persiguiendo de nuevo ese límite.
Esta vez crece lentamente, alcanza la cresta con cada embestida antes de hacerse añicos.
Me corro con un grito, temblando bajo él, con la visión nublada mientras las estrellas parecen explotar sobre mi cabeza. Él no se detiene. Me acompaña hasta el final, besando cada parte de mí que puede alcanzar, murmurando palabras suaves que no logro retener.
Y entonces él también cae.
Gime mi nombre como si fuera la única palabra que conoce, las caderas hundiéndose profundo una última vez mientras se derrama dentro de mí, el cuerpo estremecido por la intensidad. Se derrumba suavemente sobre mí. Lo rodeo con los brazos y lo estrecho contra mí, enterrando el rostro en su cuello.
El sonido del océano regresa, suave y constante, arrullándonos a ambos hacia un sopor nebuloso.
Permanece dentro de mí durante mucho tiempo. Ninguno de los dos habla. Simplemente me acaricia el pelo y me besa la sien mientras me aferro a él, sintiendo sus músculos tensos ondularse bajo mis manos.
Quiero vivir en este momento para siempre. Pero tarde o temprano tiene que terminar. Y no estoy preparada.
Por fin nos separamos lo suficiente para mirarnos. Él me aparta un mechón de pelo del rostro, el pulgar demorándose en mi pómulo.
Cuando dejemos este lugar, no sé qué seremos. Cuando le diga la verdad, puede que no me mire como me está mirando ahora. Y quién sabe qué secretos tiene él enterrados en las sombras.