18
DAMIEN
Espero a que la oficina se vacíe y el edificio quede en silencio antes de conectar la memoria USB que me dio Lyra.
Su código es una auténtica obra maestra, aunque no esperaba menos.
Mis dedos se mueven sobre las teclas, añadiendo capas de mi encriptación para sincronizar su sistema con el nuestro.
No tardo mucho. En cuestión de minutos, está operativo.
La señal se estabiliza y, al cabo de una hora, capturamos el primer audio claro.
Uno de los hombres de Rurik habla en ruso, bajo y rápido, y da instrucciones sobre un cargamento de armas con destino a Newark.
Una mujer pregunta si Rurik estará presente.
El primer hombre duda, luego confirma una reunión dentro de dos semanas en un almacén a las afueras de Atlantic City.
Un equipo pequeño dirigirá el encuentro en una ubicación sin señalizar.
—Te tengo —murmuro entre dientes mientras marco las coordenadas en nuestro mapa interno.
Alek entra unos minutos después y recorre la transmisión con la mirada. Suelta un silbido bajo cuando oye lo limpio que es el audio.
—¿El código de Lyra hizo esto?
Asiento con una sonrisa, sintiendo un orgullo intenso en el pecho.
—Es mejor de lo que esperaba.
—Joder, no hay nada de estática ni interferencias —dice, impresionado—. Mierda, hasta puedo oír al tipo encenderse un cigarrillo.
—Y tú que dudabas de mí —me río.
—Nunca dudé de ti —se encoge de hombros—. Me preocupaba que estuvieras pensando con la polla, pero está claro que me equivocaba.
—Simplemente supe valorar las habilidades de Lyra.
Alek asiente con firmeza y desaparece de nuevo, ya pensando en el informe preliminar del ataque.
Me quedo solo, escuchando la transmisión en bucle otra vez. Sé dónde estará Rurik en dos semanas, pero hasta entonces tengo un margen. Siete días, al menos. Y eso me da una idea.
Llamo a la puerta de Lyra a la mañana siguiente, plantado en el pasillo como un adolescente enamorado. Abre con unos pantalones de chándal y una camiseta de tirantes, el pelo recogido en un moño desordenado, las gafas caídas sobre la nariz. Parece relajada, pero sorprendida de verme.
—¿Damien?
—Haz una maleta —digo con una sonrisa.
Da un pequeño paso atrás, claramente confundida.
—¿Qué?
—Voy a secuestrarte un rato —le digo, sonriendo—. Para recompensarte por un trabajo bien hecho. Mete ropa para unos días y no te olvides del bañador.
Cruza los brazos, sin dejarse impresionar por mi gran gesto.
—Tengo trabajo —protesta.
—Conozco al jefe —digo con una sonrisa burlona.
Me lanza una mirada, suspira y retrocede para dejarme entrar.
Me siento en su sofá mientras ella desaparece en el dormitorio.
Oigo cajones abrirse, cremalleras, el suave roce de la tela.
Quince minutos después, vuelve con una maleta pequeña, con una expresión a medio camino entre divertida y escéptica.
—¿De verdad no vas a decirme adónde vamos?
—Es una sorpresa —le digo.
Le cojo la maleta y la guío hacia fuera. Mi conductor ya está esperando, con el maletero abierto y el motor en marcha. Lyra se mete en el coche a mi lado, sin dejar de observarme como si intentara leer entre líneas.
—Se te ve feliz —dice.
—Lo estoy —respondo con sinceridad—. Y tú tienes mucho que ver.
Sonríe y se apoya en mí, y enseguida me alegro de haber hecho esto. Necesitábamos tiempo para reencontrarnos, y está claro que no podemos hacerlo en la oficina con tantas miradas indiscretas.
Vamos directos a la terminal privada. Cuando ve las luces del hangar y el elegante jet que espera en la pista, se vuelve hacia mí con los ojos muy abiertos.
—¿Vamos a volar a algún sitio? —pregunta, con un destello de pánico en los ojos.
—Sí —respondo, divertido.
Resopla, pero sonríe.
—No me gustan las sorpresas, Damien.
—Esta te gustará.
Cuando subimos, la tripulación nos recibe con bebidas. Lyra se acomoda en el asiento de cuero a mi lado y se echa una manta suave sobre el regazo, con la mirada yendo de mí al cielo que se ve por las ventanillas.
—¿Esta es tu jugada? —pregunta—. ¿Te acuestas con una chica y luego te la llevas a una escapada romántica?
—Eres la primera «chica» que ha pasado de una noche —digo, mirándola a los ojos para que mis palabras calen.
Su mirada se suaviza, y sé que ella también siente esto que hay entre nosotros.
—¿Por qué? —pregunta en apenas un susurro.
—Porque eres diferente. Porque me importas —digo, intentando ignorar el calor que me sube por el pecho.
No dice nada, demasiado emocionada para hablar. En lugar de eso, se acerca más y nos cogemos de la mano mientras ascendemos hacia el cielo.
Unas horas después, aterrizamos en las Bahamas y Lyra me aprieta la mano.
—Huelo el océano —dice con la voz llena de emoción.
—Espera a verlo —le digo—. Aún no hemos llegado del todo a nuestro destino.
Me mira con recelo mientras la guío a través de la pista hacia el helicóptero privado que nos espera.
—Esto es demasiado —dice, deteniéndose—. ¿Qué has hecho?
—No es nada, de verdad —respondo con naturalidad—. Así es como me iría de vacaciones yo solo. Relájate y déjame mimarte.
Me observa con una mirada que no logro descifrar, pero mis palabras deben convencerla, porque veo cómo se le relajan los hombros y me coge la mano. Menos de una hora después, aterrizamos en la villa de mi isla privada.
El sol brilla con fuerza, bañando el agua de oro mientras bajamos del helicóptero.
Hace tiempo que no vengo por aquí, pero mi personal lo ha mantenido impecable.
Lyra contempla la playa, las palmeras, la curva de la villa privada enclavada en la colina a nuestras espaldas.
El viento le alborota el pelo, trayendo consigo el olor a sal, y se vuelve hacia mí despacio.
—¿Te has tomado tantas molestias por mí?
—No ha sido ninguna molestia —digo, encogiéndome de hombros.
Esta vez me toma de la mano sin vacilar mientras la guío por el sendero; sus dedos encajan en los míos como si ese fuera su lugar. Quizá la distancia que sentí solo estaba en mi cabeza. Esto se siente... bien, sin más.
Le enseño su habitación y la dejo instalarse mientras llamo a Alek para confirmar que todo sigue tranquilo en casa.
Cuando vuelvo, está descalza en la terraza, con la brisa agitándole el dobladillo del vestido veraniego que se ha puesto, los brazos cruzados sobre el estómago mientras contempla las olas.
—¿Estás bien? —pregunto, acercándome.
—Solo estoy asimilándolo todo —dice con una sonrisa cálida—. Nunca había hecho nada así.
—Bien —digo, dando un paso hacia ella—. De eso se trata.
Me mira, y por primera vez en semanas, su sonrisa es genuina, sin reservas.
La beso despacio, con suavidad, mientras mi mano se desliza hasta rodearle la cintura, y ella no opone resistencia. Pega todo su cuerpo al mío, y la deseo más de lo que he deseado nada en mi vida.
A medida que la cosa se caldea, la voy guiando hacia atrás, hacia mi dormitorio, sin dejar de besarla.
Ella me sigue sin resistirse, desabrochándome los botones de la camisa uno a uno hasta que queda abierta y me la baja de los hombros.
Me la quito y sigo avanzando hasta que sus piernas topan con el borde de la cama.
La levanto en brazos y ella jadea, rodeándome el cuello con los brazos.
La deposito sobre el colchón despacio, con cuidado, temeroso de romper este momento.
Me mira desde las almohadas, el pecho agitado, el vestido subido hasta los muslos.
Me inclino sobre ella, una mano apoyada en la cama junto a su cabeza, la otra acariciándole la pierna.
—Eres tan jodidamente hermosa —susurro—. No tienes ni idea de lo que me provocas.
—Muéstramelo —me desafía.
Y lo hago. Empiezo por su boca, besándola hasta que se derrite contra mí.
Luego bajo, recorriendo la línea de su mandíbula, la columna de su garganta, la curva de su hombro.
Se arquea cuando llego a su pecho, y forcejeo con los tirantes del vestido hasta poder bajarle la parte de arriba.
Queda ahí tendida, expuesta ante mí, y me tomo mi tiempo adorando sus pechos perfectos, dejando que sienta y experimente toda la intensidad de mi deseo por ella.
Quiero que se sienta tan increíblemente bien que no pueda ni articular una frase coherente.
Suspira y se mueve debajo de mí, con las manos en mi pelo y las piernas rodeándome las caderas.
Le subo el vestido y se lo quito, descubriendo centímetro a centímetro su piel dorada.
Cuando queda desnuda bajo mi cuerpo, me tomo mi tiempo contemplándola.
Quiero memorizarla así. Tiene los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos, y el cuerpo le tiembla de deseo.
Voy bajando a besos por su vientre, despacio, con calma, sintiendo cómo se tensa y luego se relaja. La quiero deshecha. La quiero desesperada. Quiero reducirla a pura sensación.
Uso la boca, las manos, la lengua en su clítoris, hasta que jadea, se retuerce, agarra las sábanas.
Me tomo mi tiempo explorando sus profundidades, saboreando la dulce humedad de sus pliegues.
Está tan mojada para mí, tan cálida. Quiero enterrarme dentro de ella y quedarme ahí para siempre, pero esto no va de mí.
Saboreo, mordisqueo, provoco mientras su respiración se vuelve cada vez más errática. Su voz se quiebra al pronunciar mi nombre mientras le arranco cada gemido, cada temblor. No me detengo. No aflojo. Le doy todo el placer que puedo porque nada en el mundo me importa más que verla desmoronarse.
Cuando se corre, tiene la cabeza echada hacia atrás, los dedos enredados en mi pelo y los muslos temblándole contra mis hombros.
Y aun así, no he terminado. Vuelvo a subir por su cuerpo, besándole la mandíbula, el cuello, los labios de nuevo.
Tiene los ojos vidriosos, la respiración entrecortada, y cuando me mira, algo en ella parece abrirse de par en par.
—Damien —susurra con voz ronca—. Por favor.
No pregunto qué quiere. Ya lo sé. Me quito el resto de la ropa sin apartar la mirada de ella. Cuando vuelvo a pegarme a ella, piel con piel, la siento jadear debajo de mí. Le enmarco el rostro con las manos mientras me hundo en ella lentamente, dejándola sentir cada centímetro.
Se le ponen los ojos en blanco y arquea el cuerpo, y joder, cómo me cuesta no correrme ahí mismo. Pero no voy a caer hasta que ella lo haga por segunda vez. Esto sigue siendo solo para ella.
Sus paredes se aprietan a mi alrededor como si hubiera sido esculpida específicamente para mí.
Siempre me acoge tan perfectamente que es enloquecedor.
Me muevo despacio al principio, besándola mientras encontramos el ritmo.
Sus manos recorren mi espalda, mis hombros, mi mandíbula.
Cada vez que dice mi nombre, me vuelvo más loco.
Más ansioso. Pero me contengo. No quiero apresurarme. Quiero que esto dure.
Quiero que lo recuerde.
Se aferra a mí con más fuerza, clavándome las uñas, la respiración cada vez más acelerada. Siento cómo su orgasmo va creciendo de nuevo, cómo su cuerpo me atrae más adentro, su boca buscando la mía mientras la arrastra la segunda ola.
Cuando se corre de nuevo, la sigo casi de inmediato. Mi autocontrol es bueno, pero no sobrehumano. Ya apenas aguantaba. Caemos juntos, enredados y sin aliento, con los corazones latiéndonos al unísono. La atraigo contra mi pecho y le dibujo figuras perezosas en la espalda con los dedos.
—Ha sido increíble —susurra.
—Esto solo ha sido el comienzo —le prometo.