Reclamada por el jefe (Papitos de la Mafia Pecaminosos 1) 12
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DAMIEN

Ha sido un buen mes. No perfecto, porque la perfección no existe en mi mundo. Pero bueno, sólido y rentable. Lo más cerca de la perfección que puedo aspirar.

Los Vasiliev también han estado tranquilos las últimas semanas.

Todavía llegan rumores de su bando, pero más apagados de lo que han estado en años.

Mientras tanto, mis operaciones marchan sin problemas.

Los préstamos están al día, los muelles en calma y los libros de cuentas más abultados que en los últimos dos trimestres.

No se ha fallado ninguna recogida y no he visto una sola señal de alarma.

En el pasado, un mes así me habría hecho sospechar, pero he aprendido a no mirarle el diente a caballo regalado. A veces, todo funciona sin problemas, exactamente como debería. Y eso me ha dado margen para respirar y planificar, así que con suerte habrá más meses como este.

La mayoría de las noches he acabado con Lyra.

Algunas noches enredado en sus sábanas, otras en las mías, o simplemente tumbado a su lado mucho después de cuando debería haberme ido.

Una noche se convirtió en dos. Dos en cinco.

Luego una semana. Luego dejé de contar. No porque perdiera la cuenta, sino porque ya no tenía sentido hacerlo.

No he tocado a otra mujer desde la primera vez que la toqué. No he querido.

No lo llamaría amor. No creo en ese tipo de sentimientos. Pueden llevar a la debilidad. Pero sin duda es algo que arde lento, algo sin nombre que se parece sospechosamente a pertenecer. No lo analizo demasiado. Simplemente lo dejo entrar.

Frente a mí, Alek se reclina en la silla de cuero que se ha amoldado a su cuerpo tras años de uso. Está bebiendo mi whisky, como siempre, pero no tanto como para volverse hablador. Solo bebe cuando está a punto de proponer algo que odiaré o admiraré.

—Creo que es el momento —dice.

No levanto la vista del archivo en mi escritorio. Ya voy tres páginas por delante de él en esta conversación.

—Continúa.

—Se están volviendo descuidados —continúa Alek, haciendo girar el vaso entre dos dedos—. Vasiliev ya no vigila los puertos. No de cerca, al menos. Han reasignado a dos de sus lugartenientes. Ha replegado a la mayoría de sus matones a Brighton.

Arqueo una ceja.

—¿Lo has confirmado?

—Dos veces —asiente—. Mandé a Mikhail a pasar por el piso franco que usaban en Brooklyn. Está frío y vacío. No ha habido movimiento en al menos cuatro días, quizá más.

Eso cuadra con lo que he visto en lo financiero. Sus empresas pantalla no han movido dinero desde la última vez que les dimos. No ha habido nuevos intentos de blanqueo ni compras en el local sindical. Ha estado inquietantemente tranquilo por allí.

Cierro el archivo y miro a Alek a los ojos.

—¿Por qué crees que se han quedado tan callados de repente?

Se encoge de hombros.

—Quizá piensan que nos hemos aplacado. Tú también has estado tranquilo.

Asiento.

—Era la idea.

—Lo sé, pero ellos no.

Nos quedamos en silencio un momento.

—Brighton es su punto débil —añade Alek—. Podríamos golpearlo allí. Entrar rápido y limpio, sin darle tiempo a contraatacar. Cortarle el canal sur. Arrinconarlo en Manhattan sin línea de suministro.

Es una estrategia sólida, y ahora llevamos la iniciativa. Cuantas más ventajas tengamos, mejor.

Me levanto y camino hacia las ventanas detrás de mi escritorio. El horizonte está gris hoy, bañado en esa luz que precede a la tormenta. Transmite peligro, presagio.

—Prepara el plan —digo.

Alek asiente a mi espalda.

—¿Usamos al equipo de siempre?

—No —respondo con firmeza—. Quiero caras nuevas. Y coches sin identificar, que no dejen rastro.

—¿Quieres muertos?

—Solo si es estrictamente necesario —digo, y hago una pausa—. Pero hagas lo que hagas, asegúrate de que quede claro el mensaje.

Sonríe de oreja a oreja, como un niño en Navidad.

Me vuelvo hacia él.

—Tienes setenta y dos horas. Para el lunes, deberían cagarse de miedo solo de pensar en nosotros.

—Hecho.

Apura lo que queda de su copa y deja el vaso con un suave tintineo.

—Te escribo cuando esté listo —dice—. Disfruta la noche.

Asiento y lo veo salir. En cuanto la puerta se cierra, exhalo por la nariz y miro la hora.

El turno de Lyra termina en diez minutos.

No necesito comprobarlo, pero lo hago igualmente.

Se ha convertido en costumbre. Abro el chat de la empresa y reviso el registro de actividad.

Fichó a las ocho de la mañana y no se ha tomado ni un solo descanso de más de doce minutos.

Resolvió dos bugs importantes, completó una mejora de interfaz señalada por control de calidad y envió un mensaje de Slack a su equipo que me hizo reír cuando lo vi antes.

Es inteligente de forma discreta y afilada. No malgasta palabras. Eso me gusta de ella.

Cierro la ventana y salgo de mi despacho, saludando a Andrea con un gesto al pasar. Arquea una ceja pero no pregunta adónde voy.

Bajo por la escalera privada al piso de abajo. Podría coger el ascensor, pero me gusta el sonido de mis propios pasos resonando en el acero y el hormigón. Me ayuda a despejar la cabeza, sobre todo después de hablar con Alek.

Entro en la planta de tecnología y el ambiente cambia. La gente levanta la vista hacia mí y se encoge un poco, como si hubieran hecho algo malo. Siempre hacen lo mismo, y sé que es culpa mía. Nunca he sido accesible para ninguno de ellos.

La mayoría finge no reaccionar a mi presencia, aunque se encogen visiblemente cuando me acerco.

Pero Lyra alza la vista y me mira sin amedrentarse.

Está de pie junto a su escritorio, apagando los monitores.

Hoy lleva el pelo medio recogido; el resto le cae en ondas sobre los hombros.

Lleva un jersey gris pizarra por dentro de unos pantalones negros que le sientan como si estuvieran hechos a medida.

No me sonríe, pero algo se enciende en sus ojos en cuanto me ve.

Me detengo junto a su escritorio.

—¿Se marcha ya, señorita Taylor?

Asiente.

—Mi tía me pidió que cenara con ella esta noche. Si no salgo pronto, llegaré muy tarde.

—Lo recuerdo —bajo la voz—. Me lo dijiste esta mañana. A una hora muy inconveniente.

Aprieta los labios como si intentara no reírse. Echa un vistazo a un lado. Nadie nos observa, pero aun así mantiene la voz baja.

—No te oí quejarte.

—Estaba intentando conservar oxígeno.

—Eres dramático.

Arqueo una ceja.

—Llegas tarde.

—Todavía no.

Extiendo la mano y le aparto un rizo suelto de la frente. El contacto justo para que contenga el aliento. Lo suficiente para recordarle lo que hacen mis manos cuando nadie nos mira.

—Que disfrutes la velada —digo.

Me mira.

—Tú también.

Se marcha sin decir otra palabra. No mira por encima del hombro. No necesita hacerlo. Ya sabe que la estoy observando, y lo haré hasta que se cierren las puertas del ascensor.

Una vez que se ha ido, me doy la vuelta y subo de nuevo.

No me gusta el silencio que me espera en mi despacho. Me sirvo una copa para romperlo. No vuelvo a sentarme. Me quedo allí de pie, contemplando el horizonte, intentando no pensar demasiado en lo que me está pasando.

No me apego a nadie. Esa ha sido siempre la regla.

Las mujeres son distracciones agradables. Sirven para una noche, a veces incluso una semana. He tenido a las mejores que esta ciudad podía ofrecer. Modelos, bailarinas, becarias Rhodes. Ninguna se quedó.

Pero Lyra se ha colado bajo mi piel de algún modo, y tengo la impresión de que no piensa irse pronto. No es que yo quisiera que lo hiciera. He sido tan reacio a separarme de ella como ella a marcharse.

Cuando por fin salgo del despacho, la noche ya es negra como la tinta. Hace un frío cortante, impropio de octubre. Intento no poner los ojos en blanco al recordar a Lyra diciéndome que cogiera un abrigo esta mañana. Argumenté que aún no hacía suficiente frío. No me lo va a dejar pasar nunca.

El coche me espera donde siempre, aparcado junto al bordillo, negro y reluciente, con las ventanas tintadas muy por encima del límite legal.

Los policías de esta ciudad saben que es mejor no pararme.

Mi conductor, Anton, me abre la puerta sin decir palabra.

Sabe que no me gusta la charla al final del día.

Me deslizo en el asiento trasero y asiento con la cabeza. Cierra la puerta y rodea el coche. Nos alejamos del bordillo y nos fundimos con el caótico tráfico de Nueva York.

La ciudad se difumina tras las ventanas, neón y sombra.

Miro el móvil, pero no hay mensajes nuevos de Lyra.

Probablemente sigue en la cena. Espero que esté riéndose mientras comparte un plato de pasta y le cuenta a su tía alguna versión edulcorada de nuestra relación. O lo que sea que estemos haciendo.

Parte de mí quiere escribirle, saber de ella, pero no lo hago. Me recuerdo que no somos nada oficial, y que es bueno que tenga su espacio. Me recuesto contra el asiento y cierro los ojos unos segundos.

Eso es todo lo que hace falta para que todo se vaya a la mierda. Los disparos rasgan el silencio, demasiado cerca del coche. Y cuando siento que el coche se sacude hacia un lado y oigo a Anton maldecir entre dientes, sé que es peor de lo que pensaba.

A mi izquierda y derecha hay dos todoterrenos negros, ambos con tiradores enmascarados apuntando a mi coche. Y por si fuera poco, otro todoterreno se detiene frente a nosotros, bloqueándonos el paso. Me incorporo.

Entonces la primera ráfaga golpea el lateral del coche. Fuerte.

El sonido es ensordecedor, un estruendo de metal contra metal, las balas rebotando en los paneles reforzados como granizo contra cristal. Las ventanas aguantan, pero apenas. Oigo el estallido de algo en los bajos y sé que hemos perdido el neumático delantero.

Meto la mano bajo el asiento y saco la pistola que guardo en la funda oculta. Anton ya ha sacado la suya del panel lateral.

—No podemos dejarlos atrás —dice.

—No.

—¿Resistimos?

—Por ahora.

Otra andanada. Esta vez veo los fogonazos, breves chispas naranjas justo más allá del vehículo delantero. Quienquiera que esté ahí fuera no está siendo sutil. Quieren que esto sea ruidoso. Quieren enviar un mensaje.

Alzo la voz.

—¿En qué dirección está el callejón trasero?

Echa un vistazo al espejo retrovisor.

—A las cuatro. Un coche detrás.

Lo sopeso. No podemos quedarnos aquí. Tarde o temprano, las protecciones fallarán.

—Humo y corremos —digo—. A la de tres.

Asiente sin vacilar.

Cuento en voz baja, luego abro la puerta trasera de golpe y disparo dos veces en dirección del fogonazo más cercano. Anton hace lo mismo desde el lado del conductor. Es suficiente para sobresaltarlos y salimos disparados.

Los disparos nos siguen, rasgando el aire. Me agacho y corro junto a Anton; los dos usamos la hilera de coches aparcados como cobertura. Alguien grita en ruso.

Otro disparo golpea el parachoques a centímetros de mi hombro, demasiado cerca. Me giro y disparo a ciegas. Doblamos la esquina. El callejón es estrecho, apenas iluminado por una farola parpadeante. Anton se detiene un instante para comprobar la salida.

Entonces gruñe. —Creo que... mierda—

Las sirenas aúllan a lo lejos, débiles, pero cada vez más fuertes. Es nuestra señal. Los Vasiliev quieren a la policía tan poco como yo. Se dispersarán. Cuento cinco tiradores. Quizás más.

Un todoterreno negro derrapa en la esquina del fondo justo cuando llegamos al otro extremo del callejón. Pero no vienen a por nosotros. Se atraviesan formando una barricada y después se pierden en la noche.

Respiro de forma superficial, pero constante. El corazón me late con fuerza, pero estoy acostumbrado. No me asusto fácilmente. Ni siquiera cuando es evidente que intentan matarme.

Anton se detiene a trompicones a mi lado, y es entonces cuando veo la mancha oscura que florece bajo su brazo.

—Joder —murmuro, y extiendo la mano para sujetarlo.

—Ni siquiera lo he sentido —dice con la voz tensa.

La adrenalina tiene ese efecto. Lo siento en el bordillo y presiono la mano contra la herida. No brota a borbotones como si fuera una arteria, pero tampoco es superficial.

—Has tenido suerte —digo—. Un centímetro más y estaríamos hablando de otra cosa.

Intenta reírse, pero le sale un sonido estrangulado.

Saco el teléfono del abrigo y llamo a Viktor.

—Necesito la mesa preparada —digo—. Herida en el pecho. Superficial. Sangrado moderado. Llego en ocho minutos.

Viktor no pierde el tiempo con preguntas. —Te espero en la entrada trasera.

Cuelgo y cambio de línea.

Alek responde al primer tono. —¿Qué pasa?

—Acaban de intentar liquidarme —digo—. Tres todoterrenos. Los Vasiliev, seguro.

Silencio al otro lado durante unos segundos.

—¿Estás herido?

—A Anton le han dado, pero yo estoy bien. Lo llevo donde Viktor.

—Los encontraré —dice, sin más.

—Quiero que los mates. Adelantamos los planes.

—Daré la orden —dice—. ¿Sigues queriendo Brighton?

—Quiero Brighton —confirmo—. Y lo quiero arrasado.

—Entendido.

Bajo la mirada hacia Anton, que sigue consciente pero está más pálido.

—Eh —digo en voz baja—. Vas a estar bien.

Asiente una vez. Lo ayudo a levantarse, le paso el brazo por encima de mi hombro y paro un taxi.

Llegamos a lo de Viktor en siete. Anton vivirá, pero algo dentro de mí se quiebra. Esto no volverá a pasar.