11
LYRA
Cuando llego a mi apartamento, ya ha pasado la medianoche.
Becca está en el sofá, acurrucada en su sudadera extragrande favorita, con un bote de helado de masa de galleta a medio comer que se derrite sobre la mesa de café.
El resplandor de la pantalla del televisor en pausa le ilumina el rostro, pero su sonrisa la delata.
Su sonrisita burlona se acentúa mientras intento escabullirme hacia mi habitación.
—Vaya, vaya, vaya, señorita Taylor —dice—. Ya ha pasado tu hora de dormir.
Suelto un suspiro lento y me quito los tacones. Me duele todo el cuerpo de la mejor manera posible, y la cara me arde de vergüenza por que me hayan pillado. Lanzo el bolso sobre la encimera e intento no parecer demasiado emocionada.
Me río.
—No empieces. Tú no eres quién para hablar.
—Oh, voy a empezar —dice Becca, incorporándose en el sofá—. Porque conozco ese paseo de la vergüenza mejor que nadie.
Pongo los ojos en blanco, pero sigo sonriendo. —No es un paseo de la vergüenza —protesto—. Si apenas acaba de pasar la medianoche. Además, me mandó a casa en coche.
Da unas palmaditas en el sofá, a su lado.
—Cuéntamelo todo.
Dudo medio segundo. Parte de mí quiere guardarse esto. Esta noche ha sido tan intensa e íntima, de un modo que no esperaba.
Pero es Becca. Somos amigas desde casi siempre. Es como una hermana para mí, igual que Maddie, mi hermana de verdad, pero sin la incómoda obligación familiar.
—Bueno —empiezo, sentándome en el sofá y recogiendo las piernas—. Me recogió en un coche con chófer.
—Cómo no —dice, con los ojos como platos.
—Y luego cenamos en un restaurante que había alquilado. Solo para nosotros dos. Tenía ventanales del suelo al techo, vistas al horizonte de la ciudad, el pack completo.
Becca se queda mirándome boquiabierta.
—¡No me digas! —chilla—. ¡Eso tiene que ser lo más romántico que he oído en mi vida!
—Ya ves, ¿no? —sonrío—. Romántico y superextravagante.
—¿Y?
Reprimo una sonrisa.
—Y fue increíble. Un diez sobre diez, sin peros, totalmente recomendable. La comida, las vistas, la compañía. ¡Fue la noche perfecta!
Entrecierra los ojos.
—¿Y estuviste en el restaurante hasta después de medianoche?
Se me enciende la cara y trato desesperadamente de disimularlo.
—Hay cosas que me puedo guardar para mí.
—Vale, lo pillo —resopla, haciéndose la ofendida—. No hace falta que le cuentes a tu mejor amiga del mundo entero si te estrenaste o no.
Bajo la mirada al regazo y suelto una risita.
—Nadie dice «estrenarse» desde, qué sé yo, 2010 —murmuro.
Becca suelta un silbido y niega con la cabeza.
—Madre mía. ¡Te has acostado con él!
Me recuesto en los cojines. El cansancio empieza a pasarme factura, pero la calidez en el pecho no se ha desvanecido. Seguramente tardará en hacerlo.
—Fue muy tierno conmigo —digo, tan llena de felicidad que podría estallar—. Ni siquiera le importó que fuera virgen. Fue muy dulce con eso.
—Ya me imagino —se ríe Becca, y luego se pone seria—. Pero ¿no te preocupa? Que sea tu jefe.
Me encojo de hombros, pero el gesto me pesa, como si una piedra se me asentara en el pecho.
—No lo sé —susurro—. Quizá debería. Pero no.
—Esto podría complicarse mucho y muy rápido —advierte—. No quiero ser borde, pero aquí hay un desequilibrio de poder. ¿Cuántos años tiene, por cierto?
La miro.
—Es mayor —digo sin concretar.
Me lanza una mirada de fastidio.
—No me digas, Sherlock. Quiero un número.
—No lo sé exactamente —digo suspirando—. ¿Cuarenta y muchos, quizá?
—O sea, el doble de tu edad —dice.
—Sé hacer cuentas, Becca, y no es para tanto.
Becca me mira un buen rato, como si intentara averiguar hasta dónde me he metido ya en esto. No sé si está de verdad preocupada o simplemente sorprendida porque todo esto es tan impropio de mí. Quizá un poco de las dos cosas.
Me incorporo un poco.
—Mira, lo entiendo. Está claro que hay una gran diferencia de edad, una dinámica de poder y todo el tema del tabú. Es mucho. No soy ciega.
—Entonces, ¿por qué haces como si nada de eso importara?
—Porque puedo con ello —respondo enseguida—. Puedo separar el trabajo de esto. No voy a tirar mi empleo por la borda por una sola noche.
Becca frunce el ceño.
—¿Y si no es solo una noche?
Me quedo callada.
Es una pregunta que no me he permitido hacerme. No parece una sola noche, en absoluto. Parece el comienzo de algo verdaderamente especial. Pero ¿cómo le digo eso a Becca después de pedirle que no se preocupe por mí?
—Ya lo gestionaré si pasa —digo en voz baja—. Y es un «si» muy grande.
—¿Y si todo te explota en la cara?
Exhalo por la nariz y me llevo los dedos a las sienes.
—Entonces limpiaré el desastre y seguiré adelante.
Becca no dice nada por un momento. Luego se recuesta y se tapa las piernas con la manta.
—Eres una tía dura, ¿lo sabías?
La miro y veo que está sonriendo.
—Gracias —digo.
—¿Por qué?
—Por no juzgarme.
—Oh, definitivamente te estoy juzgando —dice con una sonrisa burlona—. Pero ¿quién de nosotras no ha hecho alguna locura?
—Esto no me parece una locura —respondo sin mirarla a los ojos.
—Espero que siga siendo así.
Becca se estira, bosteza y me da un golpecito con el pie.
—Deberíamos dormir un poco.
—Probablemente.
Me incorporo de los cojines; el dolor en los muslos es un recordatorio agudo e íntimo de lo que significó la noche. Mientras avanzo por el pasillo, Becca me llama desde atrás.
—Para que lo sepas, siempre estoy en el equipo Lyra. Solo sé lista, ¿vale?
Me detengo en el umbral de mi habitación y miro hacia atrás.
—Lo intentaré.
Luego entro, cierro la puerta y me dejo hundir en las sábanas.
Cuando abro los ojos de nuevo, el sol está alto y sus rayos danzan sobre el techo de mi dormitorio.
Me levanto a regañadientes, me ducho, como algo y decido que ya soy demasiado mayor para trasnochar.
Estoy pensando qué hacer con el día cuando llaman a la puerta.
Supongo que es Becca, que se ha olvidado las llaves.
Me envió un mensaje antes para decirme que había salido a comprar bollería y el café carísimo que cree que nos merecemos hoy. Voy de un lado a otro de la cocina en calcetines, dando sorbos a una taza desportillada, cuando llaman de nuevo, con más firmeza esta vez.
Frunzo el ceño. No es la forma de llamar de Becca.
Camino lentamente hacia la puerta, dejo la taza sobre la consola y miro por la mirilla. Se me cae el alma a los pies. Es Rick, el de la oficina. ¿Cómo demonios sabe dónde vivo?
Me quedo paralizada medio segundo. Luego respiro hondo, descorro el cerrojo y abro la puerta hasta la mitad, con el cuerpo como escudo.
—¿Qué demonios haces aquí? —pregunto con brusquedad.
Rick sonríe como si esto fuera el encuentro romántico de una comedia. Como si no lo hubiera rechazado ya dos veces.
—Buenos días a ti también —dice, mirando por encima de mi hombro hacia el apartamento.
—¿Cómo has conseguido mi dirección?
Se encoge de hombros, apoyándose en el marco de la puerta como si fuéramos amigos y no estuviéramos a dos frases de que le cierre la puerta en las narices.
—Tengo mis métodos.
Agarro la puerta con más fuerza.
—Pues mira, tú y tus métodos no sois bienvenidos aquí. No me interesas, Rick. No me interesabas en el trabajo y desde luego no me interesas aquí, en mi casa. Prácticamente la has invadido.
Su sonrisa burlona se tensa, su mirada recorre mi cuerpo de una forma que me pone la piel de gallina.
—¿Siempre eres tan maleducada con la gente que se pasa solo a saludar?
—No has venido a saludar.
Resopla y deja caer el falso encanto.
—Mira —dice—. He estado pensando. Tú y yo empezamos con mal pie. Está claro que eres lista y muy atractiva. Eso me gusta.
Cruzo los brazos.
—Eso no cambia en nada mi opinión sobre ti.
—¿Es por él?
Se me encoge el estómago.
—Sé que te estás tirando al jefe —añade, con voz baja y venenosa—. ¿Por qué no me das una oportunidad a mí? No finjas que ahora tienes algún tipo de brújula moral.
Aprieto la mandíbula.
—Vete. Ahora.
—Yo solo digo —se encoge de hombros, su voz impregnada de algo que me tensa la piel de rabia—. Si estás repartiendo favores, yo también quiero hacer cola.
La voz de Becca corta el pasillo como una cuchilla.
—Ya te ha dicho que te largues. Te sugiero que lo hagas, gilipollas.
Rick gira la cabeza bruscamente hacia un lado, claramente sorprendido. Becca está detrás de él, con los brazos cargados de vasos de café y una bolsa de papel, y una ceja arqueada.
Rick se pone rígido. Su confianza se resquebraja ligeramente. Su mirada vuelve hacia mí.
—Como sea —murmura, girándose hacia las escaleras—. De todas formas no vales la pena.
—Oh, cariño —dice Becca con dulzura—. Vuelve al sótano de tu madre, que es donde deberías estar.
No responde, solo se marcha pisando fuerte por el pasillo como un niño al que no han elegido para jugar al balón prisionero.
Espero hasta que el sonido de sus pasos desaparece por completo antes de cerrar la puerta y echar el doble cerrojo.
Becca deja el café sobre la encimera con un golpe seco.
—Vale, ¿quién demonios era ese?
—Ese es Rick —murmuro, aturdida—. ¿Te acuerdas? Te hablé de él después de mi primer día. Acaba de presentarse aquí.
Me lanza una mirada de fastidio.
—¿Y le abriste la puerta? ¡Pensaba que te había enseñado mejor que eso!
—Vi que era él y pensé que podría zanjar el asunto sin más.
Me mira fijamente.
—Lyra, el hecho de que se haya presentado en nuestro apartamento es acoso en toda regla. Deberías haber llamado a la policía.
—Sí, probablemente.
Becca ya está desenvolviendo las pastas, yendo de un lado a otro.
—Tienes que contárselo a tu jefe.
—¿Qué? —pregunto, mirándola sorprendida.
—Necesita saber que Rick se presentó aquí.
—No, no voy a meterlo en esto.
Becca me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—Lyra, ese tipo trabajaba para él. Eso lo convierte en asunto suyo, te guste o no.
—Pero ya pasó —insisto—. Se fue. Y contárselo a Damien no va a cambiar el hecho de que Rick ahora sabe dónde vivo.
—Por eso precisamente necesitas contárselo. —Señala la puerta como si Rick todavía estuviera allí—. Los tipos así no desaparecen sin más. Se quedan rondando. Van a más. Y vaya si tienen cara.
Exhalo y me paso una mano por la cara. Me siento mareada. Todavía oigo su voz.
—No quiero que Damien piense que no puedo con esto.
Becca se ablanda un poco, pero no mucho.
—Lyra. Esto no es cuestión de orgullo. Es cuestión de protección. Y sé que crees que te haces la fuerte al no llamarlo, pero tienes que asegurarte de estar a salvo.
Me siento lentamente, dejando que sus palabras se asienten en la boca del estómago. La parte de mí que quiere actuar como si esto no fuera importante se encoge por momentos. Porque sí lo es. El hecho de que Rick me haya encontrado significa que se ha cruzado una línea.
—Lo pensaré —prometo, porque es todo lo que puedo ofrecerle.